COLUMNA

Ricos y poderosos

Desde que a comienzos del siglo XIX Augusto Comte trató de difundir la creencia de poder aplicar las ciencias de la observación a los fenómenos sociales, la sociología ha buscado leyes que se cumpliesen como la de la gravedad. Y ha aspirado a poder predecir los comportamientos humanos y a anticipar procedimientos sociales para organizar la convivencia, gestionar el poder y decidir los objetivos colectivos y las políticas para alcanzarlos.

Sin embargo, aun habiéndose logrado atisbos que apuntan a que hay algunas reglas que parecen cumplirse inexorablemente, dos siglos después de aquel entusiasmo cientificista poco se sabe de la regularidad de comportamientos de personas y organizaciones. Lo que se disculpa diciendo que las circunstancias condicionan y los distintos antecedentes determinan desenlaces divergentes.

Pero si se pueden espigar algunas leyes que hayan adquirido la categoría de tópico asumido por todos, es indiscutible que entre este exiguo ramillete siempre se podrá ver la que alude a la ineficacia que cabe esperar de cualquier comisión que se cree. Quizás porque en este mundo laico en que se vive se hizo caso omiso a los sabios consejos que diese un antecesor de Juan Pablo II. Que, cuando le propusieron crear una comisión apuntó que convendría que la misma, para ser efectiva, no debiera llegar a tener tres miembros y que lo mejor sería que el número de los mismos fuese impar. Lo cual, entonces, se interpretó como un rasgo más del acendrado conservadurismo del pontífice, sin reparar en que en ello se encerrase la convicción de que los resultados de las comisiones son proporcionalmente menos concluyentes y más elusivos a como crece el número de sus miembros.

Y sus informes se vuelven más largos y confusos a medida que sus redactores tienen más tiempo para elucubrar y prestigio para defender al redactar convenidamente propuestas en las que todas sus opiniones se vean de una forma u otra reflejadas. Por más que así se desdibuje la realidad, se difuminen las propuestas operativas y se enuncien obviedades similares a las que suelen escribir los gabinetes de los ministros y mandamases cuando no se sabe qué decir.

Desde tales evidencias, constatadas en multitud de ocasiones en las que no se hizo caso a la sagaz recomendación pontificia, ahora, cuando se acaban de conocer los resultados de la Comisión Aldama, muchos sugieren que después de la febril tarea redactora no quede otra opción que aplicarse a legislar y tratar de sentar pautas que faciliten el buen gobierno corporativo.

Pues tampoco es de recibo decir que las mejores de las conclusiones difundidas son aquellas que lo fían todo a la autorregulación, la información reglada y la recomendación de transparencia. Que al parecer, aunque no se haya constatado como hubiera querido Comte, premian los mercados y desatan el entusiasmo de accionistas, clientes y empleados.

Puede, sin embargo, que lo que a algunos comentaristas les ha sabido a poco no sea más que el acomodo de unas conclusiones a un clima de opinión que sabe de antemano que las pautas sociales no se cambian por decreto. Y que viene recordando, desde hace meses, que contar con códigos éticos y de buen gobierno no significa tener asegurado que no se produzcan desmanes y trapisondas como los que han salpicado titulares y hundido credibilidades en los últimos meses. Ni la honestidad y la diligencia, por no decir la eficacia y el compromiso efectivo con accionistas, clientes, empleados y stakeholders, sea algo que se pueda desarrollar simplemente con atenerse a unos procedimientos, por más detallados y precisos que éstos fuesen. Quizás porque los talantes necesarios con que habría que acometerlos y que debieran animar a los que gobiernan las empresas no es algo que se pueda uniformar, ni sus protagonistas puedan sustraerse a sus expectativas personales y a sus maneras de ver la realidad desde la cúspide.

Lo peligroso es que tal visión en algunas ocasiones se asemeje a la que dice Richard Conniff, en su sugerente Historia natural de los ricos, que lucen los que tienen posibles más que sobrados y que se sienten los primates alfa de la especie humana. Lo que les lleva a desarrollar continuas estratagemas y conductas para mantener su preeminencia, aunque eso no genere beneficios para el resto de la manada.

Y es que los poderosos, es decir los que están en situación de decidir aunque no dispongan de esos posibles con los que Conniff distingue a la subespecie que describe, siempre corren el riesgo de caer en la tentación que según Pascal Bruckner asuela el capitalismo y que no es otra que el que la mayoría de las elites actuales sólo sepan enriquecerse.

Por lo que no hubiera estado de más que la mentada comisión, aun sin compartir las pesimistas consideraciones de estos autores sobre las subespecies encumbradas, hubiese echado su cuarto a espadas sobre el particular. A no ser que sólo aspirase a que sus alambicados párrafos no tuviesen otro objeto que el ampliar los diversos temarios que se imparten sobre la economía de la empresa.