COLUMNA

¿Canciller reflotado?

José Borrell Fontelles analiza los retos de la economía alemana ante las elecciones generales del próximo domingo en el país. El autor destaca la semejanza de las propuestas de Schröder y de Stoiber, los dos principales candidatos

El canciller federal Gerhard Schröder ganó las elecciones de 1998 diciendo que no merecería ser reelegido si no conseguía reducir a menos de 3,5 millones el número de parados. Las cifras de agosto han superado los cuatro millones, a los que hay que añadir 1,7 millones de empleos fuertemente subvencionados. Pero, a pesar de ello, su reacción frente a las inundaciones parece haber reflotado a un candidato en horas bajas. Su firme oposición a la intervención americana en Irak, con o sin autorización de la ONU, le da una oportunidad de victoria que parecía perdida.

Por el momento, el triunfo de los socialdemócratas suecos ha detenido el cambio del rosa al azul de la Europa comunitaria. Tampoco los sondeos le eran especialmente favorables a Goran Persson y muchos vaticinaban un nuevo reflejo electoral del agotamiento del modelo socialdemócrata en su país de origen. Pero, a pesar de mantener la presión fiscal más alta del mundo, la socialdemocracia sueca ha mejorado sus resultados de 1998. La campaña, cómo no, se centró en los binomios inmigración-seguridad y eficacia-impuestos. Parece que los suecos han sido sensibles a la advertencia machaconamente repetida por Persson de que las rebajas fiscales prometidas por los conservadores deteriorarían gravemente los servicios públicos.

Pero Alemania no es Suecia. El mismo Persson que ha ganado apoyo popular fue el ministro de Hacienda que se hizo impopular en 1994 aplicando un plan de austeridad que sacó al país de una profunda crisis económica. Hoy Suecia tiene superávit presupuestario, una tasa de paro del 4%, que llega al 6,5% si se computan los empleos-formación, ha podido aplicar medidas selectivas de aumento en la protección social y rebajas fiscales y es la campeona mundial en la socialización de Internet.

Alemania, en cambio, es la economía enferma de Europa. Su tasa de crecimiento media entre 1997 y 2001 ha sido el 1,7%, la más baja de los cinco grandes de la UE y casi la mitad de la francesa. No llegará al 0,2% este año y las previsiones para 2003 no son buenas. El déficit público en el primer semestre por debajo del listón maastrichtiano del 3% y la deuda pública ha pasado del 42% del PIB de 1989, cuando la orgullosa Alemania daba lecciones a los manirrotos del Club Med, al 60,5%.

Hoy, la Alemania de Schröder no pasaría el examen de Maastricht. Pero eso es anecdótico ante los problemas de fondo: en los próximos 50 años la población activa se reducirá casi a la mitad, de 46 a 29 millones, y el coste de las pensiones subirá un 25%. Las quiebras han alcanzado un récord y afectan a buques insignia como el multimedia Kirsch, el constructor metálico Babcock Borsig, el aeronáutico Dornier y las constructoras Hochtief y Holzman.

La última en caer ha sido la teleco Mobilcom (MC), abandonada por su socio France Télécom (FT), que ya no podía con su propia montaña de deudas, en su joint venture para desarrollar la telefonía móvil de tercera generación (3G).

A menos de una semana de las elecciones, la negativa de FT a seguir financiando MC puede destruir 5.000 empleos alemanes muy cualificados. En los pasillos de la Convención Europea se interpretaba la decisión de FT como puñalada trapera del Gobierno de centro-derecha francés contra el candidato socialdemócrata alemán. Pero tampoco hay que olvidar que MC pagó a la Hacienda alemana 8.400 millones de euros por una licencia de operador 3G en el estrepitoso fracaso de los Gobiernos para coordinar el desarrollo de las telecomunicaciones.

Esta situación tiene distintas explicaciones y todas con su parte de verdad. La economía alemana es la más exportadora de las europeas y, por tanto, más sensible a la ralentización de la americana de los últimos dos años. Helmut Köhl decidió equiparar los dos marcos en el momento de la reunificación y firmó un cheque en blanco a los alemanes del Este. Su importe, entre el 3% y el 4% del PIB cada año, ha superado todas las previsiones. A pesar de ello, la tasa de paro en el Este es el doble que en el Oeste. Puede decirse que, económicamente, Alemania no está todavía reunificada.

Otra causa, tampoco imputable a Schröder, es el tipo de cambio con el que la República Federal entró en el euro. Todo el mundo acepta hoy que fue demasiado alto y que, a diferencia de Francia que entró a un cambio bajo, ello ha dificultado sus exportaciones. Y menos mal que, hasta hace poco, el euro se debilitó con respecto al dólar…

Tampoco la política de tipos de interés del BCE es especialmente favorable a la situación económica de Alemania. Está pensada para frenar la inflación en los países periféricos de la eurozona y penaliza al centro, donde los precios crecen menos. Alemania necesitaría un tipo de interés mitad del 3,25% que mantiene el BCE de acuerdo con sus niveles de inflación y crecimiento. Qué lejos están los tiempos en que la RFA imponía a toda Europa su política de tipos altos… hasta que explotó el SME.

Otro de los grandes problemas que Schröder no ha podido resolver, porque viene de lejos, es la regulación del mercado del trabajo. El consenso sindicatos-patronal, una de las bases del milagro alemán hace 30 años, ya no es tal. Mientras la disminución de la competitividad-coste de Alemania ha hecho pasar del 11,5% del mercado industrial mundial en 1991 al 8,7% en 2000, los sindicatos piden aumentos salariales del 6,5% para este año.

Frente a estos problemas, las propuestas de Stoiber y de Schröder no son demasiado diferentes. Ambos rivalizan en reducciones de impuestos y flexibilizaciones laborales. Y Alemania duda sobre quién aplicará con más eficacia las reformas necesarias.