COLUMNA

Del miedo al cariño

José Manuel Morán repasa el descenso de los mercados tecnológicos y alerta sobre la actitud de la Comisión Europea. El autor plantea la necesidad de que los Gobiernos colaboren en devolver a las empresas la confianza perdida

La continuada caída de los mercados tecnológicos desde marzo del 2000 y su aceleración en las últimas semanas, a la que contribuye el galopante aumento de la desconfianza en que las cuentas reflejen fielmente lo que hay, está sumiendo a las sociedades avanzadas en una depresión que va más allá de lo económico. Se duda así, mientras se derrumban cotizaciones, de contar con líderes capaces de hacer gobernables administraciones, empresas e instituciones. Y se teme que el modelo macro con el que se venía trasteando el día a día no tenga funcionalidad para manejar la complejidad de una realidad en la que a cada avance tecnológico sucede una mayor dificultad para mantener márgenes y beneficios. Lo que hace que lo más granado de esas sociedades, que desde su confort suelen ser proclives a inventarse síndromes imaginarios, estén a un paso de concebir nuevas dolencias asociadas al miedo de los mercados y el nerviosismo de los inversores.

En este clima, sin embargo, la Comisión Europea sigue en sus trece de escribir cartas a los Reyes Magos, sin hacer repaso de si le contestaron a las anteriores o de si los Gobiernos hicieron los deberes necesarios para que otra vez Sus Majestades no vuelvan a dejar el carbón de las promesas incumplidas a los indiferentes ciudadanos comunitarios. Que ven cómo a su alrededor crecen las aplicaciones virtuales y los desarrollos de la Sociedad Digital con independencia de si se han cumplido las propuestas de la carta anterior, que era el Plan e-Europa 2002, que se empezase a escribir en Lisboa. Y que ahora, en Sevilla, se ha reescrito como e-Europa 2005, incorporando propuestas sobre la digitalización sanitaria y educativa de los que ya se hiciese mención en la inefable misiva que fue el Informe Bangeman a mediados de la década pasada. Aunque ahora también se hable de una tarjeta sanitaria para la Unión, cuando todavía no se sabe qué hacer para integrar en otra única la multiplicidad de autonómicas que por estos lares se tienen. O se aluda a la firma electrónica, a la seguridad y, cómo no, al tan socorrido e-goverment.

Bueno sería que los Gobiernos manifestasen cariño a las corporaciones tecnológicas después de haberlas dejado exhaustas

La suerte para la sociedad europea en materia de digitalización es que la ciudadanía y los tejidos empresariales siguen su ritmo de incorporación a la sociedad interactiva con independencia de estas buenas intenciones de los redactores comunitarios, como queda patente en el sintético informe que sobre la sociedad de la información en Europa ha sacado a la luz Telefónica. Y en el que se da cuenta de lo que se ha hecho y lo que queda por hacer en materia de utilización de los servicios, desarrollo de infraestructuras y creación y difusión de contenidos. Al tiempo que apunta que será difícil propiciar mayores inversiones si no hay demandas. Ni será sencillo seguir implantando avances tecnológicos si los márgenes no crecen ni cambia el panorama empresarial de los operadores e industriales especializados.

Para ello sus páginas no necesitan recordar lo que han traído a colación Lawrence H. Summers y J. Bradford en un reciente artículo titulado Anatomía de un derrumbe y en el que han asociado las caídas bursátiles a la evidencia de que la competencia creciente, y la dificultad para poner barreras al campo, hace caer de manera inevitable y rápida los beneficios. Con lo que la brillantez de las innovaciones se ven empañadas con la caída de resultados, a no ser que la demanda se dispare y ésta sólo sea atendida por un selecto oligopolio. Lo cual lleva a que a nadie le extrañe ahora un rumor, por peregrino que resultase hace meses, que hablaba de volver a renacionalizar France Télécom o a revisar los magros avances que en materia de apertura de mercados se han dado en algunos Estados de la Unión. Cunden, por tanto, los miedos mientras las cotizaciones parecen no encontrar suelos y cunde el desánimo entre los operadores que tienen que ofrecer servicios estratégicos para la competitividad empresarial y la calidad de vida ciudadana.

Por lo que hay quien piensa que para no aumentar el estrés de estas corporaciones, con el riesgo que ello tiene de hacerlas enfermar irremediablemente desde la melancolía y la incomprensión social, bueno sería que los Gobiernos les manifestasen algún cariño después de haberlas dejado exhaustas para hacerse con licencias y concesiones.

Y que en lugar de cartearse con los Magos de Oriente a comienzos de verano, se afanasen en políticas que devolviesen la confianza a un sector decisivo para la modernización europea. Y en el que han sobrado especuladores, más de un aprendiz de brujo y no pocos charlatanes y sacamuelas, aunque fuesen trajeados de consultores de futuros imposibles.

Pues con los servicios y redes determinantes de la competitividad y la cohesión, como con las cosas de comer, convendría no jugar. A no ser que se quiera morir contagiados de desánimo y arruinados antes de que llegue la Noche de Reyes de 2005.