TRIBUNA

Inversión de tendencias en las migraciones

España presenta -y viene presentando históricamente- marcadas desigualdades demográfico-territoriales. Estos desequilibrios se mostraron con toda su crudeza en los sesenta y primera mitad de los setenta, coincidiendo con la etapa desarrollista, y se tradujeron en movimientos migratorios de gran intensidad del campo a la ciudad, del interior a la costa (con la excepción de Madrid), de las regiones o provincias pobres hacia las regiones o provincias ricas, desde la España rural a la España industrial. Estos movimientos interiores afectaron cada año a varios centenares de miles de españoles llegando a alcanzar en 1965 cifras próximas al medio millón.

El cambio demográfico que las migraciones trajeron fue de tal calibre que forjaron en nuestras estructuras mentales imágenes espaciales que perduran -intentaremos demostrar que sin mucha base- en el imaginario colectivo.

El modelo territorial de los sesenta, en lo que a dinámica demográfica (nacimientos, defunciones, migraciones) se refiere, era relativamente simple: casi la totalidad de las provincias interiores (a las que se sumaban Almería, Granada, Cádiz y Huelva, en Andalucía, y Lugo, en Galicia, y de las que se exceptuaban Madrid y, en menor grado Valladolid y Zaragoza) se mostraban como territorio de una gran vitalidad demográfica (los nacimientos superaban marcadamente a las defunciones, lo que arrojaba tasas de crecimiento natural positivas, altas o muy altas en el caso de las provincias del Sur) a la vez que como un espacio netamente emigratorio, conformando un gran espacio demográfico de reserva.

Por el contrario, Madrid y en menor medida Zaragoza y Valladolid, las provincias costeras catalanas (Barcelona, Girona, Tarragona) y levantinas (Castellón, Valencia y Alicante), así como Vizcaya, Guipúzcoa y Baleares se alzaban como los grandes focos inmigratorios, presentando saldos migratorios muy positivos y, asimismo, muy altos saldos vegetativos. Como consecuencia, mientras la España interior se despoblaba progresivamente por la sangría emigratoria, la costera, industrial y urbana alcanzaba tasas máximas de crecimiento demográfico y económico.

Pues bien, el modelo demográfico-territorial actual poco tiene que ver con el descrito, al haberse producido las últimas dos décadas -y sobre todo en los noventa- una auténtica inversión de tendencias. Regiones y provincias tradicionalmente inmigratorias se presentan en el momento actual como netamente emigratorias y se convierten en los principales focos emisores de población del país, tales son los casos de Vizcaya, Guipúzcoa, Madrid, Barcelona… Paralelamente, surgen espacios inmigratorios nuevos, o que presentaban en los sesenta importancia marginal, ejemplo de ello son las provincias A Coruña, Valladolid… al haber actuado el desarrollo autonómico y la nueva estructura territorial y administrativa que propicia como factor de reequilibrio. Finalmente, tradicionales provincias emigratorias y -al menos en plano territorial- de dominante rural se convierten en espacios de acogida para antiguos emigrantes, hoy inmigrantes retornados.

¿Cuáles son las causas de este cambio tan profundo y radical? Sin duda, la gran crisis económica de los setenta marca un antes y un después.

Actualmente la intensidad de las migraciones es mucho menor, predominando las migraciones de radio corto (intraprovincial, ligadas a fenómenos de periurbanización) sobre las de radio largo (inter-provincial, interregional) o muy largo (internacional), a pesar de que persisten las razones de fondo que explicaban las migraciones de los cincuenta y setenta, cual son los desequilibrios de renta, de bienestar y oportunidades laborales.

Para explicar este cambio es necesario recurrir no sólo a factores económicos, como en los sesenta, sino también a otros como los demográficos, sociales, ambientales e, incluso, psicológicos.

Samuel Bentolila, en un brillante trabajo sobre migraciones interiores en España, publicado por Fedea en 2001, apunta dos grandes grupos de factores para explicar la reconversión territorial de las migraciones: los demográficos y los económicos o económico-institucionales.

Entre los demográficos señala el envejecimiento de la población (a mayor envejecimiento, menor propensión a emigrar), la estructura familiar (dificultades de encontrar trabajo en otra área ambos miembros de la pareja) y la elevación del nivel educativo, aunque en nuestra opinión este factor debería haberlas favorecido; de hecho actualmente las favorece.

Entre los factores económico-institucionales el economista apunta acertadamente la descentralización política, la ampliación del Estado del bienestar a todo el territorio nacional, la generación de prestaciones de desempleo, las políticas de redistribución de la renta y los fondos europeos de cohesión social y territorial, el sistema fiscal y su apoyo decidido a la adquisición de viviendas, la negociaciones colectivas… Sin embargo, una de las razones más importante en nuestra opinión, además del problema de la vivienda -importantísimo-, es la tradición familista de nuestro país: la familia es una célula de solidaridad y apoyo (infancia, tercera edad, desempleo…) al igual que ocurre en Italia, Portugal o Grecia, países que presentan modelos migratorios similares al nuestro y alejados de los del Norte y centro de Europa, menos familistas, de tradición más individualista y por ende más favorecedores de la movilidad.

¿Qué efectos económicos y territoriales tienen y tendrán en el futuro estos cambios de tendencia migratoria? Personalmente, somos pesimistas en relación a los posibles efectos equilibradores en el plano económico, sobre todo si se tienen en cuenta los componentes demográficos: sí es cierto que desde las provincias ricas y urbanas emigra población hacia las pobres y rurales, también que estas migraciones corresponden mayoritariamente a poblaciones envejecidas, pensionistas, receptores de subsidios de paro o de jubilación, en tanto que desde las provincias pobres la emigración de jóvenes con niveles de formación medios o altos la descapitalización en términos de recursos humanos es patente (compárense los mapas adjuntos).

Las migraciones actuales, al contrario que en los sesenta, no son unidireccionales, sino bidireccionales, pero cualitativamente, y dadas las diferentes características demográficas de los emigrantes y de los inmigrantes de las provincias pobres, podrían estar generando efectos socioeconómicos indeseados y desigualdades territoriales crecientes.

Los políticos bien harían en abrir, también, el debate de las migraciones interiores, que es el mismo que el de los desequilibrios territoriales. Cuando se habla de migraciones sólo parece que cuenta la inmigración extranjera, y cuando se hable de ésta sólo se la identifica, en interesada sinécdoque demográfica, con la que proviene de los países del Tercer Mundo, olvidando que casi un tercio de nuestra inmigración exterior proviene de países europeos, desconociendo -o queriendo parecer que se desconoce- que de forma callada, silenciosa, se siguen produciendo flujos migratorios interiores, intercambios demográficos desiguales, tanto cualitativa como cuantitativamente, que están jugando un papel muy distinto al de los sesenta y generando efectos sociales y económicos fuertemente desequilibradores.