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Columna
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Un poco pronto para el champán

Anselmo Calleja analiza la posibilidad de que haya finalizado la recesión de la economía estadounidense. Advierte que no se están produciendo los ajustes necesarios para mantener una nueva fase expansiva

El parecer que dominaba en los mercados mundiales y en muchos medios empresariales y oficiales hasta hace bien poco ha dado un vuelco espectacular en estas últimas semanas. Se ha pasado sin transición de la gran incertidumbre que había venido reinando durante largos meses a un franco optimismo inspirado por los primeros signos del fin de la recesión al otro lado del Atlántico y el posible inicio de la recuperación.

Pero esta golondrina coyuntural bien podría haber errado su vuelo, como la gaviota de la canción, y si es así, el verano que parece anunciar tardaría en llegar más de lo que se cree. Al no haber seguido en su evolución la recesión por la que ha pasado EE UU las pautas que se consideran estándar, la recuperación que se anuncia estaría prendida con alfileres, lo que no permite augurar su consolidación y reforzamiento.

Normalmente la recesión se inicia con un debilitamiento del consumo privado, pero en esta ocasión las familias han mantenido prácticamente invariable su nivel de gasto, aunque ello las llevó a una tasa de ahorro negativa y a un elevado y creciente nivel de endeudamiento que llegó a superar el 105% de la renta disponible, un nivel sin precedente.

No cabe, pues, esperar en estas circunstancias que la demanda de consumo impulse, como suele ser normal, una recuperación de la economía. Además, y esto sí que es sorprendente y no es de buen augurio, ni el déficit corriente ni el endeudamiento neto exteriores registraron mejora alguna en la fase bajista del ciclo.

La recesión fue originada por el desplome de la inversión de las empresas tras los excesos de los años de la exuberancia irracional y la aparición de grandes márgenes de capacidad productiva ociosa. Por el momento no hay indicios de que las empresas se muestren dispuestas a acrecentar su gasto en equipos, pero aun en el caso de que así fuese, los bancos y las entidades financieras iban a ser muy selectivas tras la crisis de desconfianza que las ha sacudido como consecuencia del asunto protagonizado por Enron-Andersen.

En todo caso la recuperación va a encontrar una dificultad añadida, pues se da la circunstancia insólita de que no están teniendo lugar en la economía los ajustes necesarios para mantener una nueva fase expansiva, sino todo lo contrario. En efecto, a pesar del elevado y creciente desequilibrio entre el ahorro y la inversión privada que se había registrado hasta el final de la fase recesiva, el déficit exterior corriente se pudo mantener dentro de límites todavía tolerables gracias a un importante superávit en las finanzas públicas.

Pero este superávit va camino de convertirse en déficit significativo no sólo por el recorte de impuestos acordado recientemente, sino también y sobre todo por el considerable incremento del gasto público.

Según la Oficina de Análisis Económico de EE UU, este fue un factor fundamental en el cambio de fortuna de la economía estadounidense a finales de 2001, y la Oficina Presupuestaria del Congreso estima su aumento para el periodo comprendido entre los meses de octubre y febrero sobre un año antes en el 13%, con un efecto expansivo en tasa anual equivalente al 1% del producto interior bruto (PIB).

La importante cuestión a dilucidar es si este factor de expansión, junto con el derivado del fin del proceso de liquidación de inventarios, puede durar hasta que sean relevados por el resurgir de la inversión privada y se evite una recaída de la economía. La probable reconstitución de stocks acabará imprimiendo un efecto mecánico expansivo importante, pero no es probable que se prolongue más de dos trimestres. Es difícil, por otra parte, saber cuál puede ser el límite tolerable para el elevado y creciente déficit corriente y el consiguiente endeudamiento exterior que está generando este modelo de expansión. Hasta ahora la financiación no ha faltado y el dólar se ha podido mantener relativamente fuerte gracias a la elevada tasa de ahorro de las familias japonesas, que encuentran todavía atractivos los mercados americanos, pero están llevando la economía de su país a la situación exánime en que ahora se encuentra.

Los economistas ya han desistido de estimar cuándo y a qué nivel el déficit corriente exterior americano llegará a ser insostenible, pero no ha habido nunca un país cuyos pasivos netos exteriores hayan crecido al 6%-8% anual como ahora ocurre en EE UU sin que su divisa haya sufrido una depreciación significativa.

Huelga decir lo que esto podría suponer para la competitividad y el crecimiento de la zona euro, que hasta ahora se había beneficiado de la debilidad de su divisa. Entonces y si realmente se quiere alcanzar el objetivo de pleno empleo para el año 2010 declarado en la Cumbre de Barcelona, ya no se podría dejar para las calendas griegas, como ha venido ocurriendo hasta ahora, las reformas estructurales que tan reiteradamente se vienen anunciando pero nunca realizando.

No hace falta añadir a estos argumentos el repunte del precio del petróleo que parece iniciarse para configurar una visión pesimista del futuro inmediato de la economía a ambos lados del Atlántico más convincente que el optimismo incipiente que se está instalando.

Parece que se puede dar por vencida la recesión, pero no hay que precipitarse para descorchar el champán y celebrar la llegada de una nueva fase de auge fuerte y duradera.

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