COLUMNA

El fantasma del ingeniero ejecutado

Manuel Pimentel sostiene que, en estos momentos, en que se reverencia la tecnología, el mundo puede cometer el imperdonable fallo de olvidarse de las personas. Algo similar hicieron los soviéticos en sus años de expansión

Finalizo la lectura de la interesante obra de Loren R. Graham, titulada El fantasma del ingeniero ejecutado, que me fue enviada hace unos días por un buen amigo con altas responsabilidades en la banca española, con la expresa recomendación de su lectura, anticipándome que me haría reflexionar. Le agradezco su interés: ha acertado de pleno en sus dos pronósticos. La obra me ha entusiasmado, sembrándome, además, la semilla de alguna presentida certeza. ¿Qué más se le puede pedir a un libro y a un amigo?

El autor, Graham, catedrático de Historia de la Ciencia en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), está especializado en el estudio de la ciencia y tecnología soviéticas. Llevaba años intentado investigar la figura de Peter Palchinsky (1875-1928), un eminente ingeniero ruso que, tras un primer periodo de apoyo a la revolución rusa, fue ejecutado por Stalin, por pertenecer al Partido Industrial, constituido por eminentes ingenieros, acusado de participar en una conspiración antisoviética. Fue considerado traidor y, sin juicio previo ni ninguna oportunidad de defensa, fusilado al amanecer.

Graham, a pesar de sus denodados esfuerzos, apenas podía encontrar información de Palchinsky en los archivos y bibliotecas soviéticas, de los que habían desterrado hasta su memoria. Tras la caída del muro, muchos de los archivos secretos se abrieron para los investigadores, y así pudo conseguir toda la documentación necesaria para escribir El fantasma del ingeniero ejecutado, que fue acertadamente subtitulado Por qué fracasó la industrialización rusa. El autor comienza cuestionándose el porqué del tremendo fracaso del sistema económico soviético, que, durante las primeras décadas, pudo mantener un crecimiento superior a Occidente, rechazar y derrotar a los ejércitos de Hitler, lanzar el primer satélite artificial e, incluso, poner en órbita alrededor de la Tierra al primer ser humano. Los iniciales planes quinquenales permitieron a la URSS construir las mayores plantas siderúrgicas y eléctricas del mundo, y desarrollar una rápida industrialización de un país agrícola.

Tal era su aparente desarrollo que, todavía en 1960, importantes economistas de EE UU pensaban que terminarían siendo adelantados por la economía soviética. Sin embargo, tres décadas después, el poder soviético se desmoronaba como un castillo de naipes. ¿Cómo fue posible un cambio tan radical? En los escritos de Palchinsky, por los que probablemente fue condenado a muerte, podremos encontrar algunas de las posibles respuestas.

El ingeniero ruso criticó severamente los megaproyectos soviéticos, al considerarlos más proyectos orientados a la propaganda que a satisfacer con eficacia las necesidades económicas. Pero sobre todo, desde una hermosa postura de ingeniería humanitaria, criticó que en el diseño de las políticas industriales no se tuvieran en cuenta los factores humanos ni las condiciones de los trabajadores ni su motivación. Simplemente se trataba de construir catedrales industriales con la mayor rapidez posible.

El tamaño y la velocidad de ejecución fueron ponderados por encima de los intereses de las personas, lo cual motivó una apatía generalizada entre las nuevas generaciones, que habían perdido el ardor revolucionario de sus abuelos. Mientras Stalin apostaba por la gigantomanía, Palchinsky mantenía que el tamaño no era de por sí una virtud. Mientras el dictador subrayaba que 'la tecnología decide en todo', nuestro buen ingeniero afirmaba que el factor humano era prioritario para una correcta industrialización.

Graham, adoptando los pareceres de Palchinsky, considera a Chernóbil como un símbolo del modelo económico soviético y escribe: 'Rara vez han reparado los analistas en que Chernóbil era un producto de la política oficial de industrialización soviética, que daba mayor importancia a los proyectos gigantescos que a los menores, a la planificación centralizada que a las matizadas perspectivas locales, a la producción por encima de la seguridad, a la tecnología por encima de los seres humanos, a las decisiones adoptadas a puerta cerrada en detrimento del debate crítico y, antes que nada, a una insensata velocidad de ejecución... Chernóbil fue finalmente el desastre que cabía esperar'.

La Unión Soviética ya murió, pero es bueno que aprendamos de sus errores para no volver a repetirlos. En estos momentos la economía occidental no tiene rivales. Hemos diseñado una globalización a nuestra imagen y semejanza, gobernada por gigantescas multinacionales en las que prima el tamaño sobre cualquier otro criterio. Reverenciamos la tecnología por encima de las personas, despreciando las necesidades humanas de amplios espacios del mundo, estando convencidos de que nuestro modelo es el único posible y que crecerá hasta instalarse en todo el mundo. Algo similar pensaron los soviéticos durante sus años de expansión, cometiendo un imperdonable fallo: olvidarse de las personas. Palchinsky los denunció y por ello fue ejecutado.

Ojalá respetemos nosotros al fantasma de Palchinsky y su mensaje de ingeniería humanitaria. Hagamos un mundo para las personas y no nos empeñemos en poner a las personas al servicio de la competitividad y la tecnología. Porque podríamos equivocarnos y, quién sabe, también ordenar ejecutar a los Palchinsky actuales, molestos denunciantes de nuestro agresivo modelo de globalización.