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TRIBUNA

<i>Sobre la estatura real de España</i>

Juan Manuel Eguiagaray Ucelay sostiene que el Gobierno se empeña en desconocer el tamaño real de la economía española. Pero el Banco de España ha venido a colmar algunas de las deficiencias de la información oficial.

Cuando el ánimo decae y desaparece la euforia por los logros alcanzados, no es conveniente perder de vista las metas que se pretenden conseguir ni olvidar los esfuerzos que quedan por hacer. No para deprimirse todavía más, sino, por el contrario, para vacunarse contra la resignación.

La actual desaceleración económica, todavía subestimada por el discurso de los portavoces gubernamentales, ha reducido la ambición de las metas de la política económica española. Satisfechos como parecíamos sentirnos en las fases más brillantes del ciclo por nuestra tasa de crecimiento y por el diferencial logrado respecto de los países del euro, se pasaba por alto la distancia que nos separaba en los principales indicadores de la convergencia real.

Admitido el éxito -aunque fuera en el último minuto- de la convergencia nominal con los otros países fundadores del euro, nuestras autoridades nunca formularon explícitos y sistemáticos objetivos de convergencia real. En las muchas ocasiones en que quien suscribe, y otros muchos, solicitamos la elaboración oficial de indicadores con esta finalidad, se alabó nuestro celo por el conocimiento y se ignoró olímpicamente la conveniencia de hacer explícitos tanto la distancia que nos separa de los países más avanzados como el grado de nuestro avance relativo en cada ejercicio.

La política económica quedaba reducida en su formalización cifrada a su versión más convencional: el crecimiento del producto interior bruto (PIB), la inflación, el desempleo y el déficit público. No sin contradicciones, desde luego; en un periodo de auge económico resultaba sencillo articular un discurso biensonante en torno a esas magnitudes, muy en armonía con las necesidades de la propaganda gubernamental. Un discurso que ocultaba, como lo sigue haciendo, la verdadera estatura de nuestra economía en cuanto a los determinantes de su futuro. O, por expresarlo de otro modo, que escamoteaba el hecho de que una parte de nuestro éxito económico tenía más que ver con nuestra participación en la zona euro y con la influencia de la coyuntura internacional que con las virtudes y la visión de futuro de nuestra política económica.

El Banco de España ha venido a colmar algunas de las deficiencias en la información oficial reclamada. Hemos de felicitarnos porque desde hace varios meses haya integrado entre los indicadores económicos que publica en su página de Internet, y actualiza con frecuencia, no sólo los generales de la información macroeconómica convencional o los financieros, sino, además, los que denomina Convergencia Real España-Unión Europea. De este modo, vemos convertidos en elementos relevantes de la situación de España lo que la información gubernamental parece empeñada en desconocer: la productividad total de los factores que aproxima el progreso tecnológico y las dotaciones (stocks) de capital físico, capital humano y capital tecnológico, entre otras magnitudes. A lo que se unen las estimaciones disponibles sobre la evolución de los factores que determinan esas dotaciones: la formación bruta de capital fijo, el gasto público y privado en investigación y desarrollo (I+D), el gasto en educación o el gasto social.

El cuadro adjunto pone de manifiesto las luces y, especialmente, las sombras de nuestra situación; nuestra verdadera estatura económica por relación a la de los países a los que pretendemos equipararnos.

Probablemente se coincidirá conmigo en que un crecimiento sostenido del producto interior bruto es una buena noticia. Pero la garantía de que se pueda seguir creciendo en condiciones de estabilidad guarda una estrecha relación con el aumento del potencial de la economía, que, a su vez, está directamente vinculado con las dotaciones de factores críticos para el crecimiento.

Cuando se constata la limitación de los esfuerzos gubernamentales, en los Presupuestos Generales del Estado para 2002 y en los anteriores, para impulsar una política científica y tecnológica o se escatiman medios a la educación básica y media, como ha venido ocurriendo, no es extraño que el nivel relativo de nuestra mejorada renta por habitante (82% de la media europea) se corresponda con un nivel de capital tecnológico que es el 41% de la media europea, con un nivel de capital humano que se sitúa en el 71,7% del europeo o con una dotación de capital público por habitante todavía situado en el 70,5%.

La equiparación con los europeos mejor dotados, la prosecución en la convergencia en renta por habitante y en condiciones de vida, no está garantizada en el futuro por la fuerza de los hados. El crecimiento diferencial de España en relación con los demás países de la Unión Europea, necesario para la convergencia real, no vendrá de ningún origen misterioso, sino del esfuerzo diferencial que apliquemos en los elementos que son más estratégicos para ese objetivo.

Ahora que afloja el ritmo de crecimiento en España y en Europa, no debiéramos olvidar nuestra verdadera estatura. Ya que el Gobierno no parece muy interesado en recordar los verdaderos objetivos de la política económica y en realizar su seguimiento, es bueno que el Banco de España nos ayude un poco.

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