Sin noticias acerca de cómo superar la glaciación demográfica
La natalidad toca fondo por el deterioro de las condiciones económicas y la inmigración pierde fuelle como solución

Estadística vaticina que en 2062 España tendrá 161.874 moradores de al menos cien años, y yo espero ser uno de ellos. Pero me cuesta adivinar quién financiará entonces mi pensión si siete de cada diez personas no cotizarán. Ese es el panorama y esas las dudas en un país que ha entrado en una glaciación demográfica difícil de superar si pretende compatibilizar el jubiloso avance de la esperanza de vida, la tasa de natalidad más baja del planeta, la edad de emancipación juvenil más elevada de Europa, y una economía que solo crece a lo ancho con una productividad estancada desde hace lustros y con encarecido coste de la vida.
Este escenario puede que se cumpla o que no, porque no es fácil hacer proyecciones demográficas en el aire si una de las variables determinantes son los flujos de población inmigrada y emigrada, y que en las últimas décadas está funcionando como auténtico estabilizador demográfico de un país con un intenso descenso vegetativo de población, como ocurrió ya en 2025. Pero la realidad no andará muy lejos de los vaticinios estadísticos, pese a que la variable tiempo, que moviliza sin pausa la pirámide poblacional, es inabordable.
Disponer de una esperanza de vida creciente como la española (ahora ya hay 19.640 personas centenarias y la mortalidad media supera los 81 años en varones y los 86,5 en féminas) permite reconocer el valor del modo de vida mediterráneo y del nivel sanitario. Es algo de común conocimiento desde hace décadas, como lo es que tenemos un problemón, porque todo desembocará en la dificultad de gestionar una sociedad tan envejecida sin corregir del todo las variables que lo compensen social y económicamente. Es un asunto del que cuesta pasar de la literatura a las matemáticas, y que precisaría de un auténtico pacto de Estado para revertir las variables más delicadas.
Los españoles tienen cada vez menos hijos y cada vez más tarde, hasta el punto de que el número de hijos por mujer en edad fértil es ahora de 1,1 (la tasa más baja de Europa, pareja con la italiana o la griega), y la edad media de las mujeres cuando alumbran a su primer vástago es de 31,1 años. El deterioro de las variables demográficas ha sido vertiginoso en los últimos 40 años y tiene condicionantes de todo tipo, pero donde la situación de la economía y su reflejo en las familias es determinante.
Mediados los años setenta del siglo pasado, cuando empieza a aflojar el baby boom, cada mujer en edad fértil tenía 2,8 hijos y la tasa de natalidad llegaba a 20 nacidos por cada mil habitantes; pero en 1981 ya había descendido hasta 2,1 el número de nacidos y a 15 por cada mil moradores, valores considerados por los demógrafos como umbral de reemplazo generacional. Y desde entonces la fecundidad se ha mantenido durante cuatro décadas por debajo de 1,5 hijos por mujer, y la natalidad entre 6 y 10 alumbramientos por mil habitantes.
El desplome súbito tiene evidentes connotaciones culturales, pero también socioeconómicas, como la incorporación masiva de las mujeres a la universidad y al mercado laboral con la llegada de la democracia, y no necesariamente responde a un deseo social. De hecho, la Encuesta de Fecundidad elaborada por el INE (la última es de 2018) revela que tanto las mujeres como los hombres desean tener más hijos, con una tasa deseada de 1,89 hijos por mujer, que de lograrse estarían muy cerca del reemplazo generacional perdido hace 45 años. Hay que identificar las causas de la situación, y combatirla con soluciones con cierta urgencia, porque los resultados tardan unos cuantos años en aparecer, si aparecen.
Francia está en una situación mucho menos delicada, pero ha abierto un debate nacional encabezado por el presidente de la República cuando por vez primera desde la Segunda Guerra Mundial detectó en 2025 caída vegetativa de la población, con más fallecimientos que nacimientos. En esta tesitura está España hace décadas y el debate solo sale en desconexos espasmos de los círculos doctrinales que apenas calan en la prensa.
La mayoría de los especialistas concluyen tras años de observación de las curvas demográficas que hay una tendencia subterránea del comportamiento social que hace que la natalidad no dependa de la generosidad fiscal. Pero sí hay una parte nada despreciable de ella que sí, que tiene mucho que ver con la precariedad laboral y salarial y con la carestía de la vivienda que retrasa hasta niveles desconocidos la emancipación; con la insuficiencia de los permisos maternales y paternales; con la flexibilidad horaria en el trabajo para poder compatibilizarlo con la crianza; y, por supuesto, con las asignaciones económicas por los hijos a cargo.
Círculo vicioso
Todo este cuaderno de quejas aparece en la última edición de la Encuesta de Fecundidad, y hay que admitir que aparecerán con más intensidad en la siguiente, porque las variables básicas solo han empeorado. Los derechos horarios y los permisos han avanzado, pero no lo ha hecho la ayuda financiera, y el último informe del Consejo de la Juventud sobre la emancipación es de terror, con solo un 14% de jóvenes de menos de 29 años que viven fuera del hogar de sus padres. La situación del empleo ha mejorado, con un paro juvenil del 17%, pero solo con un 98% de su salario podrían los jóvenes financiar su independencia residencial.
Un círculo vicioso que atrapa tanto a los nativos como a la población inmigrada, que ha sido la gran apuesta demográfica de España, y está demostrado que tampoco es la solución perfecta. En los primeros años de este siglo la inmigración masiva alegró la cara a las curvas de natalidad, pero pasada una generación replica los comportamientos natalistas de los nativos y, tras las embestidas de la gran recesión de 2008-2013, con fuerte deterioro laboral y de rentas, la España de los 50 millones de personas ha vuelto a las andadas con mínimos en los nacimientos y pérdida vegetativa de población.
Y prueba de que la inmigración solo es una parte cuantitativa de la solución es que la mitad de los extranjeros llegados al país en los primeros 20 años del siglo, según un informe de Fedea, han vuelto a salir de él y lo han hecho por el creciente coste relativo de la vida, fundamentalmente por la falta de estabilidad en el empleo y la carestía de la vivienda.
Que nadie piense que está en riesgo la civilización española, si es que existe tal, como parte de la europea, alineándose con los augurios alocados, viscerales y sin fundamento de Trump. Pero hay que hacer algo y hacerlo ya. Francia logró desde los años setenta del siglo pasado activar políticas natalistas exitosas en una sociedad que tenía los mismos paupérrimos comportamientos que la española. Y ahora, cuando han vuelto a sonar las alarmas ha reactivado un debate que en España la gente, y los políticos, esquivan, mientras se contempla cómo se deterioran los fundamentos demográficos, dando por bueno que todo se arreglará con la cooptación de inmigración. Alguien ahí arriba debería, al menos, admitir el fracaso de la gestión del Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico, campanudo nombre con el campanudo rango de vicepresidencia del Gobierno.