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A fondo
Opinión

La unión de la ‘dona economicus’ con el ‘homo economicus’ no será fecunda

Por qué no empezar a valorar la forma más arcaica del emprendimiento, crear una familia

La familia puede ser la institución social productiva más antigua que han inventado los homínidos, en sus formas más tempranas podría remontarse al Homo erectus. Su éxito, entre otros factores, se basa en que llevan aplicando principios económicos básicos, como la especialización o la división del trabajo, milenios antes de que los formulara Adam Smith en su La riqueza de las naciones, que cumple 250 años en 2026.

En las familias, la reproducción era una función obligatoria para el sostenimiento a largo plazo de sus miembros. La necesaria y abundante descendencia nacía con un contrato social implícito, de nuevo milenios antes de Hobbes y Rousseau. Este contrato se fundamentaba en la solidaridad recíproca intergeneracional. De esta forma, el ser humano, a cambio de los necesarios cuidados en las tempranas fases de su vida, si superaba la alta mortalidad infantil, mantendría a sus progenitores cuando estos, por razones de edad o enfermedad, fueran incapaces de hacerlo por sí mismos. En resumen, la generación intermedia sostenía, en el seno familiar, a mayores y jóvenes, mientras tenía hijos a modo de protoplan de pensiones tipo Beveridge, es decir, garantizando un nivel básico de vida en la vejez.

Las huellas de este contrato social son todavía visibles en los sistemas jurídicos. Por ejemplo, códigos civiles, como el español, recogen las obligaciones presentes de los padres, pero también las futuras de los hijos. Incluso en países sin sistemas de pensiones generalizados, como Tailandia o Vietnam, aparece esta segunda obligación de reciprocidad del hijo hacia sus padres en sus Constituciones.

Pero, desde el último tercio del siglo XX, la continuada prosperidad económica, la caída de la mortalidad infantil, el fortalecimiento de los Estados del bienestar, y los crecientes éxitos en igualdad y equidad de género, han sacudido los cimientos económicos de las familias, ya que la descendencia se ha convertido en un bien más caro, a la vez que más irrelevante para el propio sostenimiento futuro. Lo que está provocando un acusado descenso de la natalidad en todo el mundo, con la excepción del explosivo continente africano. Ni siquiera en el supuesto paraíso de la conciliación familiar escandinavo consiguen superar los índices de fecundidad medios de Europa del 1,4, salvo Dinamarca con un insuficiente 1,5, muy lejos del 2,1 que garantiza el remplazo poblacional.

La natalidad presenta crecientes costes explícitos. Recientemente, la plataforma Raisin cifraba en unos 330.000 euros el coste de un hijo en nuestro país, del que entre el 80%-90% lo asume su familia. ¿Cuántos padres-xiaomi acaban manteniendo hijos-iphone? Pero también han aumentado sus costes implícitos o de oportunidad, especialmente para la dona economicus, a medida que los mercados laborales ofrecen a las mujeres más justas oportunidades profesionales.

Pero en este esquema también podría estar jugando un papel adverso la generosidad del sistema de pensiones. Hasta ahora, la hipótesis dominante ha sido la de la abuela, recogida en variada literatura científica, como el paper en Nature de las biólogas evolutivas Virpi Lummaa y Mirkka Lahdenperä. Según ella, la presencia de abuelas que ayudan a sus hijas aumenta la descendencia de estas últimas. Pero en pocos lugares del mundo existen más abuelas y abuelos que en los longevos países mediterráneos, como España, cuyas esperanzas de vida superan las propias de nuestros niveles de renta. A pesar de ello, nuestros índices de fecundidad son de los más bajos del mundo.

Esta aparente contradicción podría explicarse por otro elemento común que comparten los países mediterráneos, desde Portugal a Grecia, concretamente la mayor generosidad de sus sistemas de pensiones. Con unas tasas de sustitución (la cuantía de la pensión respecto al último salario cotizado) muy superiores a la media de la OCDE, nuestras pensiones reducen y, en no pocos casos, eliminan la necesidad biológica de producir descendencia para garantizar nuestro sustento en la vejez. La más eficiente solidaridad intergeneracional de los sistemas de pensiones públicos habría dejado obsoleta la que proporcionaba la progenie, esquilmándola.

En cualquier caso, los menguantes índices de fecundidad parecen demostrar que el cariño y el amor paterno/materno-filial no son por si solos suficientes, más aún cuando ha aumentado el atractivo de productos sustitutivos low cost. Como las mascotas, que además no pasan por la complicada adolescencia. Situación que más que previsiblemente empeorará con la creciente función de compañía que desarrollará la IA, cada vez más sesgada a complacernos en sus respuestas, como demostró un reciente estudio de los investigadores de la muy valorada start-up Anthropic. Tal nivel de adulación y ciega devoción difícilmente te lo ofrecerá hijo alguno.

O que decir de otro reciente paper, de nuevo en Nature, que demuestra que, en los vertebrados, incluyendo los humanos, bloquear la reproducción aumenta el bien económico más preciado, nuestra esperanza de vida.

Debemos aceptar que, en el siglo XXI, renunciar a la descendencia es una alternativa de creciente atractivo económico. Por ello, estamos antes un problema complejo, que irá ganando relevancia espoleado por los partidos insurgentes de extrema derecha, que están obligados a revertir la decadente fertilidad de los nativos, para compensar su irrenunciable cierre de fronteras.

El futuro de los bebés occidentales no nacidos pasaría por incrementar su rentabilidad económica con dinero público. Pero la experiencia húngara nos muestra que esto no solo es muy caro, sino escasamente eficaz a largo plazo, ya que, a pesar de gastar cerca de un 5% del PIB en políticas pronatalidad, el índice de fecundidad húngaro volvió a situarse en torno al 1,5 en 2024.

La certeza de este alto coste obligará a explorar otras opciones, como podría ser reforzar, utilizando nuestro sistema educativo, los valorares comunitarios y familiares. Ahora que intentamos acercar la importancia del emprendimiento a las aulas, por qué no empezar por valorar más la forma más arcaica del mismo, es decir, crear una familia e invertir en descendencia, aunque ahora sea más por el bien de la comunidad, y menos por el bien privado, para el que ya no suele ser inversión, sino solo gasto.

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