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La selección del director
Opinión

Europa no estaba tan sola. Ni el dólar era tan sólido

Carney anima la unidad de las potencias medias: la UE, el Reino Unido y el mismo Canadá. Bruselas estrecha lazos con Mercosur e India. Y en los mercados ya pesa que Trump esté dilapidando las alianzas de EE UU

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Todo empezó a cambiar en Davos. O a torcerse, según se mire. El matonismo como método para afianzar la hegemonía de Estados Unidos ya no es tan arrollador. No da el resultado esperado, puede salir por la culata. Resulta que Europa temía quedarse sola y quien está crecientemente aislado es Donald Trump. El dólar se ha vuelto el termómetro de un clima global de fragmentación: los inversores diversifican, lo que significa que no quieren poner todos los huevos en la cesta de la divisa de referencia del último siglo. Y es sabido que lo único que puede torcer el brazo a Trump son los mercados financieros. “Cuando se escriba la historia del segundo cuarto del siglo XXI, la edición del Foro Económico de Davos de 2026 se recordará como la de la ruptura”, sentencia la exministra de Exteriores Arancha González Laya.

‌Todavía resuena el discurso que pronunció el primer ministro canadiense, Mark Carney, y que enfureció a Trump, quien salió con nuevas amenazas de aranceles contra su vecino del norte. Dijo Carney en el foro suizo: “En un mundo marcado por la rivalidad entre las grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía que tenga peso (...). Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú”. Fue una exposición sobre cómo responder al desorden mundial mucho más clara y contundente de lo que es habitual en la diplomacia, incluso en la rara diplomacia que se lleva en este 2026. Merece la pena leer el discurso entero.

‌Si las grandes potencias son sobre todo dos, EE UU y China; y debemos incluir en tercer lugar a Rusia por su poderío militar y nuclear, habrá que convenir con pesar que la UE es una potencia media, como el Reino Unido, Canadá o Australia. Pero si todas esas potencias medias suman fuerzas (en sus lazos económicos, en el terreno militar, en la defensa del libre comercio y de la democracia) tendrían un peso considerable. Añadamos a la mezcla los acuerdos comerciales de la Unión Europea con Mercosur (300 millones de habitantes) y con India (1.450 millones) y tenemos una red de alianzas sin precedentes, un inesperado empujón a la globalización cuando se hablaba de la desglobalización, y del que EE UU se excluye por voluntad propia.

No saquemos conclusiones precipitadas. Los acuerdos comerciales (impulsados, sí, por las nuevas barreras para exportar a EE UU) siguen lo que llaman geometría variable, para unas cosas sí y otras no. India o Brasil mantendrán sin duda su propia estrategia en el mundo. Y los bloques no son nada uniformes: dentro de Mercosur hay grandes diferencias entre un Lula da Silva enfrentado con firmeza a Trump y un Javier Milei que aplaudirá todo lo que haga el magnate en Washington. Como la misma UE tiene grietas internas, con un grupo creciente de países del este, Hungría en cabeza, cada vez más próximo a la Casa Blanca y al Kremlin (eso antes era contradictorio; ya no). Sí se está demostrando que Europa se presenta ante otras regiones del mundo como un socio fiable y previsible, lo que tiene su valor cuando en Washington puedes pasar de aliado a enemigo una mañana cualquiera a través de un mensaje en Truth Social o por una rabieta súbita.

El líder de Canadá se erige como faro de los valores liberales occidentales que se encuentran bajo asedio. En junio, la UE y Canadá firmaron un acuerdo de cooperación en materia de seguridad y defensa, que se suma a su acuerdo comercial, el CETA, que se suscribió en 2017. En la cuestión de la defensa, clave en este mundo tan peligroso, también el Reino Unido se ha acercado a Europa, en la coalición que auxilia a Ucrania y con acuerdos bilaterales con Francia y Alemania. Por ahora no hay nada que se parezca a una OTAN paralela, sin Washington. Un choque con EE UU en torno a Groenlandia podía haber acelerado el paso, pero por el momento esa crisis se ha enfriado. Eso sí, ha dejado un poso de desconfianza transatlántica que va a durar y que ya está alterando el mapamundi.

El acercamiento a Europa de Canadá ha hecho soñar a algunos incluso con su incorporación a la UE. Es una idea sugerente, que defendió The Economist el año pasado y que tendría cierto apoyo entre los canadienses según una encuesta de Abacus de marzo; pero inviable con los tratados actuales. Lo que sí se está produciendo es una conjunción de asociaciones en torno a la UE. En lo referente a la seguridad y la defensa, el Reino Unido y Canadá aumentan su compromiso con el bloque de países europeos. En lo comercial, Europa se abre a Sudamérica y a la India para expandir mercados a sus empresas.

‌La actitud hostil de Trump hacia todos los que no le ríen las gracias, y sus caprichosos giros, han precipitado una reordenación de los acuerdos internacionales. Algún día los estadounidenses se dará cuenta del destrozo que el presidente actual dejará a sus sucesores: haber desmantelado un mapa de alianzas que había costado mucho edificar, durante casi un siglo, pero se tarda muy poco en destruir.

‌¿Cómo ve este reposicionamiento global el mercado? La Bolsa sigue a lo suyo, un poco por debajo de la zona de máximos en el caso del Ibex y batiendo récords en Wall Street. Pero las divisas, la renta fija y el oro (disparado) han entrado en una fase clara de incertidumbre y volatilidad. Lo del dólar es muy significativo: esta semana ha rebasado las 1,20 unidades por euro, su registro más débil en cuatro años, y ha llegado a perder un 3% de su valor en enero. Y Trump ha dejado muy claro que lo celebra. “Miren el negocio que estamos haciendo. El dólar está muy bien”, dijo el martes, un pronunciamiento que precipitó las caídas. Sumemos al cóctel los problemas de Japón, cuyo mercado de deuda, tradicionalmente muy estable, ha sufrido una sacudida considerable por la inquietud sobre los planes fiscales de la primera ministra, Sanae Takaichi.

‌¿Está cómodo Trump con el dólar devaluado? Dada su obsesión con el déficit comercial, es claro que así penaliza la importación y favorece la exportación; es coherente con su objetivo de reindustrializar EE UU. Entre la divisa devaluada y los estímulos fiscales, está metiendo toda la leña al crecimiento económico. Pero eso implica un mayor riesgo de tener una economía sobrecalentada, de que repunte la inflación (ya presionada por los aranceles) y de que sigan subiendo los tipos de interés de la deuda a largo plazo (el bono a 10 años se ha ido al 4,25%), lo que va en contra de su objetivo de tener dinero barato por mucho que presione a la Reserva Federal. No se puede tener todo a la vez.

Los mercados han tardado en darse cuenta de que la inestabilidad geopolítica es una amenaza también para ellos. La crisis sobre Groenlandia ha hecho saltar algunas alarmas que no se apagan porque Trump haya aparcado el tema en un difuso pacto en la OTAN. ‌“Abróchense los cinturones”, ha dicho de forma muy gráfica la jefa del FMI, Kristalina Georgieva. Hasta las elecciones legislativas de noviembre en EE UU veremos movimientos de Trump para salvar su poder omnímodo. Serán imprevisibles como todo en él.

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