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La selección del director
Opinión

El nuevo expansionismo es muy viejo. Ya sabemos a dónde lleva  

El equipo de Trump defiende sin tapujos un mundo “gobernado por la fuerza”, en el que la superpotencia mueve o viola fronteras como las de Venezuela y Groenlandia. Es el fin del orden mundial construido para que no se repita la II Guerra Mundial

President Trump listens to Miller's speech during the event in Michigan marking his first 100 days in office.

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Tal y como ha comenzado, 2026 no pinta bien. No al menos para la estabilidad mundial, ni para el derecho internacional, por mucho que los mercados sigan de fiesta. Me permito empezar con dos citas, separadas en cerca de un siglo, por si alguien adivina quiénes y en qué contexto las han formulado:

“Vivimos en un mundo en el que podemos hablar todo lo que uno quiera sobre sutilezas internacionales y demás, pero vivimos en un mundo, el mundo real, que está gobernado por la fuerza, gobernado por la dureza, gobernado por el poder. (...) Estas son las férreas reglas del mundo desde el principio de los tiempos”.

‌“Las fronteras de los Estados las crean los hombres y son ellos mismos los que las modifican. El hecho de que un pueblo logre apropiarse de una extensión territorial excesiva no significa adquirir un derecho de posesión perpetua. A lo sumo, pone en evidencia la fuerza de los conquistadores y la impotencia de los conquistados. Y solo en esta fuerza reside el derecho de posesión (...). No será por concesión graciosa que nuestro pueblo obtenga en el futuro el espacio vital, y con él la seguridad de su subsistencia. Será únicamente por obra de una espada victoriosa”.

La primera corresponde a Stephen Miller, jefe adjunto de Gabinete de la Casa Blanca, uno de los ideólogos más radicales del trumpismo, en referencia expresa tanto a la intervención de EE UU en Venezuela como a su ambición de anexionarse Groenlandia por cualquier medio. La segunda cita es de Mein Kampf, el libro de cabecera del nazismo que escribió Adolf Hitler y publicó, en dos volúmenes, en 1925 y 1928, pocos años antes de hacerse con el poder en Alemania con las consecuencias que sabemos bien.

Uno trataba de resistirse a caer en la llamada ley de Godwin, que dice así: “A medida que una discusión se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación con Hitler o con los nazis tiende a uno”. No hay comparación posible entre la nueva derecha populista, por muchos rasgos autoritarios que presente, y aquel totalitarismo genocida. Sí conviene alertar del peligro de ciertos discursos. Y la II Guerra Mundial es el más contundente recordatorio de a dónde nos lleva el expansionismo territorial de las potencias. Después de aquel gran conflicto (que causó alrededor de 70 millones de muertos), la comunidad internacional trató de diseñar reglas e instituciones que mantuvieran la paz. Tampoco eran perfectas, siempre ha habido conflictos y guerras en algún lugar. Pero en términos generales ese multilateralismo propició que el mundo viviera lo que se llamó la Larga Paz, el periodo menos violento de la historia humana (incluso con la amenaza nuclear de la Guerra Fría) desde mediados del siglo XX hasta hace poco. Un periodo, por cierto, en el que se desmontaron los imperios que quedaban en pie tras las dos guerras mundiales al impulsarse la descolonización.

‌Toda esa arquitectura política, jurídica e institucional está saltando en pedazos bien avanzado el siglo XXI. Hacía mucho tiempo que no se escuchaba un discurso tan abiertamente imperialista, un elogio del uso de la fuerza para mover o violar fronteras, desde los grandes centros del poder. Hemos conocido muchas guerras cuyo fin último era apropiarse de recursos energéticos, pero eso se ocultaba bajo la bandera de la democratización o la protección de la población, y nunca se había expresado con tanta crudeza como ha salido de los labios del presidente de la gran potencia mundial.

‌Causa escalofríos leer sobre los argumentos de gente como Stephen Miller. Ha escrito sobre su ideario Macarena Vidal Liy: “Sus ideas ultranacionalistas encajan como un guante con la visión del mundo de Trump en la que EE UU dicta los términos mediante la transacción o la coerción —la primera para los países amigos, la segunda para los gobiernos más díscolos—, mientras se respeta el espacio vital de otras grandes potencias y el resto de países se convierten en meros vasallos que acatan las directrices sin derecho a opinar”.

‌“Espacio vital” es una expresión bien siniestra. Vale para que Washington declare América Latina entera su “patio trasero”, y para que amenace con agredir un territorio soberano de Dinamarca, histórico aliado de la OTAN. Como vale para que Putin se haga con más partes de Ucrania de las que ha conquistado en el frente o que proyecte sus ambiciones más allá, y vale para que China haga planes para el control de Taiwán y de otros territorios en disputa en sus mares próximos.

Trump ha insistido en la idea del uso de la fuerza sin restricciones en su entrevista de esta semana con The New York Times. Dijo: “Yo no necesito la ley internacional, no estoy buscando hacer daño a la gente”. Le preguntaron si existían límites a su poder y respondió: “Sí, hay una cosa. Mi propia moral. Mi propio pensamiento. Es lo único que puede frenarme”.

Europa corre el peligro cierto de quedar atrapada entre los imperialismos expansionistas que tiene al oeste y al este, y sumirse en una irrelevancia aún mayor. El Viejo Continente se expone a perder de un plumazo el escudo protector de EE UU frente a Rusia, partes de Ucrania y quién sabe si Groenlandia. A quedar a merced de tres potencias, incluido su aliado más firme del último siglo, convertido en hostil.

Si uno quiere quedarse con la versión más optimista posible, puede pensar que lo de Trump con Groenlandia es una bravuconada, aunque está insistiendo demasiado para no ir en serio. Si lo que pretende es negociar su compra a Dinamarca, el reino nórdico ya ha dicho que Groenlandia no está en venta. Descartado eso, el escenario menos alarmante (pero alarmante en cualquier caso) es que el propósito de Trump sea solo el acceso en buenas condiciones a sus recursos y mejorar sus posiciones allí para controlar su arco del Ártico, que no va a tomar la isla entera por la fuerza desde la base militar de Pituffik. Eso no sería un protectorado como el planeado en Venezuela (e inaceptable para cualquier país europeo). La única vía legal para que Washington se salga con la suya, y es la menos rápida, sería alentar la independencia de Groenlandia, que solo pueden decidir sus votantes, y buscar después la anexión voluntaria o algún tipo de asociación.‌

Pero lo que sí ha ocurrido, y también había quien pensaba que no iba a ocurrir, es que Trump ha bombardeado Caracas, se ha llevado a Nicolás Maduro, ha dejado al mando a Delcy Rodríguez y ha hecho evidente que no aspira a implantar una democracia (esa palabra no la pronuncia), sino a llevarse su petróleo. Ha alardeado de que empezará por llevarse “entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad”, lo que equivale a la producción entera del país caribeño de entre uno y dos meses. El mercado no acaba de creérselo, porque el precio del barril se ha mantenido estos días, con altibajos, por encima de los 60 dólares en los que estaba a fin de año. La devastada industria petrolera venezolana necesitará mucho tiempo e inversiones para producir al ritmo que exigirá la Casa Blanca.

‌Del mismo modo que la guerra de Irak de 2003 se justificó en la mentira sobre las armas de destrucción masiva, ahora es la acusación de narcotráfico el comodín que permite derrocar a Maduro, con lo fácil que habría sido recurrir a tildarle de tirano usurpador del poder. Guillermo Altares analiza un punto en el que convergen estos dos conflictos: en Irak se destruyó el aparato estatal y militar de Sadam Husein, lo que desembocó en el caos, conflictos sectarios y la emergencia del Estado Islámico. “La decisión de mantener en el poder el chavismo, con Delcy Rodríguez al frente, alguien que controla los resortes del poder, sobre todo las fuerzas armadas, seguramente sea una lección aprendida en Bagdad, de los errores de aquellos halcones de la Administración Bush que, comparados con los actuales, parecen demócratas convencidos”.

Es muy oportuna esta reflexión de Timothy Snyder: “Trump quiere los beneficios políticos de una guerra sin tener que pelear una guerra real. En su relato, el ejército estadounidense hizo magia en Venezuela, y punto. Pero mientras Putin entiende que el fascismo requiere combate real, Trump al parecer no quiere o no puede llegar tan lejos (sobre todo porque dentro de Estados Unidos, su posición es precaria)”. Podemos quedarnos con que, al menos, Trump ordena intervenciones puntuales pero no querrá provocar guerras abiertas en las que arriesgar vidas de sus tropas. Pero el historiador aporta otra clave: que la “operación militar extraordinaria” de Trump “apunta más a un cambio de régimen en Estados Unidos que en Venezuela”, es decir, que puede acelerar la caída de su propio país en el autoritarismo.

‌Europa se empezaba a hacer la idea (terrible) de que ya no puede contar con que EE UU acuda en su defensa como le obliga el Tratado de la OTAN si sufre una agresión de Rusia, lo que explica el acelerón en el rearme. Lo que no podía imaginarse el Viejo Continente es que el agresor en su suelo pueda ser quien desde la Segunda Guerra Mundial ha sido su más estrecho aliado. Nos ha tocado la maldición de vivir tiempos interesantes.

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