La táctica del avestruz solo incita a más caos
Inversores, políticos y empresarios no pueden reaccionar con las guías de una globalización que se desvanece


En la configuración por defecto, los empresarios no se meten en política por más que, a veces, realmente lo hagan. Es la respuesta estándar, que suelen compartir con los futbolistas, y la comprensible (para los dos casos), pues tienen poco o nada que ganar y bastante que perder. A veces, no obstante, es la política la que se cuela en los negocios.
Ahora los empresarios han cambiado las tácticas de lobby tecnocrático por una adhesión al gran líder de la que estaría orgulloso Kim-Jong un. Sobre todo los empresarios estadounidenses, pero no solo ellos: han pasado de no entrar en política a competir por hacerlo. Hay codazos por la atención del Rey Sol.
Parte de la explicación reside en el carácter del presidente: sus frecuentes cambios de opinión, el culto a su persona y la escasa tolerancia a la frustración han configurado esta nueva forma de relacionarse con el poder. Pero la parte fundamental (y la que diferencia al Trump 2.0 del Trump 1.0) son los incentivos. La Casa Blanca ha dado una patada al tablero económico, arrollado las instituciones e incendiado el libro de reglas. Sus políticas tienen un impacto en la cuenta de resultados (actual y, sobre todo, esperada) que es tangible y, sobre todo, va al alza.
La crisis de Groenlandia marca un hito; de entrada, pone en jaque el delicado equlibrio comercial entre los dos lados del Atlántico. Pero sobre todo, abre la puerta a un gran desacople. Así lo están interpretando los mercados, después de casi nueve meses de desacople de la geopolítica: los aranceles, y la economía en general, no son un elemento de negociación, sino un arma dentro de un gran juego de poder de otra magnitud. Las posibles represalias en caso de escalada no se quedan en los aranceles: desde el mecanismo anticoerción planteado por Francia a las ventas de deuda.
La lección es doble: en primer lugar, la adulación a Trump no es garantía de éxito. En segundo lugar, la complacencia (también llamada táctica del avestruz) es garantía de fracaso. La deriva estadounidense es un movimiento quizá incoherente, pero homogéneo. No hay áreas de negocio inmunes al terremoto; solamente las que todavía no se han visto afectadas. Y la estrategia llamada TACO (Trump Always Chickens Out, Trump siempre se acobarda) es una derrota en sí misma: asumir que las políticas de Trump no afectan a los mercados porque este, supuestamente, no tomará decisiones que lo hagan solo genera más desorden. El mundo ha cambiado de órbita; inversores, políticos y empresarios no pueden reaccionar con las guías de una globalización que se desvanece.