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A fondo
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Cuando Silicon Valley y el Pentágono vuelven a darse la mano

En un mundo inestable y en el que la frontera entre la innovación civil y la de defensa se difumina en China y EE UU, ¿puede permitirse Europa permanecer al margen de esta carrera tecnológica?

Faÿçal Hafied
04 jul 2023 - 05:40
ESPAÑA DEFENSA OTAN
Biel Aliño (EFE)

Innovación y defensa han sido a menudo indivisibles. Para evitar la sorpresa tecnológica de los adversarios (competidores y enemigos) y mantener una ventaja decisiva sobre el terreno, la inversión en innovación para defensa ha sido uno de los instrumentos de la hiperpotencia estadounidense. Además, las innovaciones del sector de la defensa interesan al sector civil, del que han surgido numerosas innovaciones, desde internet hasta el GPS o las tecnologías de reconocimiento de voz. Son las llamadas tecnologías de doble uso, es decir, tecnologías que tienen aplicaciones tanto civiles como militares.

El Estado invierte en innovación en defensa a través de una serie de instrumentos clave: la contratación pública, las subvenciones y la creación de agencias dedicadas a la innovación rompedora para aplicaciones militares, como la agencia estadounidense Darpa, creada tras el traumático lanzamiento para EE UU del satélite Sputnik por la URSS en 1957. Las actuales tensiones geopolíticas están provocando un nuevo aumento del gasto público en innovación para la defensa (34.000 millones de dólares en Estados Unidos en 2022, cinco veces más que Francia, el mayor presupuesto de la UE en este ámbito, y este gasto aumentará otro 18% en 2023).

El paradigma de la innovación puntera estimulada por el gasto militar y luego transformada en aplicaciones civiles es cada vez más frágil, y los Gobiernos buscan ahora más innovaciones civiles que puedan convertirse en aplicaciones militares. En Estados Unidos, la relación, a veces tormentosa, entre Silicon Valley y el Pentágono es cada vez más estrecha. Cuna de la contracultura progresista, la bahía de San Francisco, antaño sede de la división de diseño de misiles de Lockheed Martin, resultó menos acogedora durante la guerra de Vietnam. El desarrollo del pacifismo fue de la mano del defense bashing y la crítica mordaz al complejo militar-industrial. En 1970, por ejemplo, el Consejo de Administración de la Universidad de Stanford, uno de los principales proveedores de ingenieros del país, prohibió el reclutamiento militar en su campus.

Esta tendencia está cambiando. La conciencia de la élite estadounidense sobre el ascenso tecnológico de China se ha extendido al área de la Bahía. Los temores han ido en aumento desde que Pekín introdujo su estrategia de fusión civil-militar, cuyo objetivo es financiar tecnologías de doble uso que surjan en el ámbito civil. En respuesta, el Pentágono puso en marcha en 2015 las Unidades de Innovación de Defensa, que proporcionan financiación inicial para proyectos de innovación civil con aplicaciones militares. Estas unidades han establecido una oficina en Mountain View. El gasto de capital riesgo en startups civiles que desarrollan proyectos de defensa se ha duplicado entre 2019 y 2022 en Estados Unidos (de 19.000 a 33.000 millones de dólares), y algunos proyectos han recaudado cantidades récord, como la startup Anduril, que desarrolla un sistema de interceptación de drones (ronda de financiación de 1.500 millones de dólares recaudada en diciembre de 2022), o Shield AI, para un sistema de pilotaje autónomo de drones basado en IA (unos 90 millones de dólares en junio de 2022). Shield AI recibió por ejemplo un contrato de la US Air Force. Las Big Techs no son inmunes a este fenómeno de rehabilitación de la defensa. Mientras que, en 2018, los empleados de Google se manifestaron en contra de la participación de su empresa en un contrato de cloud de 10.000 millones de dólares para el proyecto del Pentágono JEDI, no hubo oposición cuando se lanzó el proyecto sustitutivo (apodado JWCC) adjudicado a Google, Amazon, Microsoft y Oracle.

Dentro de la UE, la inversión en DefenseTech es más tímida. Francia creó una Agencia de Innovación en Defensa en 2017 y dos fondos públicos para invertir en capital riesgo relacionado con la defensa. Alemania también ha creado una agencia de innovación basada en el modelo Darpa, centrada en la ciberseguridad. El Perte aeroespacial español incluirá el desarrollo de tecnologías de doble uso (por ejemplo, observación espacial). Sin embargo, la falta de una defensa integrada en la UE dificulta su capacidad para crear una masa crítica de inversión pública, sobre todo porque la contratación pública militar en los Estados miembros sigue estando en gran medida en manos de las grandes empresas industriales, menos ágiles, en detrimento de las startups. A ello se añade la persistencia de reflejos soberanistas de no colaboración científica en materia de defensa, como hemos visto con las dificultades de organización del proyecto Futuro Sistema de Combate Aéreo (FSCA) cuya ambición es diseñar el cazabombardero del mañana, y que reúne a Francia (Thales, Dassault), Alemania (MTU) y España (Indra Sistemas). En cuanto al capital riesgo, la generalización de los criterios ESG, mucho más respetados por los fondos de inversión europeos, impide la aparición de startups de defensa europeas.

En un mundo más inestable, en el que la frontera entre la innovación civil y la de defensa es más porosa, ¿puede permitirse la UE permanecer al margen de esta carrera tecnológica?

Faÿçal Hafied es asesor financiero de empresas tecnológicas europeas y colaborador de Agenda Pública

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