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De analizar estadísticas y supervisar a los grandes bancos a aliviar el bolsillo de los ciudadanos: ¿para qué sirve el BCE?

El banco tiene como único objetivo la estabilidad de precios en la zona euro y dispone de un arsenal de herramientas para lograrlo

Sede del Banco Central Europeo (BCE) en Fráncfort del Meno, Alemania.olrat

La sede del Banco Central Europeo está en Fráncfort, a orillas del río Meno. Un emplazamiento nada casual. El Tratado de Maastricht sentó las bases de la creación de la Unión Europea, la moneda única y el Sistema Europeo de Bancos Centrales y, con la instalación del BCE en la ciudad alemana, este heredó la credibilidad monetaria del Bundesbank (a apenas cuatro kilómetros de distancia), uno de los bancos centrales más influyentes del mundo gracias a su independencia política y a una férrea orientación hacia la estabilidad de precios. Una herencia que sirvió como aval para que muchos países se sumaran al proyecto europeo y que, a día de hoy, sigue siendo el principal objetivo del BCE.

En las casi tres décadas transcurridas desde su creación, el BCE ha reivindicado su papel como garante del proyecto europeo; ha tenido que participar en los rescates de varios países de la eurozona, se ha enfrentado a repuntes de la inflación provocados por factores tan diversos como una pandemia mundial, la primera guerra en suelo europeo desde los años noventa y el cierre del estrecho de Ormuz, por el que circulaba hasta entonces cerca del 20% del petróleo consumido en el mundo, y se ha convertido en una referencia para el bolsillo de los ciudadanos. Todo ello, con un único objetivo: la estabilidad de precios.

Control de la inflación

La misión del BCE es mantener la estabilidad de precios en la zona euro, y su principal instrumento para lograrlo es la fijación de los tipos de interés. Su cometido consiste en evitar que los precios suban o bajen de forma significativa, es decir, que se produzcan episodios de inflación o deflación que perjudiquen a la economía. Para ello, tiene fijado un objetivo de inflación a medio plazo del 2%. “La estabilidad de precios ayuda a que la economía crezca, protege el empleo y permite que los ciudadanos confíen en que su dinero valdrá mañana aproximadamente lo mismo que hoy”, explica el propio organismo.

Con este mandato, el BCE se diferencia de la Reserva Federal de EE UU, que vela tanto por la estabilidad de precios, incluido un objetivo de inflación del 2% a largo plazo, como por la promoción del máximo empleo. Para ello, la institución cuenta con un instrumento fundamental: la política monetaria, que consiste en decidir el nivel de los tipos de interés rectores. Estos tipos repercuten directamente en el coste al que los bancos prestan dinero a gobiernos, empresas y ciudadanos.

Herramientas

Aunque la fijación de los tipos de interés es la principal herramienta de la que dispone el BCE no es la única. “En los últimos años hemos añadido nuevos instrumentos en respuesta a los importantes cambios registrados en la economía que han complicado nuestra tarea de mantener la estabilidad de precios”, señala la entidad.

Las diferentes crisis que ha sorteado la zona euro en los últimos años han impulsado la puesta en marcha de distintos programas de compra de activos. Esto es, iniciativas que han permitido al BCE comprar deuda tanto de los estados miembros como de las empresas y también regar de liquidez al sistema financiero europeo en momentos concretos como la crisis del euro de 2012, pero también el cerrojazo económico derivado de la Covid, el estallido de la guerra en Ucrania y el del conflicto en Oriente Próximo, para evitar una crisis aún mayor —las líneas LTRO—. La última de ellas, aún sin estrenar, es el Instrumento de Protección de la Transmisión (conocido como TPI, por sus siglas en inglés), un mecanismo creado en 2022 y derivado del famoso whatever it takes (haré lo que tenga que hacer) de Mario Draghi para evitar la transmisión de la escalada de las primas de riesgo en la zona euro mediante la compra de deuda.

Aunque el BCE no tiene ningún tipo de competencia en cuanto a estabilidad fiscal, el uso de sus herramientas sí que está condicionado a una senda de consolidación fiscal por parte de los países del euro. De ahí el papel que jugó la institución tras la Gran Crisis Financiera como integrante de la troika, la entente formada junto a la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI) para velar por la aplicación de los planes de rescate a Grecia, Irlanda y Portugal (más al sector financiero español).

Impacto a pie de calle

Que el BCE opte por subir o bajar los tipos de interés tiene un impacto directo a pie de calle. Si decide elevar las tasas para atajar la subida de los precios, como hizo en septiembre, sus efectos llegarán al consumidor de distintas formas: le pedirán más intereses por pedir un préstamo para la compra de un coche, pagará más por su crédito hipotecario si está referenciado al euríbor y (pero no siempre ocurre con la misma rapidez) recibirá más por el dinero depositado en cuentas corrientes y depósitos.

De igual forma, las otras herramientas a disposición del banco tienen como misión dar liquidez al sistema para evitar que los bancos dejen en primera instancia de prestarse dinero entre sí y, en última instancia, que el crédito llegue a los consumidores y empresas.

Vigilancia de los grandes bancos

Una de las consecuencias de la gran crisis financiera fue la creación del Mecanismo Único de Supervisión (MUS), integrado en el BCE, para encargarse de la supervisión de los grandes bancos de la zona euro. Hasta 2014, los distintos bancos centrales nacionales supervisaban a sus propias entidades, pero desde entonces el MUS se ocupa de las entidades significativas, cuya eventual quiebra tendría un fuerte impacto sistémico, mientras que los bancos centrales nacionales, como el Banco de España o el Bundesbank, supervisan las entidades de menor tamaño.

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