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Cuando el mercado se convierte en un casino

Las Bolsas viven dominadas por la velocidad, la especulación y la obsesión por el resultado inmediato, mientras dejan para muchas oportunidades

Una persona utilizando una aplicación de inteligencia artificial.Laurence Dutton (Getty Images)

Ya no se invierte a largo plazo. La tenencia media de una acción en cartera se ha reducido de los ocho años de mediados del siglo pasado a apenas seis meses en la actualidad. Eso, en parte, se debe a la mejora exponencial de la tecnología. Antes, comprar acciones era una odisea. Ahora solo hace falta un clic y la ejecución es instantánea y casi gratuita. No se ha democratizado solo el acceso, sino también la información. De hecho, el problema hoy es el opuesto: hay sobreabundancia y a menudo se confunde con opiniones sin fundamento alguno. Además, la inteligencia artificial hace de la inversión algo aún más terrenal. Puede ser una compañera excelente a la que preguntar sobre los conceptos que resulten más lejanos y pedir consejo sobre la mejor manera de proceder.

Hoy en día, lo que distingue a un inversor profesional de uno amateur es, sobre todo, la experiencia (sí, ayuda haberse bregado en todo tipo de circunstancias, y estas últimas décadas han sido muchas y de lo más variopintas) y el tiempo dedicado. Se supone que cada uno tiene su trabajo, y no todos pueden (ni quieren) destinar su tiempo libre a la toma de decisiones financieras.

Cada vez son más los que sí quieren. Ganar dinero sin moverse del sofá les suena (¿demasiado?) bien a muchos. El peso del retail (para los menos familiarizados, es como se le llama al inversor no institucional) ha ido creciendo de forma abrumadora. Y con ello, fenómenos que descolocan un tanto a los que nos dedicamos a los mercados financieros desde hace ya muchos años.

Fondos cotizados (ETF, en inglés) apalancados a una sola acción (el regulador de Corea del Sur se disculpó por haberlos permitido), las meme stocks (empresas en declive, si no quebradas, que se revalorizan vía viralización por redes sociales) o las “opciones a un día” son algunos ejemplos que distan de ser casos aislados.

Estas últimas —en las que se pierde la prima pagada en menos de 24 horas— suponen ya más de la mitad del total de opciones negociadas sobre el S&P 500 (y a su vez, la mitad las ejecutan particulares). En teoría, eso es apostar, no invertir. Aunque para algunos es lo mismo. Un estudio reciente concluía que los jóvenes consideran las apuestas un método válido para construir patrimonio. No hay duda de que las inversiones se están gamificando. Pronto se harán desde la Playstation.

Ese foco en el corto plazo no es solo cosa de unos pocos traders. La mayoría de las decisiones ya ni siquiera las toman humanos: son fruto de algoritmos que operan en milisegundos. Se estima que el high frequency trading, como se le denomina en inglés, supone entre el 60% y el 70% de las operaciones diarias. El inversor institucional cada vez pesa (y piensa) menos. Los ETF, que mayoritariamente replican índices, representan más de la mitad de todos los activos bajo gestión. Eso obliga a los gestores de fondos de inversión tradicionales a intentar hacerlo bien, muy rápido. El underperformance se castiga con reembolso. El factor momentum (para los profanos, algo tan simple como comprar solo lo que más sube) domina a los demás. Estrujarse el cerebro es un ejercicio fútil que les puede costar la silla. Ello lleva a los gestores bien a replicar los índices contra los que se les miden (las cifras reales de indexación son mucho más altas que las que resultan del cociente de ETF sobre el total) o a rotaciones enormes en sus carteras (de media, cambian enteras en un año y medio). Tampoco los directores ejecutivos de las empresas cotizadas tienen el lujo de planificar a años vista (en las grandes empresas americanas, en el año 2000 ejercían el cargo 10 años de media; ahora es la mitad). No hay paciencia que valga para nadie. Y la IA acentuará el cortoplacismo, en tanto que permitirá acelerar el análisis y la toma de decisiones.

Ahí está precisamente la oportunidad. Todos están inmersos en la misma batalla, dedicando recursos ingentes a maximizar resultados inmediatos. Participar no parece sensato: garantiza resultados mediocres, en el mejor de los casos. A malas, estar con la mayoría puede ser incluso peligroso. Más cuando lo que más ha subido tiene mucho que ver con la construcción de centros de datos, que tal vez no sea tan rentable como se calcula, y tiene unas cuantas de las características que acompañan a la formación de burbujas.

Permítanme además recordar, ya que estamos, que la mayoría replica índices y que estos están casi todos en máximos. En parte, es otro ejemplo de la influencia cada vez mayor del inversor retail sobre los mercados financieros. Antes era el primero en vender cuando se complicaban las cosas, ahora es el primero que compra. Parece haber interiorizado que, suceda lo que suceda, bancos centrales y/o gobiernos intervendrán y las Bolsas rebotarán. Muchos inversores, de hecho, no han visto otra cosa. Desde la gran recesión, en 2009, hemos asistido a dudas sobre la supervivencia del euro, un Brexit, dos Trumps, una pandemia, el mayor repunte de inflación desde los 70, las mayores quiebras bancarias de la historia (¡tres de las cuatro mayores fueron en 2023!), guerras arancelarias, guerras de las de verdad (incluyendo una invasión rusa a un país europeo), caos en Medio Oriente… La única vez que pintaban bastos, en 2022, salió ChatGPT a rescatar el entusiasmo colectivo, en el que aún estamos.

El resultado es que las correcciones bursátiles cada vez son menores, en frecuencia, duración e intensidad, lo que da una falsa sensación de seguridad. Las autoridades ya no necesitan ni intervenir ante eventos adversos, los mercados “rebotan solos”. Hasta el punto de que pueden provocar ellas mismas los “eventos” y salir indemnes. El Liberation Day, o iniciar una guerra con Irán, que sigue sin visos de solución seis meses después, ha ido acompañado de récords bursátiles. Como explica la teoría de reflexividad de Soros, las percepciones de los inversores y los precios de los activos financieros se influyen mutuamente, en un bucle de retroalimentación continuo. De momento, hacia arriba. Pero no olviden que también funciona en sentido inverso.

La buena noticia es que nadie mira al largo plazo. No solo eso: se castiga con caídas salvajes a quien ose defraudar lo esperado en un solo milímetro. El valor de una empresa es, en teoría, la suma de los flujos que generará a futuro, descontados a valor presente. Lo que suceda en un trimestre concreto debiera ser completamente irrelevante. Súmenle negocios que cotizan como si fuesen a desaparecer, sustituidos por seres digitales superinteligentes, que además de planchar y hacer la compra por nosotros, reemplazarán a todos los programas de software que existen, y serán consultores, abogados y cantantes de hip hop de éxito. No queda claro si los demás estaremos todos en el paro o en casa en la piscina, mirando por la tele la final de Roland Garros, entre dos robots, claro, y solo un rato, que un partido de tenis durará tres o cuatro meses. El inversor paciente con un mínimo criterio rara vez ha dispuesto de tantas y tan buenas oportunidades que, además, deberían dar menos vértigo si se tuercen las cosas. El truco es escoger bien y dejar de obcecarse con el corto plazo. ¿Quién tiene tiempo?

David Macià Pérez es director de inversiones de Creand Asset Management

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