Awa Sunglasses, las gafas de sol que no se hunden en el mar
Una lesión ocular llevó a la publicista Esther Fernández a crear este producto. Hoy vende en más de una docena de países y factura 200.000 euros al año


La canción dice “dónde están las llaves, matarile, rile, rile”, a lo que el estribillo contesta “en el fondo del mar”. Sin embargo, tampoco hubiera sido nada descabellado preguntar por las gafas, puesto que, según organizaciones medioambientales, unos 690.000 millones de pares reposan en las profundidades de los océanos, formando parte de los 10 millones de toneladas de basura marina que los científicos estiman a escala global.
Pero no fueron estos números los que llevaron a Esther Fernández a emprender y crear su propio producto, “aunque sí me ha motivado, y mucho, poder contribuir con mi granito de arena a dar solución a este gran problema ambiental”, comenta la publicista segoviana, creadora de la marca Awa Sunglasses (dentro de Valor en los Detalles SL).
Es en la casualidad donde radica el origen de su negocio, y más siendo oriunda de una ciudad de interior. O incluso, en la fatalidad, porque todo empezó cuando le detectaron una lesión ocular, de nombre pinguécula, provocada por una excesiva radiación solar. “No grave, pero muy molesta. Además, sin la protección adecuada, puede crecer hasta tapar el iris por completo y requerir intervención, de ahí que el médico me recomendara usar gafas solares, sobre todo al nadar. Y con esta prescripción, que coincidió con mi veraneo habitual en la Costa Brava, empezó todo”, señala.
Peregrinando de una óptica a otra en busca de “algo específico para el agua, ligero, resistente y a prueba de pérdidas” detectó este nicho de mercado sin cubrir. “Los pescadores y marineros me piden gafas así, me contó un dependiente, quien reconoció solucionarlo vendiendo cordones para no correr el riesgo de salir sin ellas al bañarse”, recuerda.

Así que, allá por 2017, se puso a ello y centró su experiencia en desarrollo de producto en conseguir un polímero de baja densidad, acoplable a monturas. Lo encontró en Taiwán, donde produce, y empezó a hacer moldes, “primero, sin visagra ni tornillos en las patillas para evitar óxidos, aunque ya no es necesario porque lo he resuelto”. Enseguida patentó en España, donde diseña.
Al inicio comercializaba seis modelos, “todas ultraligeras (de 18 a 23 gramos) y flotantes, con lentes polarizadas, hidrófobas (el agua resbala e impide que se adhiera el salitre) y endurecidas (antiarañazos)”, detalla, y hoy, su portafolio incluye 24 modelos y 66 referencias bautizadas con nombres de playas españolas –Blanes, Mundaka, Tacoronte, Carabassi, Mondragó, Mera, etcétera–, disponibles en varios colores.
Propuestas que en el último ejercicio le han permitido facturar más de 200.000 euros, lo que supone ya la tercera parte de la empresa matriz, con un precio por unidad que oscila entre los de 50 y los 75 euros.
Opción plus
Precisamente, “la relación calidad-coste siempre ha sido muy valorada y contribuye al éxito de Awa”, indica. Lo ha comprobado en cada feria que va, que son casi todas las relacionadas con la náutica; la última, hace un mes, en Palma de Mallorca. “Fue muy bien. Funciona mucho el boca a boca y quien compra, no suele conformarse solo con unas y acaba comprando a familiares o amigos. No obstante, en los ambientes profesionales, en los que ya conocen la marca, me pedían algo más prémium y específico para actividades deportivas de agua”, apunta.
Por eso lanzó las gafas fotocromáticas y las Awa Pro, por importe de 180 euros, “que llevan lente de nailon de alta definición y son más versátiles, con patillas intercambiables para un cliente que busca algo más técnico”. Con ellas, Esther Fernández asegura atreverse a ir a mercados como Suiza y Dubái. La firma tiene presencia en más de 12 países entre Italia, Portugal, Alemania, Países Bajos, Grecia y México, y dispone de más de 200 puntos de venta, aparte de su tienda online. Fernández y su equipo estudian modelos con cristales graduados y una gama para niños.

Con aceite de ricino
Sostenibles. El año pasado, Awa Sunglasses, en su búsqueda de alternativas más ecológicas y tras probar distintas densidades, fabricó modelos con polímero de origen vegetal procedente de aceite de ricino. “Todas las gafas se hacen con plástico inyectado, ya que no sirven ni acetatos ni otras opciones”, señala la empresaria Esther Fernández, quien va perfeccionando el producto conforme a las exigencias de la demanda. “Los marineros me proponen que haga cepillos de dientes insumergibles. Y oye, ¡todo es ponerse!”, bromea.
Campañas. También valoró la propuesta de fabricar con redes marinas y plásticos reciclados del fondo del mar. “No era un solución viable. En caso de pérdida, se hundían volviendo al punto de partida”. Sí promueve iniciativas como la limpieza de playas y el rescate de gafas mediante incentivos a submarinistas.
Lema. Fernández quiere que su cliente “también sea insumergible, que no se hunda con facilidad ante lo adverso” y que se identifique con el producto. “Me encantaría que mis gafas inspiraran y transmitieran esta filosofía de vida”, insiste.