Una punzada de dolor inevitable en la vida de todo inversor

Quien está demasiado pendiente de las crisis pierde el foco en el largo plazo y se olvida de cuál será el patrimonio inversor con el paso del tiempo

Está siendo 2022 un año doloroso para inversores y gestores. Los dos principales activos, renta variable y renta fija, están cayendo al mismo tiempo, lo que es algo anómalo si uno visita los libros de texto (no así la realidad de los mercados). Para los sufridos inversores de renta variable, que cuentan, desde hace cinco, un año sí, un año no, con caídas de al menos un 20%, este año, siendo malo, está dentro de la normalidad de los mercados bajistas de acciones. No podemos decir lo mismo del mercado de bonos, que dejará huella por ser ya el peor mercado bajista de la historia, con pérdidas que, en algunos casos, superan a las de la renta variable. Extraña realidad esta que nos toca vivir.

Empleaba al comienzo de esta tribuna la palabra doloroso por su raíz latina dolor. El término dolor, según la RAE, significa en su segunda acepción, sentimiento de pena y congoja. Los momentos en los que los mercados caen y los inversores experimentan pérdidas producen congoja. El dinero nos vuelve tremendamente emocionales y temerosos y hace que nuestro lado racional trabaje mal.

Dolor fue también el término empleado por Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, en su intervención en el simposio de Jackson Hole el pasado agosto, que supuso que los mercados volvieran a instalarse en el pesimismo. Sus palabras textuales fueron: “restaurar la estabilidad de precios llevará algún tiempo y requiere el uso enérgico de nuestras herramientas para lograr un mejor equilibrio entre la oferta y la demanda. Si bien las tasas de interés más altas, el crecimiento más lento y las condiciones del mercado laboral más suaves reducirán la inflación, también supondrán algo de dolor a las familias y a las empresas. Pero el hecho de no restaurar la estabilidad de precios significaría un dolor mucho mayor.”

La utilización de dicha palabra no es baladí. El término dolor es potente y no deja lugar a dudas. Si nos adentramos en la psicología económica, el premio Nobel Daniel Kahneman y su colega Amos Tversky, desarrollaron el concepto de aversión a la pérdida afirmando que “el dolor de perder algo es más fuerte que el placer de ganarlo, por ello, estamos dispuestos a arriesgar más para evitar pérdidas que para obtener ganancias”. Lo expresaron matemáticamente en una función parabólica que lo ilustra e, incluso, estiman que la sensación de perder algo concreto duele el doble que la satisfacción que produce ganar ese mismo algo. Hagamos un rápido autotest. Incluso con cantidades pequeñas, la rabia o el dolor de perder diez euros en la calle es mucho mayor que la alegría que nos daría encontrar por casualidad diez euros. Conocer este tipo de sesgos que tienen, tenemos, los inversores es vital para evitar tomar malas decisiones en momentos de mercados difíciles.

Siguiendo con la palabra dolor, el ensayista e investigador, Nassim Nicholas Taleb, en su libro Fooled by Randomness (¿Existe la suerte?, en su traducción al español), introduce la etiqueta punzada de dolor para ilustrar la reacción de un inversor cada vez que se enfrenta a resultados adversos en sus inversiones. En este punto, realiza una distinción interesante entre los términos trayectoria y resultado. El resultado es la meta en la vida inversora de una persona. El punto al que se llega al cabo del horizonte temporal de la inversión. La trayectoria es la sucesión de escenarios a lo largo de ese periodo.

El que está más pendiente de la trayectoria pierde el foco en el largo plazo y se olvida de cuál será el patrimonio del inversor al cabo del tiempo. Le preocupan más todos los angustiosos altibajos (que los habrá) que el inversor va a experimentar durante ese periodo. Pero, como profesionales, también debemos saber que, para el inversor, la riqueza no cuenta tanto en sí misma para su bienestar como el camino que se utiliza para alcanzarla, de ahí que dulcificar dicho camino y acompañar durante el mismo sean labores importantísimas y probablemente las más determinantes de nuestra profesión.

Sobre el camino, dice Taleb que la gente que se fija demasiado de cerca en sus carteras en periodos muy cortos de tiempo se agota emocionalmente por la serie de punzadas de dolor que padece. Imagine a alguien que haya mirado su cartera todos los días durante este año. En la medida en que seamos capaces de espaciar las observaciones reduciremos la ansiedad y el dolor experimentado. Por eso es vital contar con un buen apoyo por parte de profesionales tanto en el ámbito de la gestión como en el del asesoramiento, en momentos de crisis. Y parte de reconocer que nuestras emociones no están diseñadas para comprender las cosas y es mejor estar preparados de antemano.

Cuando invertimos en carteras robustas, bien diversificadas, y gestionadas por profesionales, no evitaremos pasar por alguna punzada de dolor, pero tendremos un gran apoyo emocional a la hora de entender que en el corto plazo uno observa la variabilidad de la cartera, no los rendimientos.

Sabemos que hay que pasar por las crisis para obtener buenos resultados a largo plazo y esto es parte de la experiencia de invertir, que también nos enseña que los mercados siempre se recuperan después. Mirando hacia delante, las perspectivas de rentabilidad futura son mucho más atractivas. Los activos pagarán más de lo que solían pagar y eso es bueno para los inversores. Saber aprovechar esas oportunidades cuando se presentan es vital. Aunque por momentos pueda flaquear la fe, es importante recordar que “time, not timing, drives long-term wealth creation”. Tan solo es cuestión de tiempo.

El tiempo lo cura todo. También las pérdidas y el dolor. Y esta vez no será distinto.

Marta Campello es Socia y gestora de Abante