La inversión en innovación, clave para la transición energética

Muchas tecnologías están en manos de compañías jóvenes, con un alto potencial y capacidad de crececimiento y que necesitan financiación

La energía ha marcado el devenir de la sociedad moderna desde hace décadas, pero nunca antes ha sido un tema tan relevante y crítico. Además, se está evidenciando la responsabilidad que tenemos como sociedad en la descarbonización de la economía, ya que el crecimiento basado en combustibles fósiles no es sostenible tal y como veníamos haciéndolo. Por ello, afrontamos una nueva era de transición energética impulsada por la agenda política internacional, por las disrupciones tecnológicas y por la evolución de la propia sociedad. Todos estamos cambiando nuestros patrones de comportamiento a gran velocidad y, con ello, la forma en que producimos y consumimos la energía, lo que nos lleva a una transformación del modelo energético.

Hasta hace muy poco, la cadena de valor de la energía era lineal y, en cierta medida, predecible. La energía eléctrica se producía en grandes plantas basadas en combustibles fósiles, y ésta se transportaba hasta el cliente final en infraestructuras dimensionadas para absorber de forma flexible la demanda (al menos en algunas geografías como Europa).

Ahora, este paradigma está cambiando. Los avances tecnológicos han provocado que la generación fotovoltaica y eólica sean rentables en muchos lugares del mundo. Esto favorece una mayor adopción de las mismas, tanto a escala de cientos de megavatios en plantas centralizadas, como a pequeña escala distribuida, que está suponiendo una revolución en el lado del cliente. En efecto, el consumidor se convierte ahora en prosumidor, es decir, puede generar la electricidad y consumirla en su hogar o comercio, minimizando las pérdidas por transporte y reduciendo su dependencia al sistema eléctrico. Esto abre la puerta a nuevas oportunidades de negocio como, por ejemplo, las comunidades energéticas.

Por otro lado, la electrificación de los usos finales de la energía, incluyendo la irrupción sin precedentes del vehículo eléctrico, es ya un hecho incontestable. Tener un vehículo eléctrico puede duplicar o triplicar el consumo energético de un hogar, y, según el Pniec, en 2030 tendremos 5 millones de vehículos circulando por las carreteras españolas. Esto tendrá un gran impacto en la gestión del sistema eléctrico.

Todo ello supone un gran reto. Sin ir más lejos, la naturaleza intermitente de la generación renovable limita su adopción masiva, ya que la red eléctrica no puede absorber un crecimiento de la producción de forma sostenida. Además, hay sectores como el transporte de mercancías en carretera de larga distancia, el transporte marítimo o la aviación, así como esquemas industriales que requieren de muy altas temperaturas, que, sencillamente, no pueden ser electrificados en el corto plazo. No tenemos tecnología para conseguirlo. Debemos encontrar alternativas innovadoras a la electrificación que nos permitan avanzar en estos sectores sin depender de los combustibles fósiles.

El reto de la transición energética no se soluciona simplemente aumentado la inversión en infraestructura, aun siendo muy necesaria, sino que debemos poner también nuestros esfuerzos en el fomento de tecnologías habilitadoras. Estoy hablando, por ejemplo, de soluciones digitales que predigan la demanda eléctrica y maximicen la eficiencia energética; tecnologías que conviertan los activos renovables en gestionables al hibridarlos con almacenamiento; tecnologías de gasificación y pirólisis que obtengan combustibles de baja huella de carbono, o de tecnologías de captura y uso de CO2 para la síntesis de materiales.

En ese sentido, la transición energética no se dará a la velocidad requerida si solamente aumentamos la inversión en plantas de generación renovable, de hidrógeno, de almacenamiento energético o de recarga eléctrica. Nada de esto servirá si no contamos con la tecnología habilitadora que permita orquestarlo todo eficientemente y que empodere al usuario final, convirtiéndonos en co-responsables de la generación y uso eficiente de la energía.

Estamos ante un reto complejo, de gran calado, que requiere la actuación colectiva de compañías, academia, inversores, reguladores y autoridades. Debemos aunar esfuerzos para impulsar tecnologías que, en su gran mayoría, ya hayan trascendido el mundo de las ideas y la investigación básica, y que aún no están en manos de grandes corporaciones, sino en compañías jóvenes de gran potencial y rápido crecimiento. Estas empresas desarrollan productos tecnológicos de forma ágil y consistente con el mercado, pero suelen necesitar inversión externa para financiar y escalar sus modelos de negocio. Algo que ya está empezando a suceder con éxito en algunos mercados. Según Bloomberg, la inversión en empresas enfocadas a la transición energética creció considerablemente en el 2021, batiendo un récord de 165.000 millones de dólares.

Estamos viviendo momentos inciertos y los mercados así lo reflejan, pero la transición energética es tan necesaria que marcará las próximas décadas y ofrecerá grandes oportunidades, tanto a nivel social, como financiero y de negocio. Es el momento de impulsar la inversión en este tipo de iniciativas y de aprovechar el viento de cola para afrontar una transformación estructural del sector energético, que es un elemento esencial en el desarrollo sostenible de nuestra sociedad.

Juan Diego Bernal es Managing Director A&G Energy Transition Tech Fund