Crisis energética europea: ¿qué se puede hacer?

Mientras no acabe la guerra y se normalice el suministro de gas, la crisis continuará. Lo máximo que puede hacer Bruselas es minimizar el impacto

Europa vive una de las peores crisis energéticas de su historia. Comenzó en los mercados internacionales de gas licuado en la primavera de 2021. La causa principal fue la intensa recuperación tras la pandemia, especialmente en Asia. Y también fue estructural, al sustituir los países, principalmente China, las centrales de carbón por gas para producir electricidad y reducir a la mitad sus emisiones contaminantes. En otoño de ese año, la Comisión Europea aumentó el precio de equilibrio del gas a 60-80 euros por megavatio hora, muy por encima de los 20 euros de la década anterior. Pese a ello, ahora la situación comienza a normalizarse por la crisis en China, tras el pinchazo de su burbuja inmobiliaria, que ha provocado una fuerte caída de la producción industrial del país y menor presión sobre los precios de las materias primas mundiales.

La crisis energética en Europa se ha agravado desde que Putin decidió invadir Ucrania y cortó el suministro de gas. La UE se adelantó en la transición energética con el desarrollo de energías renovables y la crisis ha demostrado que fue un acierto. Sin eólica y solar el coste de las importaciones de gas serían significativamente mayores y el empobrecimiento de las familias y las empresas europeas también.

Pero Europa se equivocó en depender de un proveedor nada fiable como Putin. Los países centroeuropeos no tienen acceso al mar y no tenían otra opción. Sin embargo, Alemania tiene costa con varios puertos importantes y podría haber desarrollado una red de regasificadoras para no depender tanto de la decisión de un líder autocrático como Putin. Espero que los proyectos de ingeniería ya estén hechos y que hayan aprovechado estos seis meses de guerra para ponerlos en marcha y resolver el problema cuanto antes. Y que se estén construyendo más barcos metaneros para atender ese crecimiento de la demanda de gas licuado.

Mientras la guerra en Ucrania siga y Alemania no tenga capacidad alternativa de regasificación, el precio del gas seguirá alto y Europa estará en crisis. La semana pasada los mercados energéticos europeos colapsaron y los precios de los futuros del gas superaron los 300 euros y de los futuros de la electricidad 1.000 euros. Para que seamos conscientes de la magnitud de la crisis a la que nos enfrentamos, los precios de la electricidad en Francia y Alemania son equivalentes a un precio del petróleo de 1.000 dólares por barril, diez veces más que su precio en el mercado.

La Comisión Europea intentará consensuar un sistema que reduzca el impacto tan brutal sobre los consumidores de estos precios. Pero, como ha demostrado el tope del gas en España y Portugal, su capacidad es muy limitada. Cuando se diseñó el tope, el gas estaba a 80 euros megavatio hora. Se estimó que el precio de la electricidad, incluyendo el coste del tope del gas que pagan los consumidores para compensar a las empresas gasistas, estaría por debajo de 200 euros megavatio hora. El lunes, con el gas a 240 euros megavatio, el precio de la electricidad estuvo próximo a 500 euros. Diez veces más que antes de comenzar la crisis.

Con el tope del gas, España ha tenido que suministrar una media de dos gigavatios de electricidad a Francia, cuando normalmente España era importador neto de electricidad de nuestros vecinos. El país lo ha podido atender gracias a nuestra red de regasificadoras. En el resto de países europeos, esto no sería viable y habría riesgo de colapso del sistema eléctrico y apagones en los picos de demanda. Otro problema del tope del gas que los españoles empezamos a sufrir es que con el gas tan lejos del tope la compensación que vamos a pagar a las empresas gasísticas en nuestra factura de la luz superará el coste que pagamos de electricidad. Sobre todo, para los consumidores que estaban en el mercado libre y habían cerrado sus precios fijos con su comercializador eléctrico.

Esto es especialmente preocupante en las empresas. En la mayoría de los países europeos las empresas tienen costumbre de cerrar contratos a medio plazo con precios estables. El problema lo sufren las empresas energéticas que ya han empezado a quebrar y a ser rescatadas por el Estado. En Francia, el Estado ya era propietario de EDF, pero la tuvo que sacar de Bolsa y lleva pérdidas billonarias por subvencionar los precios a sus clientes y embalsar la inflación. Lo más preocupante es que esto acabe de nuevo en una crisis de deuda pública y haya que abrir las compuertas de la inflación y subir las tarifas en el peor momento.

Conclusión: mientras no acabe la guerra y se normalice el suministro de gas, la crisis continuará. Lo máximo a lo que puede aspirar la Comisión Europea es a minimizar el impacto. En España tenemos la inflación subyacente desbocada, al doble que nuestros socios europeos con el doble de tasa de paro. El empleo crece próximo al 4% y las retenciones de salarios en las nóminas para el pago a cuenta del impuesto sobre la renta crecen al 15%. Los precios de los alimentos en los mercados internacionales se han desplomado desde mayo y en España siguen subiendo. Y el Gobierno mete queroseno en el incendio afirmando que va a subir las pensiones con el IPC.

Uno sabe cuándo entra en el túnel de una crisis de inflación, pero no sabe cuándo va a salir. Y la luz al final del túnel puede ser otro tren que viene a arrollarnos. Prudencia.

José Carlos Díez es Director de la cátedra Orfin. Universidad de Alcalá