Las metas volantes hacia el nuevo paradigma monetario

Hay que asumir el muy diferente escenario de tipos, que la liquidez deberá ir drenándose, y que la microeconomía también sufrirá

Nos dirigimos irremediablemente hacia una etapa en la que la liquidez va a tener que dejar de ser sobrante. El propio período del año en el que estamos, con unas semanas por delante que se consideran de paréntesis estival, junto a la evolución de la situación, que requiere de los necesarios ajustes monetarios, va a llevarnos hacia una realidad que no ha sido habitual en la última década larga.

Asimilando esto a una carrera de fondo, todo proceso de cambio de paradigma monetario hacia un estadio más restrictivo conlleva una serie de metas volantes que hay que ir pasando, sabiendo además que estos procesos se producen en períodos históricos en los que el resto de variables y condicionantes han sido diferentes y han afectado de manera diferente. No es lo mismo afrontar unos costes financieros al alza cuando las economías estaban con un nivel de endeudamiento lejos del actual, como ocurría a principios de los años ochenta, cuando la inflación alcanzaba niveles similares a los actuales, que lo que podemos estar viviendo ahora, con una casi obligada necesidad de restringir la política monetaria para el control de una inflación que, además, también es muy diferente en lo que a sus causas se refiere.

En general, estas metas por las que ir pasando suponen, en primer lugar, asimilar que el escenario de tipos de interés será muy diferente al existente, con todo lo que ello supone. En un segundo paso, se trata de digerir que la liquidez tendrá que ir drenándose, lo que también conlleva muchos otros efectos no vividos por la última generación de agentes de mercado, los más jóvenes. Una generación que solo ha convivido con tipos artificialmente bajos y niveles de liquidez exageradamente altos, con los peligros de creación de burbujas que ello implica, todo a costa de proteger y cuidar la estabilidad de la situación económica en general y no dejar que esta estabilidad se la tenga que ganar cada parte de esa economía por sus propios medios y de manera independiente.

Y, en tercer lugar, la meta que hay que cruzar es la de concienciarse y admitir que, después de que sufra la macro, la microeconomía también puede sufrir, porque las empresas, y el crédito en general, no pueden ser inmunes, en la mayor parte de los casos, a todos estos cambios. Cambios que pueden acabar por tener que afrontar grandes retos de gestión en búsqueda de la supervivencia, derivados de los menores márgenes, las mayores tasas de mora esperadas, la readaptación obligada de tamaños de las industrias y empresas… Es decir, reinventarse como negocio en muchos casos.

Diría que la primera de esas etapas, la de asimilar tipos más altos, se ha extendido en el tiempo durante varios meses de este 2022. Lo cierto es que no ha ayudado en el proceso el hecho de tener que acabar por confirmar que algunos de los bancos centrales han perdido credibilidad, al ir alargando el argumento de la transitoriedad en la inflación para ir incorporándose de manera agresiva después al cambio de discurso, pero no todos al tiempo. El último pasajero de ese tren ha sido el ECB, y no ha hecho mucho bien en el reajuste de expectativas el hecho de subirse tan tarde a realizar el trayecto en el que todos somos compañeros de viaje.

Mientras, la segunda meta, la de esperar menor liquidez e ir anticipando problemas para la macro, la famosa recesión y el apellido que llevará en función de la adecuada gestión de algunos de los implicados en cuidar el proceso (soft versus hard-landing, recesión técnica o estructural), nos llega de manera más importante en las últimas semanas.

Más allá del habitual discurso de una posible estanflación, aun sin haber motivos tan reales para hablar de ello hace un tiempo, ahora, desde hace unas tres o cuatro semanas, se empieza a hablar de esa recesión casi como un hecho cierto. Esto está siendo incluso más o menos bien recibido por unos agentes de mercado que prefieren luchar contra un enemigo real y que ya está presente en el campo de batalla antes que seguir esperando a ver el famoso pico de inflación, que no llega pero está cerca. Y, sobre todo, antes que acabar por ver que, en algún momento, la economía saldrá perjudicada por el proceso de subidas de tipos. De hecho, es el momento en que se empieza a descontar la recesión de manera más realista, el que lleva a relajar algo las presiones sobre los tipos, sin duda porque, cuando la economía esté en retroceso, los precios tienen que ceder y los bancos centrales, quizás, tendrán que relajar su discurso de agresividad en la lucha contra ese enemigo que sigue de pleno con nosotros, la inflación.

Y llegamos al punto en que vemos el cartel de la tercera meta volante, el de corroborar si todo esto afecta a la economía real, que así será, y hasta qué punto, algo que empezaremos a ver con los resultados empresariales del segundo trimestre.

Hemos avanzado en la incorporación de nuevas preocupaciones bastante rápido en el último mes, de inflación a recesión, de tipos más altos a liquidez más limitada. Y cada vez parece más claro que vivimos en un período en el que tendremos dos ciclos monetarios muy concatenados en el tiempo, pero de direcciones opuestas. Estamos en pleno reajuste monetario, que se descuenta más agresivo para Estados Unidos que para la rezagada Europa.

Aunque el BCE no ha empezado a subir tipos y lo hará este jueves, las expectativas ya hablan de que el proceso quizás no sea tan alargado en el tiempo. Y es que si la inflación empieza a reaccionar y moderarse rápido, con la corrección en los precios de las commodities asociada a la esperada (incluso deseada) recesión, que va a ayudar mucho en este sentido, tan pronto como a mediados de 2023 para EE UU, la Fed deberá de ir moviéndose de proa a popa haciéndose eco de que lo que hay que cuidar tras apagar el fuego de la inflación. Es el necesario crecimiento.

En esto de los mercados, todo activo está concebido para que su precio crezca en el tiempo, si no sostenidamente, sí a largo plazo. Después de la tercera meta volante, a ver quién nos espera en la meta final. Y a ver si son aplausos y vítores lo que recibimos, o habrá que intentarlo por otro camino.

Jesús Sáez es director de mercados de capitales para Iberia de Natixis