¿Quo vadis, España?

El país precisa definir un propósito común económico y social que aglutine las aspiraciones de la mayoría de los ciudadanos y empresas

Si preguntásemos a 100 ciudadanos elegidos aleatoriamente en España a dónde queremos ir en el futuro como país, muy probablemente obtendríamos 110 respuestas diferentes. Exagero, quizás solo sean 80. Habría respuestas basadas en la economía, la política, la historia, la sanidad, la ciencia, los deportes, la tecnología, la cultura, la demografía o la educación, entre otras muchas materias. Y está muy bien que tengamos respuestas diferentes y mostremos nuestras preferencias, pero en las organizaciones que han tenido éxito transformándose, lo prioritario para todos sus grupos de interés y para las personas que trabajan en dicha organización ha sido mirar al futuro, orientando a todos en la misma dirección.

El siguiente elemento crucial en la transformación, con éxito, de una organización es poner al cliente en el centro. En el caso de un país, será poner al ciudadano en el centro. Y no me refiero en el centro político, sino en el centro de la actuación de todo el arco político, desde la derecha hasta la izquierda y viceversa. Es decir, preocuparse por lo que quiere y necesita hoy; adelantarse a las necesidades que tendrá mañana para empezar a preparar los medios para satisfacerlas. ¿No deberíamos, como país, tener un propósito común, independientemente de cómo cada uno luego pueda contribuir a él? No hablo de política, sino de futuro y de bienestar social.

A la importancia de tener un propósito colectivo claro en España no hace falta dedicarle mucha argumentación, porque hay algunas evidencias empíricas de que cuando nos hemos propuesto objetivos y retos conjuntos, como país y como sociedad, hemos sido capaces de alcanzarlos (transición pacífica a la democracia, AVE, Barcelona 92, despliegue 5G, …) y cargarnos de confianza. Y esto no pasa solo aquí, también en Francia, Alemania, Portugal o Irlanda.

Ahora que está de moda hablar del propósito de las organizaciones, de las empresas o de las administraciones públicas, es un buen momento para hablar y abordar el propósito de España. Un propósito con visión a largo plazo, aunque no tanto como 30 años. Porque es una forma eficaz de definir el por qué haces las cosas.

Con la pandemia hemos visto cambios radicales, y en un corto periodo de tiempo, en políticos, en intelectuales, en científicos y en la prensa, que nos generan una tremenda desconfianza en el futuro. Por eso, también, es importante conseguir un propósito común que aglutine las aspiraciones de la mayoría de los ciudadanos en España. Y muchos conciudadanos tienen ya serias dudas de que seamos capaces de dejar, a las siguientes generaciones, un país mejor del que nosotros encontramos.

La mayoría queremos una clase empresarial y política honesta que, de verdad, se ocupe y preocupe de los asuntos de los ciudadanos, y no solamente de sus accionistas o de sus partidos políticos. Queremos una mayor colaboración público-privada, porque vemos cómo se han complementado de bien esos dos ámbitos en sectores clave, como la sanidad y la educación. Queremos un país europeo que tenga, además de un poderoso sector turístico y un extraordinario sector agroalimentario, un sector industrial comprometido con la sociedad, que cree empleo y funcione como un buen ascensor social, comprometido con la sostenibilidad medioambiental para que sea limpio, y comprometido con la innovación para que sea competitivo. En Irlanda, más de un 35% del PIB proviene de la industria que, además, allí ocupa al 28% de la población activa y genera el 80% de las exportaciones. En Cataluña, una de nuestras áreas más industrializadas, estamos en algo menos del 18%, diez puntos por debajo de Alemania.

Nos falta innovación para anclar más población al territorio y evitar esa España vaciada. Nos hace falta innovación para no tener que competir en precios bajos, sino en más valor añadido para la comunidad, para la empresa y para el medioambiente. No tenemos suficiente innovación en el sector público y, por eso, seguimos sobrados de burocracia, incluso en formato digital.

Necesitamos aumentar considerablemente la financiación de la I+D+i, pública y privada, pero recordando que la innovación requiere ejecución y esta se basa en personas, sobre todo, y no solo en tecnología. Necesitamos que nuestras pymes crezcan en tamaño, que trabajen más colaborativamente y cerca de las universidades. Tenemos que conseguir más emprendimiento para renovar buena parte de nuestra estructura económica y para conseguir retener el mucho talento del que disponemos, joven o experimentado.

Somos un país con mucho talento, pero que no estamos trabajando juntos para un bien común superior, para un propósito. Tenemos una población mayor creciente, que por su nivel de educación y experiencia profesional (silvers), podría dar a España un tremendo empujón económico si sabemos aprovecharla adecuadamente. Además, disponemos de una generación joven que ha conseguido, por ejemplo, situar a España entre los mejores en la industria de los videojuegos. Pero que tiene, aproximadamente, un 40% de las personas menores de 25 años, en situación de trabajar, sin opción de integrarse en el mercado laboral.

Es verdad que acordar un propósito común en España es difícil porque, como dice D. Antonio Garrigues, tenemos una cultura de diálogo pobre, pero no es imposible. Quizás la clase política no esté a la altura de lo que pedimos los ciudadanos, pero la sociedad civil está deseando contribuir a acuerdos básicos para trabajar unidos en una misma dirección.

En cualquier caso, se lo debemos a las generaciones más jóvenes y a las que están por venir. Es nuestra responsabilidad. ¿Seremos capaces de definir a dónde queremos llevar a España en el futuro?

Ignacio Babé es director general y CEO del Club Excelencia en Gestión