Del experimento político a las soluciones de los problemas reales

Las elecciones celebradas ayer con carácter extraordinario en Castilla y León han modificado solo ligeramente el mapa político regional y por tanto tendrán una trascendencia limitada para la región. Sin embargo, como se trataba de una convocatoria bastante artificiosa, y pretendían tener un efecto secundario sobre el mapa político nacional, finalmente parece que lo tendrán, pero está por ver si en el sentido esperado por sus promotores. La victoria del PP (31 escaños, más dos) no es ninguna sorpresa en una región que acumula 35 años gobernada por la derecha; pero los recortados réditos obtenidos bien pudieran modificar la estrategia de la formación conservadora a nivel nacional, toda vez que la derecha radical de Vox (13 asientos) ha tomado un espacio creciente que le convierte en un actor inevitable para la gobernabilidad buscada por Pablo Casado.

 

De una forma u otra, la maniobra política ciertamente impostada de Casado utilizando a Mañueco, el candidato popular en la región, ha intensificado el riesgo que pretendía evitar: ni el Partido Socialista sale desplomado (sí derrotado con 28 procuradores, menos siete) ni Vox tiene una fuerza tan limitada que le impida poner condiciones en la gobernabilidad de la región y creer que podría repetir la jugada en unas hipotéticas elecciones nacionales si el bloque de la derecha lograse atrapar una mayoría suficiente. Una réplica política por parte de Andalucía que subiese el diapasón electoral tras el éxito del PP en Madrid y el proyectado en Castilla y León, que es como parecía estar diseñado, bien puede ahora depender más de Vox que del PP, y terminar beneficiando más al partido de Abascal que al de Casado.

Pero composiciones políticas aparte, ese cariz nacional que la convocatoria ha tenido desde el principio no debe hacer olvidar que Castilla y León tiene sus propios problemas por resolver, y que en buena medida tendrá que hacer el nuevo Gobierno. Es la primera víctima geográfica de la despoblación y hasta ahora desde una Administración y la otra solo se han oído buenas intenciones y ninguna solución. Para dejar de ser uno de los más vastos geriátricos de Europa, Castilla y León debe intensificar los polos industriales que tiene, que no son muchos, y proveerse de infraestructuras tecnológicas competitivas para ofrecer más medios de vida a sus jóvenes. Pero además de cuidar con vehemencia uno de sus tesoros económicos, cual es uno de los sistemas educativos más cualificados de Europa, debe afrontar el que ha aflorado en la disputa electoral como el más grave: la atención sanitaria en todo el territorio, y de la forma intensa que exige el disponer de una de las poblaciones más envejecidas y dispersas del país. Ser pocos, ser mayores y estar alejados no debe restar derechos: más bien lo contrario.