El trastorno de viralidad y el periodismo declarativo

La necesidad de políticos y medios por captar la atención contribuye a transformar la actualidad en un espectáculo banal

La valoración que los ciudadanos hacen de la labor que realizan políticos y periodistas se ha ido deteriorando progresivamente en los últimos años, según coinciden estudios como el Eurobarómetro, el informe anual de la APM o Metroscopia. La acción política moderna demanda una enorme exposición pública a través de los medios de comunicación y de las redes sociales, y para hacerse visible y viral en el universo de internet se está transformando la actualidad hasta convertirla en un espectáculo banal.

Cada día, una legión de políticos –­miembros del Gobierno central, autonómicos, municipales y sus correspondientes oposiciones– asalta los programas matinales de radios y televisiones con el propósito de crear la agenda del día con declaraciones (los hechos les parecen sobrevalorados).

Los medios prestan su espacio con entusiasmo a una fórmula barata y cómoda de rellenar programas, dando así rienda suelta al periodismo declarativo, cuya única ciencia es qué dosis repartes entre Gobierno y oposición y a cuántos periodistas llevas de un palo u otro para que hagan de sparring del político del día. Políticos y periodistas se convierten así en una especie de circo ambulante en el que domadores y acróbatas repiten a diario el mismo número en diferentes emisoras.

Las brillantes declaraciones evacuadas por el diputado de turno son recogidas inmediatamente por las agencias de noticias y de ahí saltan a los medios digitales, con sus correspondientes cortes de vídeos, que a su vez son subidos por unos y otros a las redes sociales, generando un sinfín de ruido vacío de contenido. Horas después arranca la segunda vuelta con declaraciones sobre las declaraciones. La cuestión es ocupar el espacio, generalmente para hablar mal del contrario, y captar la atención.

El episodio vivido esta semana con las declaraciones del ministro Alberto Garzón al periódico The Guardian puede ser un buen exponente. El 26 de diciembre, el diario británico más relevante en el espacio progresista publicaba una información con afirmaciones de Garzón, que pasaron desapercibidas durante casi diez días, hasta que el 4 de enero el PP empezó a moverlas por las redes.

Es difícil de entender qué interés puede tener el ministro de Consumo de España en salir en un periódico británico, más allá de nutrir su ego, y tampoco parece que tenga sentido que un miembro del Gobierno de España señale que la carne producida en macrogranjas intensivas de su país es de “poor quality” (mala calidad) y luego se exporta. Puede que Garzón esté en lo cierto con los peligros medioambientales de estas explotaciones, las de aquí y las de allá. Pero ¿es el ministro de Consumo la persona más adecuada para lanzar acusaciones sobre la calidad de un alimento sin ninguna argumentación? Es evidente que no, pero sus manifestaciones y reafirmaciones, así como la reacción de sus contrarios, forman parte de esa política espectáculo que busca que hablen de uno, aunque sea mal.

Más comprensible es la actuación de la oposición, que de repente vio un regalo de Reyes que ni siquiera había pedido. Miembros del PP y de otros partidos se lanzaron en tromba a rellenar todos los espacios posibles criticando al Gobierno, que al ser de coalición ni siquiera es capaz de tener una versión. Es curioso que Pedro Sánchez considere a Garzón “su ministro”, cuando ni siquiera pueda cesarlo, porque es cuota Podemos.

Se ve que los políticos, de uno y otro signo, están encantados con el espacio que los medios de comunicación les brindaban para regodearse con el enredo de Alberto Garzón. Lo importante es generar ruido, aunque deje atrapados a los ciudadanos, estupefactos como un hámster ante la rueda sin fin de declaraciones y contradeclaraciones.

Es lo que tiene el llamado periodismo declarativo, que cada vez ocupa más espacio. Hubo un tiempo en el que los medios de comunicación, especialmente la prensa escrita, marcaban la pauta. Las noticias que publicaban cada mañana, que normalmente respondían a hechos y rara vez a afirmaciones políticas, obligaban a unos y otros a tomar posición. Los periodistas se afanaban en buscar información y los políticos se sentían escrutados por los medios. Cada uno tenía su territorio y cada uno era responsable de lo que hacía y decía. Los primeros tenían que estar muy seguros de que las acusaciones que lanzaban eran ciertas y los segundos sabían que si se saltaba a la luz una escandalera, debían dejar el puesto. Hoy ya no es así.

Boris Johnson, por coger un ejemplo de fuera y no ofender al patio interno, ha llegado a ser primer ministro del Reino Unido pese a ser un periodista que inventaba noticias. Con esa trayectoria llegó a la política y hoy no debería sorprender que ni se sonroje cuando es reiteradamente pillado haciendo fiestas mientras confinaba a sus conciudadanos. La irrupción de internet y las redes sociales ha cambiado el paradigma. Los medios de comunicación ahora son parte de la industria de la creación de contenidos, cuyo propósito es atraer la atención del ciudadano para captar sus datos y venderles cualquier producto. Ya no compiten entre sí para levantar las mejores informaciones, no; compiten con grandes plataformas como Facebook, Youtube o Instagram en atraer parte de las horas que el ciudadano navega por el móvil, la tableta o el ordenador.

Los políticos y los medios son víctimas del trastorno de la viralidad. Los primeros para ganar encuestas y elecciones; los segundos para captar publicidad y hacer caja. Por eso la visibilidad ha hecho que algunos tertulianos se conviertan en políticos. Es el caso de Pablo Iglesias, en España, o Éric Zemmour en Francia. Ambos estudiaron la política como ciencia, los medios les dieron cátedra y se convirtieron en referentes, de extrema izquierda y de extrema derecha, respectivamente, aprovechando la fama ganada como tertulianos.

Volviendo a Garzón y las macrogranjas. Muy pocos medios se han esforzado en explicar analíticamente y con datos cuál es el problema de estas explotaciones y menos aún lo van a hacer los políticos. Todos saben que lo importante es que sea viral, no que sea verdad.

Aurelio Medel es Doctor en Ciencias de la Información. Profesor de la Universidad Complutense