Los inversores no están preparados para la crisis del carbono

A medida que se gasta el gas y el petróleo, cuesta más extraer lo que queda, así que hay que acelerar la transición

En los últimos 250 años, el uso abundante de carbón, y luego de petróleo y gas natural, ha impulsado la industrialización, y elevado el nivel de vida y el tamaño de la población. La reunión COP26 celebrada en Glasgow se centró en la contribución de los combustibles fósiles al calentamiento global. Incluso si el cambio climático no fuera una preo­cupación acuciante, el mundo tendría que adaptarse a quedarse sin petróleo y gas baratos. Puede que la transición sea inevitable, pero está destinada a ser perturbadora. Una cosa es cierta: el riesgo de la transición no se está valorando adecuadamente en los mercados.

 El uso de combustibles fósiles para generar energía está limitado por ciertas leyes físicas. Como señaló Ken­neth Boulding en su ensayo de 1973 La economía de la energía, la segunda ley de la termodinámica establece que la energía está cada vez menos disponible a medida que se usa. La ley de la conservación de la energía dice que no puede crearse ni destruirse. En un sistema cerrado como la Tierra, el suministro procedente de los combustibles fósiles debe agotarse gradualmente. Solo hay una cantidad limitada de lo que Boulding llamaba “sol embotellado” a la que recurrir.

Un estudio de científicos del Gobierno francés advierte de que la producción de crudo podría colapsar en solo 13 años. Louis Delannoy y sus colegas señalan que, a medida que se reduce la disponibilidad, hay que usar más energía para extraerlo. Antes de la crisis de los setenta, se necesitaba el equivalente energético de dos barriles para extraer 100. Ahora ha subido a más de 15 y crecerá a 25 en 2024, según Delannoy. O sea, un cuarto del suministro se gastará en la producción. Este “canibalismo energético” significa que quedará menos energía para otros fines. Dada la persistente dependencia del petróleo, el mundo se enfrenta a una posible “crisis del carbono”.

Delannoy sostiene que la humanidad debe acelerar la transición. Los costes de generar electricidad a partir de la energía solar y eólica se han desplomado en la última década, y en 2018 ya estaban por debajo de los del gas natural y el carbón. Pero, como demuestra la reciente minicrisis de Gran Bretaña, son intermitentes, y el suministro se vuelve inestable a medida que su cuota sube por encima de cierto nivel. El problema es que no hay una forma económica de almacenarla. Además, aunque el sol y el viento son fuentes potencialmente ilimitadas, la geografía y el clima son factores limitantes. La solar es más fiable y abundante en lugares como África y Oriente Próximo, lejos de los grandes mercados finales europeos.

Incluso si fuera posible generar suficiente energía alternativa, se necesitaría un estupendo suministro de materias primas. El Instituto Manhattan calcula que una sola batería de coche eléctrico requiere 230 toneladas de materiales como litio, cobalto, níquel, grafito y cobre. Hay más de 1.000 millones de coches, de los cuales solo una pequeña parte funciona con electricidad. Alimentarlos con baterías eléctricas consumiría casi la mitad de las reservas conocidas de níquel y litio del mundo, según el Servicio Geológico de Finlandia. Y tendrían que cambiarse cada pocos años.

Los geólogos fineses concluyen que las expectativas de sustituir los sistemas industriales y de transporte alimentados por hidrocarburos no son rea­listas. “El sistema se construyó con el apoyo de la fuente de energía de mayor densidad calórica que el mundo ha conocido (el petróleo), en cantidades abundantes y baratas, con crédito fácilmente disponible y recursos minerales aparentemente ilimitados. La sustitución tiene que hacerse con una energía comparativamente muy cara, un sistema financiero frágil y saturado de deuda, minerales insuficientes y una población mundial sin precedentes, incrustada en un entorno natural en deterioro. Lo más difícil de todo es que hay que hacerlo en pocas décadas”.

Hasta ahora, el debate sobre los activos varados que deja tirados la transición se ha centrado en las inversiones petroleras y mineras. Pero es un enfoque demasiado limitado, afirma Will Thomson, de Massif Capital. “Centrarse solo en las industrias extractivas da una imagen engañosa del valor total de los activos reales en riesgo en la descarbonización”. Entre los activos de larga duración en peligro están los químicos y sus derivados, los productos no metálicos y la industria de la construcción. También están en riesgo muchos activos financieros, incluida la deuda empresarial.

¿Qué deben hacer los inversores? Invertir en firmas con buenas notas ambientales no salvará el mundo. Los índices ASG de MSCI, tal y como están constituidos, se inclinan por compañías, como Apple y Microsoft, que tienen bajas emisiones, pero no hacen mucho para ayudar a la transición, dice Thomson. Además, las notas ASG son retrospectivas. Los inversores deberían estar atentos a las empresas industriales que están cambiando sus procesos, aunque tengan una baja nota. Thomson cita la siderúrgica sueca SSAB, que se centra en producir acero sin carbono, y HeidelbergCement, que usa tecnología de captura de carbono.

Joseph Schumpeter creía que las depresiones las causa la llegada de nuevas tecnologías que perturban las líneas de rentabilidad existentes. La transición verde es más ambiciosa y perturbadora que todo lo que se ha intentado en la historia del capitalismo. A medida que la economía se aleje de los combustibles fósiles, los mercados se volverán extraordinariamente volátiles. Las acciones de EE UU que cotizan a valoraciones altísimas y que tienen cantidades récord de deuda parecen especialmente vulnerables.

Para abandonar la adicción a los combustibles fósiles, como debe hacer la humanidad, y mantener al tiempo un alto nivel de vida, se necesitan desesperadamente nuevas tecnologías: baterías que consuman menos y con mayor capacidad de almacenamiento y fuentes de energía más eficientes y de bajas emisiones. Pero la próxima generación de centrales nucleares a pequeña escala no operará hasta dentro de unos años. Y pese a los avances, la fusión nuclear no estará lista en una década. Los inversores deben prepararse para un viaje difícil.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías