‘Arrivederci’ Alitalia, no se te echará de menos

Uno de los motivos de su final es el éxito del tren Roma-Milán, la única vaca lechera entre las rutas de la compañía

Panel informativo en el aeropuerto de Roma.
Panel informativo en el aeropuerto de Roma.

El domingo 10 por la noche, en un taxi en Roma, decidí facturar para mi vuelo de vuelta a Zúrich a la mañana siguiente. Extrañamente, la aplicación de Alitalia no mostraba ninguna reserva próxima. Entonces recordé un correo electrónico no especialmente urgente de Alitalia de un par de días antes. Buscando en mi bandeja de entrada, lo encontré bajo el asunto: “Sobre su referencia de reserva”.

Pues bien, sobre esa referencia de reserva: era una nota que confirmaba que mi vuelo del lunes 11 a las 8:45 de la mañana saldría, um, el domingo. No al día siguiente.

Así que perdónenme por no derramar una lágrima el jueves, cuando Alitalia voló su última ruta después de 74 años, con un vuelo de Cagliari (Cerdeña) a Roma. No estoy solo en este sentimiento. Hay demasiados italianos, patriotas por lo demás, que me dicen que arden en deseos de que la compañía desaparezca, para ser sustituida por otra más pequeña llamada Italia Trasporto Aereo (ITA). Una antigua autoridad del Gobierno la calificó de “vergüenza nacional”. Otra: “¿No puede Lufthansa hacerse ahora cargo de ellos?”

Desde luego, ha sido un vergonzoso lastre para los contribuyentes, los acreedores y los numerosos socios internacionales, como Etihad Airways, Delta Air Lines y Air France-KLM, que invirtieron en uno de los muchos rescates de la compañía. Solo desde 2017 la factura asciende a 8.000 millones de dólares (6.900 millones de euros), según un estudio del Instituto Bruno Leoni, un think tank, publicado este año. Los 3.500 millones de euros que Roma arrojó a Alitalia en la pandemia —unos 300.000 por empleado— fueron el doble de su apoyo a las escuelas italianas.

No hay una razón única para el fracaso de Alitalia. En la lista de daños autoinfligidos figuran la mala gestión y una relación generalmente tóxica con los trabajadores, que a su vez organizan huelgas periódicas como la del lunes, que llevó a Alitalia a anticipar mi vuelo un día. Eso explica también la degradación del nivel del servicio. ¿Cómo es posible que la aerolínea nacional de Italia, que posiblemente alberga la mejor cocina del mundo, sirva una pasta inferior a la de Cathay Pacific?

Sin embargo, el lado positivo es que la desaparición de Alitalia refleja un enorme éxito de infraestructuras. El trayecto en tren de alta velocidad entre las capitales políticas y financieras Roma y Milán dura ahora solo tres horas, lo que ha dejado obsoleta la ruta aérea, que era la única vaca lechera de Alitalia. No había forma de que pudiera llenar el vacío financiero con vuelos a destinos más lejanos, como Cerdeña, Sicilia o Trieste.

Para destinos internacionales como Fráncfort y Londres, favoritos de los profesionales agnósticos en cuanto a precios, Alitalia se enfrentaba a la feroz competencia de rivales más fiables como Deutsche Lufthansa y British Airways. Mientras, los italianos preocupados por el presupuesto que buscan escapadas de fin de semana o de vacaciones optaban por easyJet y Ryanair, que ahora es la mayor compañía aérea de Italia.

El desplazamiento de los pasajeros hacia el ferrocarril puede celebrarse como un inusual triunfo de la planificación central. Además de ser más cómodos y, por lo general, más baratos, los trenes son aptos para una economía baja en carbono: un viaje en tren de Milán a Roma produce 25 kilos de carbono, frente a los 113 kilos de un vuelo, según EcoPassenger. No es de extrañar que una de las razones más citadas para el eterno fracaso político en la aceleración del popular corredor Boston-Nueva York-Washington de Amtrak sea la feroz presión de las compañías aéreas.

En ese sentido, es positivo que Ferrovie dello Stato, propiedad del Gobierno, se impusiera a las fuerzas que rodean a Alitalia, una empresa que cotiza en Bolsa hace una década. Irónicamente, Ferrovie estuvo a punto de quedarse con una importante participación en la aerolínea como parte de una reestructuración más reciente de Alitalia, que finalmente fue abortada.

De las cenizas de la compañía surgirá una aerolínea más pequeña y libre de deudas, que se espera que esté más preparada para sus objetivos. Sus 50 aviones servirán a menos destinos, 44, y crecerán a partir de ahí con la demanda. Solo ocupará la mitad de las franjas horarias (slots) de Alitalia en Roma-Fiumicino, y el 85% en Milán-Linate. Pero hay algunos malos presagios: los auxiliares de vuelo seguirán llevando los uniformes de Alitalia, descendientes de los que en su día diseñó Giorgio Armani. El viaje inaugural fue el viernes: de Roma a Milán, la ruta consumida por los ferrocarriles.

¿Y mi vuelo a Zúrich? Bueno, los operadores de Alitalia no llegaron a coger el teléfono. No tras una hora de espera. Ni siquiera en su número de Estados Unidos. Podría haberlo intentado de nuevo el martes, después de que la aerolínea –que canceló más de 100 vuelos el lunes– saliera de su huelga. ¿Probar suerte con un último viaje de Alitalia? No. Swiss, de ida, por nada más y nada menos que 232 euros: el precio de la mala competencia. La próxima vez, cogeré el tren.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías