No es el fin del capitalismo en China

Sorprende que algunos descubran ahora que las inversiones en el país deben ser acordes con los planes de Pekín

Como inversor en China desde hace largo tiempo, me resulta particularmente interesante analizar las últimas medidas normativas del gigante asiático en los sectores de la educación y la tecnología, y cómo las mejores empresas podrán adaptarse a estos cambios. El endurecimiento de las medidas en el lucrativo sector educativo privado y el aumento de la presión contra varios pesos pesados del sector tecnológico, a los que pidió que rectifiquen prácticas toleradas hasta entonces, han alterado los mercados financieros en los últimos meses. La narrativa en torno a estos cambios regulatorios ha sido bastante extrema por parte de algunos círculos y, aunque no pueden descartarse del todo esas preocupaciones, creo que es importante verlas con perspectiva. ¿Estamos hablando del fin del capitalismo en China? De ninguna manera…

El sector privado es un potente motor de crecimiento en la economía china; de hecho, es responsable del 80 % de los nuevos empleos; si se ejerce demasiada presión sobre los empresarios, estos abandonarán el país, generando un importante problema de fuga de capitales. El Partido Comunista de China (PCCh), que gobierna el país, es consciente de la importancia de mejorar las condiciones de vida y de que el capitalismo de Estado es la mejor forma de conseguirlo.

Por eso, en el año en que se conmemoran los 100 años del partido, estamos asistiendo a un cambio de tono del gobierno de Pekín. El PCCh ha anunciado la consecución de su objetivo de eliminación de la pobreza y un cambio de paradigma, que pasa del crecimiento a cualquier precio al crecimiento con resultados sostenibles y, lo que es aún más importante, al crecimiento socialmente inclusivo. Además, China está centrada en mejorar la seguridad de su economía nacional, especialmente en el marco de la guerra comercial con Estados Unidos.

Lo cierto es que los ciclos normativos que estamos viendo no son nada nuevo. Las restricciones impuestas a las empresas de educación privada que tanto han preocupado al mercado pueden ser distintas, pero el presidente Xi declaró ya hace años que no le gusta la presencia de capital privado en este sector. El motivo: entra en conflicto con los objetivos del Estado, como son la mejora de la tasa de natalidad (China está pagando ahora por mantener la política de un solo hijo durante demasiado tiempo) y la igualdad social, ya que se ha extendido la idea de que la gente puede comprar su camino hacia un mejor resultado para sus hijos a través de la enseñanza privada. Esta percepción de que existe la posibilidad de prosperar gracias a la educación privada no es de su agrado.

Por otro lado, el endurecimiento de la legislación dirigida a las grandes empresas tecnológicas se ha centrado en la protección de la privacidad de los datos personales, en la línea con la normativa RGDP con la que estamos más familiarizados, que impide que las personas tengan que ceder todos sus datos personales cuando se inscriben en ciertos servicios online, como es el caso de la aplicación de transporte Didi. Las empresas han innovado, evolucionado y transformado el mercado mucho más rápido de lo que lo ha hecho la regulación, por lo que era inevitable –e, incluso, deseable– que esta se pusiera al día. En este sentido, la actualización de la normativa en torno a cuestiones como el código laboral y el refuerzo de las leyes antimonopolio –que pretenden abordar muchas de las mismas cuestiones con las que están lidiando los gobiernos occidentales, por ejemplo, el estatus laboral de los trabajadores de la gig economy empleados por empresas como Uber, Deliveroo y otras– va en la línea correcta.

No obstante, en el mercado existe sin lugar a duda cierto temor relacionado con qué sectores de la economía pueden ser las siguientes en el punto de mira de la regulación (véanse los comentarios sobre el juego online como opio espiritual). La regulación del juego ya era mucho más estricta en China que en Occidente, y aun así medidas como los controles de identidad y toques de queda, o algunas acciones recientes de Tencent, por ejemplo, sobre la introducción de técnicas de reconocimiento facial, muestran que están tratando no solo de asegurarse de que están aplicando adecuadamente las normas que ya existen, sino de adelantarse a la regulación. Este es un ejemplo de lo adaptables que pueden ser algunas de las compañías a la hora de reaccionar con agilidad ante un mayor escrutinio normativo.

Cabe además señalar que los casos de Covid en China están aumentando, especialmente debido a la variante delta. A pesar de que el confinamiento fue leve y que el plan de vacunación está dando buenos resultados, hay una gran parte de la población aún no vacunada. Si esta variante se propaga por el país, hay posibilidades de que las políticas regulatorias no sean tan estrictas.

China seguirá siendo una fuente clave de oportunidades de inversión en nuestra estrategia, pero es indudable que la tasa de descuento en el país tiene que aumentar dada esta imprevisibilidad regulatoria. Conviene además recordar que las inversiones en China deben ser acordes con los planes del Gobierno, incluidos sus objetivos a cinco años y sus ambiciones sociales más amplias. Esto es algo que siempre hemos sabido y tenido en cuenta, y me sorprende que algunos inversores lo estén descubriendo ahora, pero es un recordatorio útil de que quien invierta en este mercado de manera diferente lo hace bajo su propia responsabilidad.

Nick Payne es director de estrategia en los mercados emergentes globales de Jupiter AM

Nick Payne, director de estrategia en los mercados emergentes globales, Jupiter AM