La integración en la región euromediterránea

El comercio, las finanzas, las infraestructuras, la circulación de personas y la educación son las áreas clave

¿En qué debemos centrar nuestros esfuerzos para salir de la peor parte de la crisis que ha creado el Covid-19? Los planes de recuperación tras la pandemia se están acelerando y la frase reconstruir mejor ya es una expresión muy utilizada. Para evitar que se convierta en un mero eslogan, debemos tener claro lo que se esconde tras estas palabras.

El fuerte control que el virus ha ejercido sobre nuestros movimientos y sobre la economía nos debe hacer reflexionar. La lucha global contra el Covid-19 ha puesto de manifiesto las limitaciones de la comunidad internacional para coordinar una respuesta global a algunas de las otras crisis y retos a los que nos enfrentamos en la actualidad. Las cadenas de suministro que anteriormente se habían impulsado han sido incapaces de adaptarse a las restricciones. La dependencia de fuentes de producción lejanas nos ha hecho vulnerables a la escasez y no nos permite responder en consecuencia. La migración circular de la que se nutren algunas industrias prácticamente se detuvo durante la pandemia.

Nuestra organización lleva mucho tiempo defendiendo la necesidad de potenciar la cooperación y la integración regional en el Mediterráneo, tal y como se detalla en la hoja de ruta adoptada en 2017. En este sentido, seguimos trabajando junto a la OCDE para abordar la integración de una forma holística centrándonos en cinco ámbitos estratégicos que son el comercio, las finanzas, las infraestructuras, la circulación de personas y la investigación y enseñanza superior. Para lograrlo, medimos constantemente los progresos y avances en la región euromediterránea mediante indicadores claros que puedan ser supervisados en el tiempo y, sobre todo, tratamos de dar facilidades a todos los Estados Miembros mediante recomendaciones políticas para cada uno de esos ámbitos. La buena noticia es que la integración ha avanzado en la región. Sin embargo, si se profundiza un poco más, la verdad es que el progreso ha sido lento y sigue estando por debajo de su potencial en términos de capacidades y recursos.

La integración desigual entre las subregiones, y dentro de ellas, ayuda a explicar este retraso. La Unión Europea sigue siendo responsable de más del 95% de las exportaciones internas de mercancías de la región y del 93% de las externas. En la mayoría de los intercambios financieros de la región participa al menos un Estado miembro de la UE, y la mayor parte de la cooperación científica de la región se caracteriza por las interacciones norte-sur, con algunas excepciones sur-sur.

En la década de los 90 y a principios de los 2000, los acuerdos comerciales en la región euromediterránea tenían quizás un alcance demasiado limitado y carecían de la convicción que ahora impulsa nuestras ambiciones para conseguir un desarrollo sostenible en nuestras comunidades. Se centraban principalmente en la reducción de los aranceles existentes en el comercio de productos manufacturados, mientras que no abarcaban el comercio de servicios. Se trata de una oportunidad perdida, ya que el comercio de servicios representa a día de hoy el 25% de los flujos comerciales mundiales.

Otros dos retos importantes para la integración regional son las inadecuadas infraestructuras de transporte y conectividad energética, así como la falta de una visión común sobre la movilidad humana como motor de innovación y crecimiento en la región. De hecho, el Banco Mundial estimó en 2020 que entre los próximos cinco y diez años la región MENA necesitará una inversión superior al 7% de su PIB anual en el mantenimiento y la creación de infraestructuras; mientras que las plantas de energía solar de la región podrían generar 100 veces el consumo de electricidad de la región MENA y de Europa juntos. Aunque se han hecho algunos progresos para facilitar la movilidad humana, una mayor cooperación, como la flexibilización de los requisitos de visado, podría permitir a los países aprovechar plenamente el potencial de las diferentes formas de movilidad, como el turismo, los intercambios de estudiantes e investigadores, la migración económica de jóvenes y profesionales cualificados, y el comercio de servicios.

Además de estas prioridades, no debemos olvidar la importancia de la digitalización y las oportunidades que ofrece para la cooperación regional. La transformación digital está cambiando la producción global, el comercio y la inversión extranjera, y ofrece más formas de colaborar y participar virtualmente en la ciencia y la educación. La digitalización puede utilizarse para reducir el coste de las remesas –una parte importante del PIB en muchas economías del sur y el este del Mediterráneo–, así como para mejorar el comercio electrónico. En 2017, los estudios señalaron que solo el 8% de las pymes de la región MENA tenían presencia online y solo el 1,5% de los negocios minoristas de la región estaban digitalizados.

Mientras nos recuperamos, debemos aprovechar la oportunidad para crear nuevas sociedades inclusivas que garanticen que los jóvenes y las mujeres pueden desarrollar su potencial como agentes de desarrollo y como contribuyentes a la economía de la región en su conjunto. La integración regional es de interés para todos y, para ver un cambio significativo, debemos empezar a mostrar lo que realmente queremos decir con reconstruir mejor. Como siempre, nosotros creemos que una cooperación cada vez más comprometida es el único camino a seguir.

Nasser Kamel es Secretario general de la Unión por el Mediterráneo