Las consecuencias de abandonar Afganistán

Tiene sentido político y militar para EE UU, pues quiere centrarse en vencer a China, pero eso no es consuelo para las mujeres afganas

America es un país que ha vivido más años en guerra que en paz desde su fundación. En el siglo XX y XXI, entre otras, Primera y Segunda Guerra Mundial, Corea y Vietnam en el contexto de la Guerra Fría, invasiones de Granada y Panamá, Guerra del Golfo en Irak, intervenciones en Somalia y los Balcanes y, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Afganistán e Irak. EE UU vive hoy una Segunda Guerra Fría contra otra potencia comunista, China, sobre la que el presidente Biden ha formulado su propia doctrina, como con la Unión Soviética hicieron sus predecesores Truman (“containment”), Eisenhower y Kennedy (“efecto dominó” en Asia), etc.

Los militares que, como Colin Powell (vencedor de la Primera Guerra de Irak) lucharon en Vietnam, formularon la doctrina militar denominada overwhelming power: America solo debía ir a la Guerra cuando la superioridad norteamericana en militares, tecnología, armas, fuera abrumadora. Por eso, Powell se quedó boquiabierto, siendo secretario de Estado con George Bush, al escuchar al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, diciendo que “uno va a la Guerra con lo que tiene”.

Evidentemente, Rumsfeld no se había curtido en la jungla de Vietnam, como Powell, y pensaba que la mera superioridad tecnológica de EE UU bastaba para, con 100.000 militares, ganar al mismo tiempo las guerras de Irak y Afganistán. Rumsfeld se equivocaba y, primero Bush en 2007 y Obama, en 2009, tuvieron que enviar más militares a Irak y Afganistán, respectivamente.

La presencia militar norteamericana en ambos países ha durado veinte años. Biden retiró las últimas tropas de combate a mediados de agosto de 2021. Previamente, Biden había establecido paralelismos con Vietnam, que se han vuelto contra él: “Kabul no será otro Saigón”, pero el mundo ha visto en televisión que sí lo han sido: un helicóptero sobre la embajada de EE UU en Kabul (misma imagen en 1975, en Saigón); miles de afganos huyendo de talibanes e intentando subir a los aviones americanos, como los vietnamitas del Sur huían del Vietcong y el NVA (North Vietnamese Army): un millón de vietnamitas del Sur fueron asesinados por el Norte.

Christiane Amanpour, periodista de CNN especializada en relaciones internacionales, preguntó el día 16 a un “portavoz de los talibanes” si era cierto que iban con listados de colaboradores del régimen de Kabul y de EE UU, casa por casa, ametrallándolos, a hombres y mujeres. El talibán, desde su lujoso apartamento de Doha (Qatar), lo negó, pero Amanpour le mostró imágenes que dejaban en evidencia al mentiroso talibán. Este aseguró a la periodista que, con ellos de nuevo en el poder (ya gobernaron con terror de 1996 a 2001), “las niñas irían al colegio, las mujeres podrían trabajar y no habría represalias contra los afganos colaboracionistas”. De nuevo, Amanpour puso en evidencia al opulento talibán que, o mentía o no se entera de lo que pasa en Afganistán. Amanpour pareciere creer lo primero, porque las imágenes de CNN mostraban niñas vapuleadas, mujeres apedreadas y hombres ametrallados.

Biden, en su justificación de la salida de Afganistán, acertó en una cosa: nadie esperaba que los talibanes ocuparan el pais entero en días. Fallo imperdonable de las agencias de inteligencia estadounidense: la CIA se enteró por CNN de la caída del Muro de Berlín...; aún así, el 15 de julio Biden decía que America podía abandonar Afganistán “porque el ejército afgano tiene 300.000 militares con el mejor armamento (norteamericano) y los talibanes no son el NVA” (de nuevo, Vietnam: cierto, el NVA eran aficionados comparados con los talibanes y los 300.000 militares afganos abandonaron armas y uniformes, huyendo para estar con sus familias, sabiendo lo que les espera. Los talibanes no han vuelto para instaurar la democracia occidental contra la que llevan décadas luchando.

Biden culpó al Gobierno afgano de “corrupto y cobarde” y aunque asumió el peso de su decisión, realmente culpó a sus predecesores. A Trump por firmar en enero de 2020 el acuerdo de paz con los talibanes, que Biden se ha limitado, dijo, a implementar; a Obama: “Porque siendo vicepresidente me opuse al envío de más tropas en diciembre de 2009”, cuando Barack anunció en West Point que “Afganistán es una guerra de necesidad” y enviaría 30.000 marines. ¿Biden se opuso a aquella decisión acertada de Obama? Ahora nos enteramos todos, de manera poco elegante, por parte de Biden.

Y está Bush, de quien dice Biden: “Fijó los objetivos que ya hemos cumplido: capturar a Bin Laden y evitar que Afganistán, el cementerio de los imperios, volviera a ser refugio de Al Qaeda”. Desde ese punto de vista, Biden tiene razón al afirmar que “cumplidos esos objetivos hubiera dado igual irnos hace cinco años que dentro de quince”. Con un matiz importante, por mucho que Biden se pregunte: “¿Por qué vamos a luchar nosotros una guerra que los lafganos no quieren luchar?”. En 20 años, una generación de afganos, especialmente mujeres, han vivido bajo la promesa americana de un mundo mejor. La democracia afgana era imperfecta y ha durado lo mismo que la presencia militar norteamericana. Que China y Rusia reconozcan el Gobierno talibán como legítimo (¿les ha votado o elegido alguien?) es mala noticia.

Económica y militarmente la decisión de Biden tiene sentido para EE UU: Biden quiere centrarse en vencer a China.

No será consuelo, sin embargo, para niñas y mujeres afganas que verán morir sus ilusiones, sueños y libertad.

Jorge Díaz Cardiel es socio director de Advice Strategic Consultants. Autor de ‘El New Deal de Biden-Harris: nueva política económica para el siglo XXI’