La acción del BCE rompe el peligroso bucle entre deuda pública y bancos

Meter en la ecuación la cartera de las entidades solo sería un elemento adicional de inestabilidad

Muchas cosas han cambiado entre las dos crisis financieras que hemos sufrido en los últimos 15 años. Particularmente, la respuesta de las administraciones en la zona euro; al ser la crisis pandémica un elemento exógeno, las autoridades del Viejo Continente la han afrontado con el pragmatismo que precisan estas situaciones, no con lecciones morales. Así, las compras del BCE han absorbido las ingentes cantidades de deuda emitidas por los Estados para sostener las economías mientras los ciudadanos nos quedábamos en casa. Una acción que tendrá, como todas en economía, efectos secundarios no deseados, pero que ha sido clave para evitar que a la catástrofe sanitaria se sume una económica y social.

En el plano bancario, con este movimiento se ha esquivado uno de los grandes quebraderos de cabeza de la anterior crisis: el bucle diabólico entre deuda pública y bancos. Entonces, la desconfianza de los inversores provocaba que solo los bancos domésticos estuviesen dispuestos a comprar deuda de los países castigados. Esta era la vía de apoyo indirecto del BCE bajo el mandato de Trichet: prestaba dinero barato a los bancos (los famosos LTRO) y estos compraban deuda.

Pero esta mecánica acababa por atar a Estados y bancos en un bucle de desconfianza, al ser los Estados los garantes últimos de la estabilidad de los bancos, pero siendo los bancos los financiadores de los Estados. Ya no es así. Los bancos han descargado sus balances. Concretamente, han pasado de tener 170.000 millones de deuda pública española a apenas un 162.000 un año después, según el Tesoro. En la contraparte aparece el BCE: el Banco de España (que, siendo parte del Eurosistema, es el tenedor oficial de la deuda) ha pasado de 243.000 a 340.000.

Además, en una derivada positiva, la caída a plomo de las rentabilidades ha generado plusvalías latentes en esta cartera de deuda pública. Revalorizaciones que suponen un colchón financiero y contable para las entidades financieras, que tienen la opción de compensar parte de los saneamientos forzados por la pandemia con ganancias en el mercado.

Si ya es complicada la relación del banco central con los Estados en una unión monetaria aún por cerrar, meter en la ecuación la cartera de los bancos solo puede ser un elemento adicional de inestabilidad que, por suerte, está ahora conjurado. Especialmente cuando el efecto de la política monetaria en los márgenes es (además del cambio tecnológico) el principal quebradero de cabeza de un sector que, pese a todo, está volviendo a pagar dividendo.