El deporte como inversión y como industria

El negocio quizá es ese lado inevitable que lo hace posible, pero la transparencia y la seguridad jurídica deben ser radicales

Alguien ha preguntado, no sin cierta dosis de ironía o retranca: ¿cuánto nos cuesta cada una de las medallas conseguidas por los atletas españoles en Tokio? La pregunta encierra en sí misma múltiples aristas, no sin un cierto desdén, a nuestro juicio, al tesón, el esfuerzo, renuncia y sacrificio de cada atleta. ¿Se puede medir la rentabilidad de un país por las medallas obtenidas? O acaso todo en el deporte ha de analizarse hoy, prisioneros del dataísmo y el big data conforme a inversiones y algoritmos? Que el deporte es un negocio quizá sea cierto, pero para algunos. Que la industria del deporte mueve miles de millones también, pero no todos los deportes. Como tampoco todo son medallas de oro, ni de plata o bronce que lauree el esfuerzo titánico de muchos durante muchos años. Aunque estos parece que no interesan. Pronto salimos como en la vieja Roma a sus generales victoriosos a laurear y homenajear al que gana. El olvido para el resto. Aunque el esfuerzo y el sacrificio no haya sido precisamente menor.

Vienen al hilo estos interrogantes a propósito de algunos deportes, sobre todo el fútbol y en otro plano la Fórmula Uno y las cifras astronómicas que mueven y la entrada de fondos de inversión en ambos o en los canales oficiales y oficiosos a través de los cuales se desarrollan. En España tras la noticia sobreexagerada y sobredimensionada sin creces de la marcha de uno de los mejores futbolistas de la historia y del presente, saltan a la luz en buena parte de sus aristas los entramados económicos del fútbol, los clubes, LaLiga, las Federaciones, los derechos audiovisuales y un largo etcétera. Amén del endeudamiento multimillonario en algunos casos de algún club y el recuerdo de la más de veintena de concursos de acreedores que entre clubes de fútbol de primera y segunda división (en plural) ha habido en los últimos años.

Más allá del tópico recurrente y sambenitiano de los negocios que se hacían o no en algunos palcos y la nómina de personajes del mundo económico, político, social, etcétera, que han desfilado por palcos presidenciales y privados ayer y siempre, hoy y mañana, la industria del deporte es un target apetecible para invertir. Sobre todo, alguna, como los dos deportes o ámbitos reseñados antes: aunque algunos cuestionen que uno de los dos lo fuere, suscitan unas expectativas y derechos audiovisuales de una magnitud colosal y millonarias audiencias televisivas y en las redes.

A los fondos no les interesa todo deporte, sino algún deporte en particular. Deportes de masas, de ídolos, de fortísimos anclajes en lo mediático de un lado y en la rentabilidad inmediata y sobrevaloración de activos de otro. El hecho ahora mismo es que un fondo de inversión británico esté interesado por poco más de un 10% del capital de laLiga ha disparado todo tipo de conjeturas, rumores, pero en mayor medida intereses, vistas las enormes distancias que hay entre unos clubes de fútbol y otros. Mas ¿se puede hablar de que se corre el riesgo de mercantilizar el deporte o acaso este ya está mercantilizado desde hace tiempo?

Deudas, inversiones, rentabilidades, derechos accionariales y de voto, venta de paquetes de acciones, amortizaciones, prendas de créditos futuros por los derechos audiovisuales que genera el espectáculo en sí, y un largo etcétera, amén de la revalorización y el marketing social y de masas que mueven algunos, muy pocos, deportistas que son auténticos pero efímeros, en el fondo ídolos de masas y al mismo tiempo de consumo, son un negocio y un nicho de mercado sumamente atractivo para algunos fondos de inversión donde las rentabilidades están aseguradas cuando no duplicadas gracias al social media.

Los suculentos ingresos que el audiovisual en todas y cualquiera de sus manifestaciones genera es una tarta a la que difícilmente se puede renunciar y máxime ante una juventud que cada vez está más estudiada y sicoanalizada en sus comportamientos, hábitos, costumbres, redes sociales y el mayor o menor interés que tienen hacia algunos deportes o incluso el deporte en general; eso está azuzando el apetito acelerado en algunos en concreto.

¿Acaso no se manejan ya datos sobre qué consumen o qué interesa a los adolescentes y jóvenes a través de las redes?, ¿es el fútbol, el baloncesto, la Fórmula Uno, el rugby, el voleibol, etc.? ¿O son otras cosas? Curiosamente algunos de los deportes que acabo de mencionar son en los que han invertido o se han interesado fondos de inversión en el último lustro. Deportes que en función del país o región son hegemónicos y arrastran el interés y la atención del público en general, aunque este no sea precisamente el más joven ya. ¿Cuánto interés y seguimiento han despertado estos últimos Juegos Olímpicos y cuánto consumo de televisión o en los medios verdaderamente ha despertado? ¿Han necesitado incluso de alguna noticia que ha sido un shock, como el estrés emocional que ha sufrido o experimentado una gimnasta en particular para abrir medios y televisiones a nivel mundial?

A ello unamos que como consecuencia del Covid probablemente sean deficitarios, y no pocas pólizas de seguro de pérdidas de beneficios perfectamente modeladas a los pronunciamientos judiciales que ha habido en el último año, como la sentencia del Tribunal de Comercio de París de mayo de 2020 o la más reciente de la Corte de Londres a través de la consulta de la FCA, el organismo de supervisión de seguros británico, han desembolsado cifras impensables hasta hace bien poco en concepto de siniestro.

El deporte es inversión, humana, económica, social, a veces incluso política para sistemas alejados de democracias puras. Pero es, sobre todo, esfuerzo, sacrificio, disfrute, ocio, reto, superación y punto de unión. La industria quizá es ese lado ine­vitable que al final lo tiene que hacer posible, pero donde la transparencia y la seguridad jurídica deben ser radicales.

Abel Veiga es profesor y decano de la Facultad de Derecho de Comillas Icade