Sostenibilidad social: obras son amores

Tiene que sustentarse en una mejor distribución del valor añadido que crean las empresas y administraciones

Si el primer artículo de la serie lo dedicamos a presentar desde una perspectiva general la sostenibilidad planetaria, este segundo tiene su centro de gravedad en la sostenibilidad social. Igual que es evidente que necesitamos que los ecosistemas terrestres y marinos sigan en equilibrio, también que el delicado ecosistema que formamos el conjunto de los seres humanos funcione de manera razonablemente sostenible.

Lo cierto es que tenemos bastante trabajo por delante en este apartado: si repasamos los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, encontramos que 14 de ellos tienen como meta avanzar en el mejor reparto de la riqueza entre las personas, y solo 3 se dedican al cuidado del planeta (Acción por el Clima, Vida Submarina y Vida de los Ecosistemas Terrestres).

Podríamos centrarnos en este artículo en la parte de estos retos que tiene que ver con un reparto más equilibrado entre las diferentes regiones del planeta, pero hemos preferido hacerlo en una dimensión que nos toca más de cerca. Porque el Estado del bienestar que ha venido manteniendo equilibrios sociables razonables desde mediados del siglo pasado se enfrenta a retos de sostenibilidad sin precedentes.

No solo es el sistema de pensiones. Es también el sistema de salud, y el sistema de protección social (el gasto médico, el gasto de atención a las personas dependientes, se multiplica proporcionalmente al número de personas de edad avanzada). Y es también el reto de la falta de buenos empleos y salarios dignos, con sus implicaciones para la vida digna de las personas afectadas y para la sostenibilidad social del sistema de mercado.

Desde esta perspectiva, la sostenibilidad social no puede basarse exclusivamente en la redistribución (es decir, en las subidas de impuestos y el aumento de gasto social). Tiene que sustentarse en una mejor distribución del valor añadido que crean las empresas y administraciones entre todos los actores que intervienen en su creación.

¿Es sostenible que las grandes empresas, que deberían dejar un ejemplo de liderazgo ante este reto, acometan ajustes históricos de plantilla centrados en las personas de más de 50 años? ¿Qué posibilidad real de encontrar un nuevo empleo tienen estas personas?

No decimos que la solución sea sencilla. Las olas de transformación digital van a cambiar la esencia de miles de puestos de trabajo, y no resulta fácil que las personas de cierta edad se adapten a estos cambios. Pero si las empresas no asumen como reto mantener empleos que permitan a las personas mantenerse activas más allá de los 60 años, darles la formación que precisen, ¿quién lo hará? 

Es solo un ejemplo; hay muchas otras dimensiones de la sostenibilidad social, y hay otros muchos agentes económicos implicados.

Esto no es nuevo. Hace ya más de dos décadas que términos como Responsabilidad Social Empresarial (RSE) o Responsabilidad Social Corporativa (RSC) se han instalado en los modelos de gestión. Se elaboran memorias anuales, se proponen formas de contabilizar el impacto social, se conceden premios…

Ahora la terminología ha cambiado: se habla de sostenibilidad, de Agenda 2030, de ESG, pero el reto sigue siendo el mismo. Y sería una pena que las empresas acaben asumiendo que se trata de modas a las que hay que responder con maquillaje y algo de presupuesto asignado a una dirección de staff que se encargue de publicar memorias y organizar algunas acciones de formación para la plantilla.

En realidad, se trata de un profundo cambio cultural. Cuando a un enfermo se le diagnostica un cáncer, no se le recetan productos de maquillaje para que las personas que le rodean no aprecien el avance de su dolencia. Se aborda un tratamiento muchas veces duro y prolongado, que el paciente ha de afrontar con perseverancia, asumiendo su alto coste. Lo afronta con determinación porque entiende que es vital para su supervivencia.

Algo así necesitamos que hagan los agentes económicos. Es preciso asumir que debemos afrontar profundas transformaciones, y que no bastará con dejar esta tarea a las Administraciones Públicas.
En la asignatura de Gestión del Cambio, una de las primeras lecciones que se enseñan es que cambiar siempre es difícil. No es sencillo que una persona cambie: todos tenemos la experiencia del reto que supone modificar una rutina a la que estamos acostumbrados. Es mucho más difícil cambiar una organización, la inercia de los grupos de personas crece exponencialmente con el tamaño. Es preciso cambiar la cultura, los procesos, los sistemas… Muchas veces, es preciso un relevo en el equipo que asume la responsabilidad de liderar.

Las señales, los pequeños cambios, sin duda tienen valor. Pero sería un profundo error pensar que con maquillaje vamos a curar una enfermedad que amenaza gravemente los pactos que soportan nuestra convivencia. Es preciso afrontar este reto de sostenibilidad social con energía y determinación, convertirlo en la columna vertebral del proyecto empresarial. Propuestas como los programas de empleo garantizado, en los que la administración crea empleos para todos aquellos que quieran trabajar y no lo puedan hacer en el sector privado, deberán cómo mínimo examinarse y adaptarse a nuestra realidad.

No es un problema solo de España, afecta a todos los países avanzados. Pero, tanto por nuestro perfil demográfico como por nuestro alto nivel de endeudamiento público estamos en la primera línea de esta batalla. Nos corresponde, por tanto, ser ejemplo de superación, como otras veces hemos sido ya.

Cuando hablamos de sostenibilidad social, debemos tener en cuenta esta doble dimensión, la que viene del sistema de bienestar y la que viene del sistema económico. Los defensores del sistema de mercado no pueden olvidar que lo que legitima este sistema, su núcleo moral, es su capacidad para ofrecer oportunidades para todos. Si falla en este objetivo, la sostenibilidad social del sistema se debilita.

Grupo de reflexión de Ametic