Intransigencia y candado en Cuba

¿Qué ha dejado el régimen de los Castro? Nada más que miseria moral, humana y social. Nada puede justificar seis décadas de dictadura

¿Cuánto tiempo puede vivir una sociedad amordazada herméticamente? ¿Cuánto tiempo resiste la lógica perversa que encierra cualesquier y todo totalitarismo? Aplastar la libertad, la esperanza, las ilusiones de una sociedad y un pueblo dura unos años, se impone por dos vías, la fuerza y el miedo. En el caso de Cuba dura décadas. Muchas. Y la historia no absolverá ni a la dictadura ni al dictador. Fidel Castro llenó como nadie la historia de las últimas cuatro décadas del siglo XX. Castro murió en la misma fecha en que se cumplían seis décadas en las que a bordo de un pequeño yate, el Gramma, inició la aventura o la odisea que le llevaría al poder y a la isla a vivir en un perenne paréntesis de revolución, de marxismo aterciopelado por los militares, de castrismo propio, y de mucha miseria, falta de libertad y un silencio agónico.

Ninguno de los Castro está hoy en el poder, y Canel urge su vía específica sin tutelas ni protecciones. Pero sigue anclado de momento a la ortodoxia poco displicente del régimen y a los eslóganes trasnochados de la revolución que no conducen ya a ningún otro lugar más que a un divorcio cada vez más evidente con los jóvenes, cansados de ausencia de libertades, de soflamas contrarrevolucionarias, de ser como sus padres, chivos expiatorios de una mentalidad pseudo-colonialista que ya no conduce a ningún lugar salvo al aislamiento y la condena social de un pueblo encarcelado.

Nunca como hasta ahora la sensación de asfixia se ha agudizado tanto como al mismo tiempo que todo puede cambiar. La patada en la puerta del cascarón. La patada sobre las enormes diferencias entre la gerontocracia militar y del partido que controla el país y lo que viven y malviven cientos de miles de cubanos entre retóricas envenenadas de un triunfalismo vacuo, de una vieja disputa a patria o muerte con Estados Unidos, la patada de un malestar donde la sociedad vigilada no tiene esperanza. El estado vigilante y un partido comunista intransigente han aplastado con bota soviética cualquier disidencia, toda divergencia al discurso maquetado. Lo han hecho a lo largo de décadas, entrenando conciencias, educando oídos, corrigiendo comportamientos, silenciando las voces disconformes. Incluso las de primera hora revolucionarias. Lo hacen ahora sin sonrojo y con total impunidad llamando o calificando incluso de “revolucionarios cubanos confundidos” a quién sale a la calle reclamando sus derechos, derechos robados y secuestrados en décadas y lo llevan a cabo con un apagón informativo absoluto.

De nuevo los viejos demonios rebotan en España en modo de trifulca política y arma arrojadiza. La siempre acomplejada España en cuanto se habla de Cuba como si esta fuera una parte de nosotros mismos que nunca aceptamos perder y que hemos permitido y bendecido con nuestro silencio atronador toda ocurrencia y desplante de la dictadura.

Cuantas mentiras y manipulaciones será capaz de aguantar una sociedad hasta decir basta, muerta ya cualquier ideología es un interrogante no resuelto de momento. ¿Qué queda en la Cuba de los Castro? Nada, más que miseria moral, humana y social. El empujón final hacia un socialismo a la cubana que ha sumido al país en la pobreza económica total. Les ha privado de libertad, de todo atisbo de libertad y dignidad a un precio demasiado alto. Mirando la vista atrás, ningún logro puede justificar seis décadas de dictadura. Férrea, implacable, hermética. Silencio y mordaza, tortura y cárcel para los disidentes. Ya no se les asesina o fusila como al principio. Es la herencia. Una herencia negativa. Vacía y estéril por desgracia.

Nada se puede reformar si es irreformable. Hay que extirparlo, arrancarlo, abandonarlo. Meros maquillajes de un congreso tras otro del Partido Comunista, único en la isla, gobernado y regido por los gerontócratas que permanecen y no fueron apartados por los dos déspotas. Cuba pervivirá a los Castro, sí, pero nadie sabe cuánto tiempo. Las calles se llenan. Se pierde el miedo. Los aires de cambio han llegado. Y lo han hecho a través de las redes. Viajar a Cuba en los últimos años era ver agolpados a decenas y centenares de jóvenes en los aledaños de cualquier ministerio o edificio público para buscar cobertura, redes hacia la libertad y leer otras informaciones.

Pero no nos dejemos engañar. En Cuba, de momento, nada ha cambiado. Aunque soplen brisas y rumores de alivio y algunos cantos de sirena las próximas semanas aventurarán el futuro de la isla. Un futuro que pasa por las dos islas, la caribeña y la de florida. La de necesaria reconciliación en base a la democracia y el respeto a los derechos humanos. Después de seis décadas ya no es admisible ni la excusa del embargo, terrible por cierto, ni las aspiraciones de revoluciones que han fracasado y lo saben hasta los propios dirigentes. Quién está atrapado y por quién y por qué es otro interrogante. La economía es un desastre, y no solo por culpa del embargo y los mitos de la educación y la sanidad con la crisis del Covid han puesto demasiadas evidencias encima del enrevesado tablero político y social.

 Abel Veiga es profesor y decano de la Facultad de Derecho de Comillas ICADE