Los riesgos de regular la jubilación con la palanca de los incentivos

En España, por la naturaleza de su mercado de trabajo, se produce una expulsión temprana de los trabajadores de más edad, como demuestra el rosario recurrente de ERE

Todo mediano conocedor del funcionamiento de la economía sabe que el papel de los incentivos y desincentivos es clave en la toma de decisiones racionales y que, por tanto, tienen una responsabilidad muy significativa en el funcionamiento de los mercados, tanto financieros como de bienes, servicios y factores. Siguiendo ese razonamiento, los gestores políticos de la Seguridad Social han diseñado un mecanismo de incentivos y desincentivos sobre el que pivotará la regulación de la jubilación para tratar de mantener el mayor tiempo posible a la gente en el mercado laboral, y el menor tiempo posible en el colectivo de los pasivos. De otra forma: se pretende sin ejecutar cambios legales en la edad de jubilación, atrasar cuanto se pueda la edad real del retiro, puesto que el retardo en la jubilación es la palanca financiera más eficiente para estabilizar las cuentas de la Seguridad Social.

El Gobierno, la patronal y los sindicatos firmaron ayer el primer gran acuerdo de pensiones desde hace varios años con esa capital finalidad, además de establecer un mecanismo estable de revisión de las cuantías anuales de las prestaciones, fijar una fórmula de aplicación indolora para que los autónomos coticen por sus ingresos reales, y comprometerse a buscar mecanismos que refuercen la solvencia del sistema público de retiro tras derogar el facto de sostenibilidad firmado en 2013 y que ligaba las primeras pensiones futuras a la evolución esperada de la esperanza de vida.

Pero no hay seguridad alguna de que el doble juego de los incentivos retrase realmente la jubilación real y alivie los problemas financieros futuros, ya que los actuales se han aliviado pasándole la carga a las arcas de Hacienda en una cantidad no menor de los 18.000 millones de euros anuales cuando culmine la legislatura. En primer lugar, porque tal mecanismo ya existía, aunque carecía de la potencia que se le quiere imprimir ahora, además de estar poco publicitado. Pero fundamentalmente porque la Seguridad Social funciona como un reflejo del mercado de trabajo, que acoge más temprano y a más gente cuando se producen crisis severas de actividad, y que retarda el retiro cuando la economía tiene un desempeño boyante.

Y en España por la naturaleza de su mercado de trabajo se produce una expulsión temprana de los trabajadores de más edad, como demuestra el rosario recurrente de expedientes de regulación en sectores como la banca, el comercio o las telecomunicaciones. Si la Seguridad Social ha funcionado como refugio de los expulsados del mercado por las condiciones de competitividad de las empresas, a partir de ahora lo será menos, pero no por ello las empresas buscarán alternativas a la acelerada rotación generacional que han impuesto en sus plantillas.