La desaparición de Blockbuster tuvo muchos culpables

Netflix fue clave, pero hicieron falta varias malas decisiones y la crisis financiera mundial para cerrar su ataúd

Antigua tienda de Blockbuster en Broomfield (afueras de Denver, Colorado).
Antigua tienda de Blockbuster en Broomfield (afueras de Denver, Colorado). reuters

A principios de los años 2000, Reed Hastings y su socio viajaron a la sede de Block­buster en Dallas. El fundador de Netflix trató de proponer al gigante del alquiler de vídeos un acuerdo para comprar su incipiente empresa de DVD por correo por 50 millones de dólares. Blockbuster se negó. Dos décadas después, Netflix, ahora un gigante del vídeo en streaming valorado en cientos de miles de millones de dólares, ha emitido un documental sobre la caída de su otrora deseado pretendiente. El schadenfreude [alegría por la desgracia ajena] es cinematográfico. Aunque Netflix contribuyó a la muerte de Blockbuster, su desaparición tiene muchos culpables.

El último Blockbuster (The Last Blockbuster) examina cómo se hundió la otrora poderosa empresa, a través de los ojos de su encantadora protagonista, Sandi Harding. Ella es la guardiana de la última tienda Block­buster del título de la película en Bend, Oregón. Aunque el documental incluye muchos detalles financieros, nunca se queda estancado en ellos. Mientras tanto, un elenco de personajes extraños y actores de segunda fila, entre los que se encuentran el director de la película Clerks, Kevin Smith, e Ione Sky, objeto de la serenata con el radiocasete de John Cusack en la comedia romántica de 1989 Un gran amor (Say Anything...), completan la historia con sus reflexiones sobre la vida antes de la televisión a la carta.

Harding, que empezó a trabajar en Blockbuster en 2004, cuando la cadena contaba con unas 9.000 tiendas y 60.000 empleados, es conocida como la “madre Blockbuster” porque ha dado trabajo a muchos adolescentes de Bend. Ella se vuelca en mantener vivo el sueño del alquiler de vídeos. Es una tienda congelada en el tiempo: las alegres, esquemáticas y brillantes luces azules y amarillas, los expositores de caramelos y palomitas, los sistemas informáticos que funcionan con disquetes y los estantes y estantes de DVD. Su devoción por el negocio es tan feroz que teje gorros con los colores de Blockbuster para venderlos a los clientes que acuden de todo el mundo en busca de un poco de nostalgia.

El documental intercala los esfuerzos de Harding por conservar los derechos del nombre Blockbuster –que actualmente son propiedad del proveedor de televisión de pago Dish Network, de Charlie Ergen– con detalles de la historia de la empresa. El imperio del alquiler de vídeos lo fundó a mediados de la década de los ochenta un ingeniero de software especializado en petróleo y gas con sede en Texas que desarrolló una ingeniosa base de datos para llevar la cuenta de los títulos de las películas, lo que le permitió ofrecer a los consumidores una mayor selección. El concepto de un lugar de alquiler de vídeos limpio y familiar fue un éxito rotundo. Blockbuster llegó a abrir una nueva tienda cada 17 horas.

La empresa llamó la atención del magnate Sumner Redstone, que estaba inmerso en una épica lucha por la adquisición del estudio cinematográfico Paramount con su rival Barry Diller. En un movimiento sorpresa, Viacom, de Redstone, y Blockbuster acordaron en 1994 una fusión de 8.400 millones de dólares. Blockbuster se convirtió en la hucha de la compañía de medios, ya que Redstone recurrió a sus flujos de efectivo para endulzar su oferta por Paramount. Aunque Redstone se hizo con el estudio, los motivos para poseer una cadena de tiendas acabaron en fiasco.

Varias decisiones corporativas desastrosas se sumaron a la fuga de efectivo. Para competir mejor con el recién llegado Netflix, Blockbuster decidió gastar 400 millones de dólares para eliminar los cargos por retraso en los alquileres y crear una presencia online. Su inventario de DVD disminuyó porque los clientes ya no tenían incentivo para devolver las películas. Finalmente, Viacom disgregó Blockbuster después de cargarlo con casi 1.000 millones de dólares de deuda. Las acciones cayeron. El inversor activista Carl Icahn inició una distrayente lucha de poder.

Cuando Netflix lanzó su servicio de streaming en 2007, los ingresos de la cadena de alquiler, de 5.000 millones de dólares, seguían siendo más de 4 veces superiores a los de su advenedizo rival. Pero como explica Tom Casey, antiguo ejecutivo de Blockbuster, la crisis financiera marcó el principio del fin. El negocio de alquiler de la empresa se enfrentó a la feroz competencia de minoristas como Walmart y Target, que vendían DVD cada vez más baratos. Con los mercados de capitales congelados a principios de 2009, la deuda de 780 millones de Blockbuster resultó fatal. Un año después se declaró en quiebra.

El ascenso de Netflix empujó a Blockbuster hacia la tumba. Pero, como muestra El último Blockbuster, hicieron falta asaltantes corporativos, una serie de malas decisiones y un pánico financiero mundial para cerrar su ataúd.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías