Impuestos, estado del bienestar y corrupción corporativa

Las grandes tecnológicas son las ganadoras de la globalización: escasa legislación, elusión fiscal y abuso de datos

El establecimiento de un impuesto de sociedades mínimo en los más de 130 países que integran la OCDE será, como diría Neil Amstrong, “un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”. Para ello, los ministros de Finanzas y Economía del G-7 deben alcanzar un acuerdo en la reunión que tienen hoy y mañana en Londres. La competencia fiscal desatada por países como Irlanda o Países Bajos ha convertido a estos estados en una suerte de paraísos fiscales, cuyo fin está más cerca que nunca gracias al impulso del presidente de EE UU, Joe Biden.

El líder del Partido Demócrata ha sabido detectar el momento y Bruselas se ha sumado de manera entusiasta, lo que hace prever que la implantación de un impuesto de sociedades mínimo del 15% para las multinacionales va a salir adelante. Es un tipo bajo, Irlanda ya lo tiene en el 12,5%, pero se podrá consensuar su alza si es necesario, al margen de que cada país pueda establecer el suyo, como ya sucede. En España el gravamen general es el 25%, por encima están bancos y petroleras, que soportan un 30%.

La pandemia del coronavirus está resultando la gran coartada para avances que no se vieron en otras crisis, como es el establecimiento de una fiscalidad mínima global o el cambio de actitud de Europa. En esta ocasión, la UE ha reaccionado poniendo encima de la mesa el dinero necesario y levantando los límites al déficit público y al endeudamiento hasta 2023, además de permitir al BCE insuflar liquidez sin límite a los gobiernos.

Es un planteamiento que enlaza con el que tuvieron EEUU y Reino Unido en la crisis de 2008 y una autocrítica a la gestión de la Europa del euro, que desde Bruselas (CE) y Fráncfort (BCE) se dedicaron a perseguir hasta el exceso a los más débiles, como Grecia. Entonces, el empeño era buscar culpables (los PIGS, Portugal, Italia, Grecia y España) a los que imponer una dura penitencia. Ahora, el foco es salir cuanto antes de este shock, sin reparar en gasto. Por eso, hasta los países más calvinistas se han mostrado dispuestos a dar dinero a los católicos y manirrotos del sur. Quizás no sea casualidad que la reforma global del impuesto de sociedades la haya lanzado el segundo presidente católico de la historia de EEUU, el otro fue John F. Kennedy.

Eso sí, la generosidad de los estados con sus ciudadanos y empresas, que en España se cifra en 45.000 millones de gasto público adicional y 25.000 millones de ingresos menos por el Covid-19 en 2020, hay que pagarla. Ahora, lo urgente es la reactivación económica, después vendrá recuperar los límites al déficit y deuda pública, para lo que es necesario tener en 2023 lista la máquina recaudatoria con tipos más altos.

En este contexto, las grandes tecnológicas se han convertido en las grandes beneficiarias de la pandemia, puesto que eran las que estaban más que preparadas para hacer negocios con la población confinada. Olé por su capacidad de innovar, pero va siendo hora de que pasen por caja, como todos. La pandemia brinda la oportunidad de meter en cintura a estas empresas jóvenes y poderosas, como Google, Apple, Facebook o Amazon, las denominadas GAFA, o a sus gemelas chinas, que gracias a su innovación han desarrollado modelos de negocio de éxito que les permiten ganancias que ya alcanzan decenas de miles de millones, pero no en buena lid.

Estas multinacionales han pillado desprevenidos a reguladores y supervisores, que o no saben cómo meterles mano, o bien están sobrecogidos ante su poderío. Además, han tenido la habilidad de generar un marketing cínico encomiable. Google, por ejemplo, ha apuntillado la ruina de la prensa escrita y luego se ofrece como colaborador necesario en su salvación, como deja claro un informe de la fundación alemana Otto Brenner, que da cuenta del dinero que ha distribuido entre los medios, hasta ser la primera fuente de algunos periódicos digitales. Primero te cortan el oxígeno y luego te hacen dependiente de su respirador.

La desaparición y sustitución de unos modelos de negocio por otros, forma parte de la historia de la humanidad y es aplicable a la selección de las especies, sean seres vivos o entes empresariales. Pero hay unas mínimas reglas de juego. Cuando el transporte de tracción motora sustituyó al de tiro animal, el camión no quedó exento del impuesto que pagaba el carruaje. Con los GAFA, en la práctica, sí. Si comprabas un CD en El Corte Inglés, la discográfica y el almacén pagaban el correspondiente impuesto de sociedades en España. Hoy te suscribes a Apple Music y la cuota mensual viaja cuasi íntegra a las cuentas de Apple, tras una excursión de papel por diversos países. Ha desaparecido un modelo de negocio y con él la recaudación, pero se sigue vendiendo música.

“Si no se pone freno a la planificación fiscal agresiva de las multinacionales y a la competencia entre países, las consecuencias serán desgarradoras”, señalaba a El País Grabriel Zucman, director de European Tax Observatory, organismo promovido por la Comisión Europea y perteneciente a la Paris School of Economics.

El desagarro viene porque no hay encaje posible entre la elusión fiscal de estas multinacionales y las mayores necesidades de recaudación de los estados para atender las urgencias de sus ciudadanos, como se ha visto durante la pandemia, o un estado del bienestar razonable. El comercio electrónico facilita el acceso a los productos, pero vamos mal si de camino sirve para precarizar el empleo y evitar pagar impuestos. A esto se le llama nueva economía cuando debería denominarse corrupción corporativa y estar penado. Ánimo al G-7, querer es poder.

Aurelio Medel es Doctor en Ciencias de la Información. Profesor de la Universidad Complutense