Productividad y capital humano, claves en la pospandemia

Hay ciertas competencias relacionadas con la atención en las clases o la retroalimentación social que solo se desarrollan en la formación presencial

En la actual coyuntura, resulta evidente que la pandemia ha acelerado algunos de los procesos de cambio que ya venían experimentado las sociedades y, por supuesto, también las economías. Probablemente, la tendencia más obvia es la de la utilización forzada de las nuevas tecnologías en nuestro día a día laboral, modalidad esta que, muy probablemente, se convertirá en habitual en el mundo posterior a la pandemia. A priori, este incremento del uso intensivo en tecnologías debería conllevar un aumento de la productividad de los factores. Sin embargo, han de considerarse también, en aras de alcanzar unas conclusiones más certeras, los efectos a largo plazo que, sobre la misma, ha provocado el confinamiento mundial.

En realidad, el aumento de la productividad es la clave para el crecimiento a largo plazo de cualquier economía, motivo por el cual debería tener un papel mucho más destacado que el actual en el debate público. Gracias a ella, los factores productivos pueden ver acrecentada su retribución, al ser capaces de generar más output (bienes finales) con la misma cantidad de inputs (recursos y materias primas), o bien la misma cantidad de output utilizando una cantidad menor de inputs. Justamente por ello, los cambios de paradigma tecnológicos suponen transformaciones revolucionarias en los sistemas económicos.

Sin embargo, hemos de ser conscientes del auténtico reto que, dadas las circunstancias, supondrá incrementar la productividad del capital humano en las próximas décadas. Según datos del Banco Mundial, el cierre de las escuelas durante el confinamiento podría suponer una pérdida, a largo plazo, de hasta el 25% del PIB mundial, con importantes diferencias entre los países que recurrieron a la educación en línea como alternativa y aquellos que carecían de la necesaria infraestructura digital. De hecho, la propia Unesco ha afirmado que hasta el 90% de los niños y jóvenes de todo el mundo vieron interrumpido su natural proceso de aprendizaje.

Esas proyecciones pueden ser incluso peores si incorporamos al análisis el capital humano que se está instruyendo en las universidades ya que, si bien la formación online ha ejercido de sucedáneo obligado, existen ciertas habilidades y competencias, así como destrezas cognitivas relacionadas con la atención y rendimiento en las clases, o la propia retroalimentación de los alumnos con el profesor y el resto de los compañeros, cuyo desarrollo es exclusivo de la formación presencial.

Sobre el impacto de este déficit educativo ha alertado también la OCDE, cuyas estimaciones (basadas, a su vez, en la investigación de los economistas Eric Hanushek y Ludger Woessman) alertan de un posible descenso medio del PIB del 1,5% durante todo lo que resta de siglo XXI.

Ante esta eventualidad, los Gobiernos de todo el mundo deberían evitar la tentación de reducir las partidas presupuestarias destinadas a educación y a investigación básica en el mundo pospandémico, ya que solamente con una formación sólida y de calidad podremos hacer frente a las nefastas previsiones de los organismos internacionales. Por supuesto, la inversión en nuevas tecnologías debe cumplir un papel esencial en el desarrollo económico futuro, pero sería un error confundir instrumentos con objetivos. De hecho, en los círculos educativos está muy extendida la certeza de que las generaciones actuales son las mejor preparadas porque son capaces de manejar hábilmente las nuevas tecnologías y de comunicarse en diferentes idiomas. Sin embargo, esta premisa incide tan solo en los medios a su alcance para lograr fines concretos ya que, sin una enseñanza verdaderamente inmersiva que fomente la crítica constructiva y juiciosa, el dominio del inglés solo servirá para que las infames fake news alcancen a un público más numeroso al evitar la barrera de la lengua y ser propagadas por las redes sociales.

Además, el aumento de productividad que experimenta el capital humano cualificado repercute en el llamado “círculo virtuoso” de la economía: una productividad mayor redundará en unos salarios también mayores que permiten superiores niveles de consumo. Estos, a su vez, incrementarán la demanda agregada y, por tanto, el PIB a corto plazo, generando mayores niveles de ahorro y propiciando una mayor capacidad de inversión en políticas que incrementen, de nuevo, la productividad y los salarios, volviendo a comenzar todo el proceso. Igualmente, los aumentos de productividad generarán incrementos de la oferta agregada que, por su parte, conllevarán tasas de desempleo menores y crecimientos moderados de la inflación.

Así, los esfuerzos de cualquier política económica deberían centrarse en aquellas acciones que generen un impacto positivo sobre la productividad (es decir, inversiones en infraestructuras, en I+D, en sanidad, etc.), sabedores de que la piedra angular de todo sistema económico es la inversión en educación. De hecho, el propio Adam Smith, considerado unánimemente como el padre fundador que elevó el estudio de la economía al estatus de disciplina científica, ya afirmaba que el activo más importante del que dispone cualquier nación es, precisamente, su capital humano. Y es que, en ocasiones, basta con volver a los orígenes para desempolvar algunas de las grandes lecciones que nos legaron los autores clásicos.

En resumen, gracias a la productividad podemos obtener resultados tan sorprendentes que casi podrían parecer trucos de magia. Por ejemplo, un empresario puede incrementar el sueldo de sus empleados sin que ello le suponga un aumento de los costes de producción ya que, si la productividad del trabajador ha aumentado por encima de lo que se incrementó su salario, el coste de la mano de obra en términos reales no solo no aumentará, sino que, incluso, decrecerá. La cuadratura del círculo será necesaria para afrontar los desafíos del mundo global pospandémico pero, gracias a la productividad, es posible ejecutarla. Ahora, más que nunca, deberíamos aprovechar este inestimable regalo que la ciencia económica nos brinda.

José Manuel Muñoz Puigcerver es profesor de Economía Internacional en la Universidad Nebrija