La caída de Woodford es otro elemento a favor de la gestión pasiva

El final de los planes de pensiones de empresa y una regulación débil dejaron expuestos a los ahorradores

El gestor de fondos Neil Woodford.
El gestor de fondos Neil Woodford. reuters

Neil Woodford se creía la respuesta británica a Warren Buffett. Ese ego ayudó a que el gestor de fondos se convirtiera en uno de los selectores de acciones más conocidos del país, pero también provocó su espectacular caída en 2019. Un nuevo libro muestra cómo los cambios en el sistema de planes de pensiones del Reino Unido, combinados con una regulación débil, dejaron expuestos a los ahorradores británicos.

Built on a Lie: The Rise and Fall of Neil Woodford and the Fate of Middle England’s Money (Construido sobre una mentira: el ascenso de Neil Woodford y el destino del dinero de la clase media inglesa), de Owen Walker, traza el ascenso del gestor de activos desde sus orígenes relativamente humildes en un pueblo de las afueras de Londres. Debe su fama a dos grandes apuestas. En el boom de internet de finales de los noventa, evitó las tecnológicas porque no entendía sus estratosféricas valoraciones. Cuando la burbuja estalló, su fondo High Income obtuvo resultados superiores. Años más tarde, hizo un llamamiento similar para evitar las acciones bancarias, antes de la crisis financiera.

Estos éxitos hicieron que los inversores le confiaran su dinero. Los honorarios le permitieron abrazar un estilo de vida lujoso, comprando una mansión que fue propiedad del magnate de la Fórmula 1 Flavio Briatore. También le animó a dejar Invesco Perpetual, una de las casas de inversión más conocidas de Gran Bretaña, y crear su propia empresa.

Los inversores que lo seguían con avidez sabían poco de los riesgos que corría con su dinero. Esta vulnerabilidad fue el resultado de los cambios radicales en el mercado de pensiones británico. Walker, periodista del FT, explica cómo el cierre de los planes de pensiones de empresa basados en el salario final obligó a los ahorradores a gestionar sus propias pensiones. Enfrentados a miles de productos, dependían de asesores financieros, muchos de los cuales eran leales a Wood­ford, así como de las listas de “mejores compras” de grupos como Hargreaves Lansdown. El gestor de patrimonios de 7.000 millones de libras apoyó a Woodford hasta el final.

La estrategia de Woodford Investment Management, que en su punto álgido supervisaba 18.000 millones de libras, consistía en invertir en no cotizadas de mayor riesgo, junto con grandes participaciones en empresas de primer orden que pagaban dividendos, como Imperial Brands. Pero firmas aparentemente sólidas como Provident Financial, el prestamista a domicilio que en su día estuvo en el FTSE 100, decepcionaron. Para cuando se suspendió el fondo Equity Income de Woodford en 2019, solo 19 de las 72 empresas que poseía tres años antes mostraban una rentabilidad positiva.

La falta de liquidez de los fondos de Woodford aceleró su desaparición. Cuando el Consejo del Condado de Kent, uno de sus fieles clientes, retiró su inversión de 263 millones de libras, Woodford no tenía efectivo para satisfacer la demanda. Mientras que los ahorradores creían tener acceso instantáneo a su dinero, sus participaciones no cotizadas eran difíciles de vender, y sus posiciones en cotizadas habían crecido tanto que no podían liquidarse sin hundir aún más el precio.

Este defecto, que va mucho más allá de Woodford, es la mentira del título del libro. Cuando en una comparecencia parlamentaria preguntaron al exgobernador del Banco de Inglaterra Mark Carney por la implosión, explicó que el problema podría ser sistémico para gran parte del sector de la gestión de activos.

Walker considera que los reguladores comparten parte de la culpa. La Autoridad de Conducta Financiera autorizó la nueva empresa de Woodford en tiempo récord, pese a que se enfrentaba a una investigación abierta sobre sus operaciones en Invesco. El regulador también le permitió utilizar la empresa de externalización Capita Asset Services como una especie de regulador externo, o Authorised Corporate Director, pese a que el gestor era además el mayor accionista de la matriz del proveedor.

Los controles y equilibrios internos también fallaron. Woodford planeó invertir 250 millones de dólares en la firma estadounidense de biociencia Evofem, pese a que solo se había reunido dos veces en Londres con un ejecutivo de la empresa. Cuando Equity Income estuvo a punto de superar el límite del 10% de activos invertidos en no cotizadas, presionó a algunas de esas empresas para que emitieran sus acciones en la opaca Bolsa de Guernsey.

La desaparición de Woodford también es otro clavo en el ataúd de la gestión activa. El crecimiento de los baratos fondos indexados ha presionado a los gestores activos para que demuestren que pueden añadir valor. Sus exitosas apuestas a la contra parecían justificar unas comisiones más altas. Pero a sus clientes les hubiera ido mucho mejor si hubieran confiado sus fondos de pensiones a un producto indexado.

Walker yuxtapone el estilo de vida de los gestores con los pensionistas cuyo dinero manejan. Woodford se gastó casi 14.000 millones de libras en un retiro de 400 hectáreas en los montes Cotswold y probó un Ferrari en la pista privada del fabricante. Mientras, la dueña de un bed and breakfast de 67 años perdió una parte de sus ahorros y tiene que seguir trabajando.

Pero Woodford no parece pensar que no hay remedio. En febrero reveló sus planes de lanzar un nuevo fondo en Jersey, gestionando únicamente dinero institucional. Pero con los resultados de una revisión de la FCA sobre sus fallos aún sin publicar, parece poco probable que vuelva a la carga. Lo mejor que puede esperar es que los inversores y los reguladores aprendan las lecciones de sus fallos.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías