Cambio de rol en la banca: de la Gran Recesión al Covid-19

A diferencia de lo ocurrido en 2008, el sistema financiero no es ni la causa ni el epicentro de la crisis actual. Representa más bien la solución

En todas las crisis económicas que se han sucedido a lo largo de la historia reciente, el sector bancario siempre ha jugado un papel notable. Si bien en la crisis financiera de 2008 y en la posterior crisis del euro, este se situó en el centro del huracán junto con otros sectores, desatándose una crisis de liquidez sin precedentes que llegó incluso a retar el alcance de las políticas monetarias convencionales, ante el estallido de la crisis del Covid-19, las políticas monetarias y fiscales expansivas implementadas por las autoridades se articulan, en gran medida, a través del sistema bancario. Es por ello que la eclosión de la actual crisis pandémica sitúa al sector bancario como uno de los protagonistas para facilitar la recuperación, brindándole la oportunidad de rescatar la caída en su reputación sufrida en la crisis anterior.

El sistema bancario juega un papel fundamental en el devenir de una economía en tanto que permite que el ahorro de los agentes excedentarios de fondos y la liquidez inyectada por las autoridades monetarias fluyan hacia los agentes deficitarios de fondos. Por ese motivo, las políticas monetarias que tradicionalmente utilizan los bancos centrales para controlar la cantidad de dinero en circulación (las conocidas como “políticas monetarias convencionales”, como son las operaciones de mercado abierto y el coeficiente mínimo de reservas), necesitan articularse a través de dicho sistema. Como consecuencia, ante el advenimiento de una nueva crisis económica, el rol del sistema bancario vuelve a ser clave. Y los dos episodios de crisis más recientes que han azotado la economía europea y española (la crisis financiera de 2008 seguida de la crisis del euro, y la actual crisis del Covid-19) han presenciado dos versiones radicalmente opuestas del papel del sistema bancario.

Por un lado, en la Gran Recesión y posterior crisis del euro, a menudo se carga de responsabilidad al sistema financiero, la excesiva desregulación y la elevada concesión de crédito subprime como responsables del estallido de la crisis, todo ello acompañado de complejos procesos de titulizaciones (especialmente de hipotecas de bajo rating crediticio) que dificultaban la percepción adecuada del riesgo que se estaba asumiendo. A la postre, tras el estallido de la crisis, la ruptura del mercado interbancario acompañada de un credit crunch exacerbó aún más la recesión impidiendo que la liquidez fluyese, a pesar de la acusada bajada de tipos de interés y del coeficiente mínimo de reservas por parte del BCE, hacia hogares y empresas. Es por ello que esta crisis acrecentó la creatividad de las autoridades monetarias para intentar contrarrestar los efectos sobre el sector privado, hasta el punto de trazar políticas que permitieron dotar de liquidez a la economía en un volumen sin precedentes (los famosos programas de compra de activos). Como consecuencia, estos episodios se saldaron con un sistema bancario responsabilizado de la crisis económica, con muy poca capacidad de hacerle frente y con una reputación deteriorada.

Sin embargo, llega marzo de 2020 y saltan las alarmas. En el mundo globalizado, la primera crisis económica causada por una crisis sanitaria es inminente. No obstante, los bancos encaran esta nueva crisis con niveles de solvencia muy superiores que en la crisis anterior y se evidencia su papel fundamental como facilitadores de la recuperación. Buena parte de las políticas de estímulo que han tomado de manera ágil las autoridades, tanto fiscales como monetarias, deben articularse a través del sistema bancario. Ejemplos de estas son los famosos programas de avales o el programa TLTRO III del BCE, en las que el correcto funcionamiento del mercado interbancario resulta esencial para su exitosa implementación, que tienen como objetivo abastecer de liquidez a familias y empresas no financieras. Además, parece claro que en la canalización del Plan de recuperación para Europa (denominado Next Generation European Union, NGEU por sus siglas en inglés) el papel de la banca resultará fundamental para abastecer a aquellas empresas y sectores destinatarios de estos fondos.

Los bancos centrales han respondido a las crisis con oleadas de medidas orientadas a mantener la liquidez de los mercados y el funcionamiento del sistema bancario. Por el momento, la liquidez ha fluido de manera importante a hogares y empresas, la prima de riesgo no se ha acercado a los niveles de la crisis del euro y la tasa de paro se mantiene por debajo del máximo alcanzado en la crisis anterior, pese a sufrir una caída de PIB superior. Las instituciones crediticias, en particular, siguen concediendo préstamos para sostener la economía, según esquemas de garantías sostenidos por los diferentes Estados europeos, preservando los coeficientes patrimoniales de los bancos y apoyando a reducir el nivel de riesgo de los préstamos. Los bancos, en cuanto a instituciones imprescindibles de transmisión de capitales, ya que conceden el 80% de crédito a las economías europeas, emergen como uno de los protagonistas para facilitar la recuperación, desempeñando un papel opuesto al de la crisis anterior e incrementando de manera importante los niveles de reputación que tanto sufrieron en la Gran Recesión.

La oleada de pérdidas y de subida de la morosidad, que vendrán inevitablemente generadas por la crisis, serán absorbidas por el sistema de manera gradual, según el principio de la competencia. Esto significa que las pérdidas se reconocerán gradualmente y no dependerán de fluctuaciones de los mercados. Esto debería permitir a las autoridades proteger los balances de los bancos, un camino ya empezado a través de los mecanismos de garantías sobre los préstamos y de las medidas regulatorias emprendidas en los últimos 10 años, empezando con los pilares de Basilea III. No tenemos que olvidarnos que el sistema bancario se enfrenta a este nuevo reto con buffer de liquidez casi 3 veces mayores que respecto a la anterior crisis. Y, por todas estas razones, parece que los bancos no representan ni la causa ni el epicentro de la crisis actual. Más bien, la solución.

 Federica Troiano/ Diego Aires son Consultores de banca de Afi