Resilencia o ‘antifragilidad’, el faro que guiará a los gestores de pensiones

La respuesta de los bancos centrales y los gobiernos a la crisis económica ha generado efectos tóxicos sobre la solvencia de las carteras

La pandemia ha tenido múltiples consecuencias, afectando nuestras vidas en muchos aspectos. Las consecuencias económicas del confinamiento fueron devastadoras, provocando la firme intervención de bancos centrales y gobiernos, con sus políticas monetarias y fiscales de apoyo a las economías y a los mercados financieros. Los bajos, cuando no negativos, tipos de interés han favorecido la renta variable, que ha continuado tocando máximos históricos, fundamentalmente en sectores como el tecnológico. En cuanto a la renta fija, si antes de comenzar la pandemia podía utilizarse como instrumento para reducir riesgo, ahora no siempre tiene el mismo valor. Esto supone un reto para cualquier gestor de cartera, pero especialmente para los que gestionan planes de pensiones.

Según un informe publicado a finales del pasado año por Amundi, la mayor gestora de activos europea, y la consultora Create-Research, este apoyo masivo a la economía y a los mercados occidentales, que ha ocurrido ya en repetidas ocasiones de crisis de importancia desde 1987, tendrá consecuencias no deseadas en áreas tan diversas como la creciente deuda mundial, la inflación y la desglobalización de las cadenas de suministro. Principalmente, supondrá el cambio hacia una dinámica que probablemente obligue a los mercados financieros a aprender a sostenerse sobre sus propios pies, a medida que esta década avance. En el proceso, la resiliencia de la cartera será la nueva estrella que sirva de guía para los inversores de pensiones.

El informe refleja las conclusiones obtenidas a partir de una encuesta realizada a 158 planes de pensiones de 17 mercados de pensiones, públicos y privados, con un volumen de activos bajo gestión de 1,96 billones de euros. Su objetivo es obtener una visión de conjunto de la forma en que los planes de pensiones están reajustando sus carteras para hacer frente a la inusual intervención política, cómo creen que la crisis evolucionará a partir de ahora y que acciones se están tomando para asegurar la solvencia de los planes de pensiones.

Uno de los hallazgos más inmediatos de la encuesta es que, si bien la respuesta política de bancos y gobiernos fue oportuna y vital, ha generado efectos tóxicos sobre la solvencia de las pensiones, por el aumento de pasivos y el hundimiento de las rentas. Los gestores se ven forzados a considerar diversos escenarios: 1) recuperación de los mercados financieros, en forma de W o de acordeón, 2) muchas economías, hasta ahora creadoras de riqueza, pueden convertirse en destructoras de riqueza 3) el control de la inflación podría pasar a manos de los gobiernos, 4) la inflación, sin un ancla que la retenga, podría empujar los precios al consumo hasta niveles nunca vistos desde 1987.

Estos escenarios ofrecen tres posibles resultados: 1) riesgo moral, derivado de la actuación enérgica de los gobiernos, sin considerar las consecuencias a medio o largo plazo 2) precios al alza, por exceso de gasto, economía dañada, aplicación de políticas redistributivas y desglobalización y 3) picos de volatilidad, a medida que la acción de los bancos centrales genere potencialmente riesgos por lo excesivo de su actuación.

La reacción inmediata a estos riesgos, e incertidumbres aún desconocidas, ha sido un enfoque centrado en la resiliencia (fortaleza, flexibilidad y adaptabilidad) de los activos a largo plazo. En un entorno en el que la renta variable se mantiene alcista y los fundamentales económicos se deterioran con la segunda ola de la pandemia, la asignación de activos se apoyará en dos pilares: 1) liquidez, que permite aprovechar oportunidades de inversión en periodos de mercado dislocados y 2) resiliencia, que asegure que las decisiones de inversión presentes tomen en consideración el futuro pospandemia, seleccionando compañías capaces de salir fortalecidas. Esto supone que las cotizaciones vuelvan a comportarse como lo hicieron originalmente, reconectando con su precio razonable.

En este entorno de posibles bajos retornos, la asignación de activos se centrará en cuatro objetivos, apoyados por distintas clases de activos: 1) crecimiento del capital, con renta variable global y emergente y acciones de elevada calidad; 2) Generación de rentas, con infraestructuras, bonos con grado de inversión y crédito alternativo; 3) protección frente a la inflación, con acciones e infraestructuras; y 4) conservación de activos, con bonos soberanos. Las respuestas de los encuestados implicaban que la renta variable mantendrá su tendencia alcista, al igual que la inversión pasiva, que lo hará virando hacia megatendencias como tecnología, salud y cambio climático.

La pandemia ha puesto de manifiesto hasta qué punto un shock físico afecta a los mercados y a las carteras de fondos de pensiones. Los inversores han tenido la oportunidad de conocer de primera mano el impacto de eventos imprevistos e inimaginables de cambio climático y conmociones sociales. Por eso, al proyectar hacia futuro, las carteras que siguen los criterios ESG (ambientales, sociales y de buen gobierno) han brillado durante 2020, a pesar de la volatilidad del mercado. Esto ha supuesto un punto de inflexión en la inversión ESG, que deja de percibirse como deseable, para convertirse en un método de selección individual de activos que aporta una mayor resiliencia a la cartera.

También ha recordado a los inversores que la ESG se basa en una transición justa hacia un futuro con bajas emisiones de carbono, a diferencia de la globalización. Como la inteligencia artificial, la globalización ha tenido beneficios, pero estos han llegado a muchos como consumidores, no como trabajadores o ciudadanos. El factor S de la ESG ha adquirido ahora dimensión propia. El zeitgeist está cambiando, acelerando prioridades ya en marcha. La evangelización verde implícita subraya el mensaje central de la encuesta: el viejo modelo centrado en los accionistas ya no es fiable para crear economías sostenibles que ofrezcan pensiones razonables a millones de personas, en un mundo interconectado en el que los eventos negativos han dejado de ser una rareza. Este cambio de forma de pensar marca un momento decisivo y podría ser uno de los legados positivos de esta pandemia.

 Paula Mercado es directora de Análisis de VDOS