Qué se puede esperar del pos-Brexit

El Banco de Inglaterra y diversos estudios gubernamentales británicos advierten de serias “perturbaciones” económicas en la nueva etapa

Los compases de la marcha de Radetzky, en Viena, nos han anunciado en este nuevo año que el Reino Unido completó su separación de forma unilateral con la Unión Europea finalizando con una relación de casi medio siglo. Así, los negociadores británicos y de la UE cerraron un acuerdo de libre comercio pos-Brexit de mínimos en la víspera de la Navidad. Un prestigioso periódico inglés publicaba recientemente una caricatura que representaba a Boris Johnson como el flautista de Hamelin encantando, al compás de la melodía del Brexit, a gran parte de la sociedad británica para que le siguiesen hacia el precipicio de lo desconocido. Para llegar a la gente hay que mostrarle la tierra prometida y, para eso, no hay nada como una buena historia que dibuje un mundo idílico.

Su discurso ha prevalecido sobre el pragmatismo inglés. Para el primer ministro, así como para otros políticos ingleses, el Brexit siempre ha sido una moneda de cambio para obtener el poder por ser la táctica que más rendimiento electoral les ha proporcionado: invocar el patriotismo y culpar de todos sus males a la UE. En este sentido, el presidente francés, Emmanuel Macron, manifestaba: “La decisión de dejar Europa, este Brexit, es el producto de un montón de mentiras y falsas promesas”. Recientemente afirmaba que, tras la retirada de la UE, Gran Bretaña recuperaría dinero suficiente para paliar el debilitado NHS (Servicio Nacional de Salud).

En el Reino Unido el acuerdo comercial no va a ser celebrado con la misma alegría por todos. Para los más de 16 millones que votaron permanecer en la UE sus sentimientos son de tristeza y desolación. Por el contrario, para los 17 millones de euroescépticos es de satisfacción por la victoria como así lo ha manifestado recientemente Boris Johnson en una prueba más de su peculiar populismo: “El destino de este gran país ahora reside firmemente en nuestras manos al recuperar el control y la soberanía”. No se debe olvidar que tanto derecho tiene el Reino Unido de retirarse como los demás de permanecer.

Ahora, una vez fuera de la UE, y con el fin de ocultar la magnitud de la crisis económica producida por el Brexit, está intentando culpabilizar de sus consecuencias al Covid-19. Una vez más los responsables de su errática gestión son todos los demás menos él. Pero no podrá enmascarar por mucho tiempo la tormenta perfecta por una crisis multifactorial que vive el Reino Unido formada por las tres C (customs –aduanas– crisis y coronavirus) como así lo denomina la opinión pública inglesa. El Banco de Inglaterra y diversos estudios gubernamentales advierten de serias “perturbaciones” económicas pos-Brexit.

La UE, por su parte, no ha celebrado la pérdida de un importante socio como es el Reino Unido, aunque sí ha sentido un cierto alivio. Desde que se unió en 1973 a la Comunidad Económica Europea, fue siempre un miembro incómodo. Si los logros de una organización son la suma de esfuerzos individuales, el Reino Unido ha sido un lastre al proceso de integración política y económica.

Hay una canción andaluza que dice: “Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va”. El primer ministro británico no se cansa de repetir que son nuestros más fieles amigos, pero lo han disimulado muy bien en todo este tiempo. La experiencia de la vida nos enseña que por sus actos se conocen a los verdaderos amigos. Por ello, habría que recordar que el Reino Unido no participó en el Acuerdo Schengen (1995), rechazó el euro y la Unión Económica y Monetaria (2002), no firmó el Tratado para la Estabilidad la Coordinación y la Gobernanza de la UEM (2012) y rechazó el pacto europeo para reforzar la disciplina fiscal (2013). Más recientemente, se ha negado a un nuevo referéndum cuando el anterior estuvo, en mi opinión, basado en mentiras y tuvo una participación no muy alta (71%). Mientras que los menores de 50 años votaron en contra del Brexit, los mayores de 50 años lo hicieron a favor, sobre todo en las zonas rurales. La retirada de la UE es una decisión profundamente egoísta y discriminatoria desde un punto de vista generacional. Posiblemente con esos antecedentes y sin el Brexit, el resultado de la cumbre europea del pasado mes de julio, en la que se aprobó el Fondo de Solidaridad de la Unión Europea para hacer frente a las emergencias graves de salud pública, habría sido muy diferente.

Las encuestas en el Reino Unido dicen que los británicos quieren que se hable más de la pandemia, de la reactivación económica y de la protección social. Sin embargo, la naturaleza de la nueva relación entre el Reino Unido y la UE significa que muchas cosas serán distintas.

El acuerdo comercial evita los aranceles que se imponen a las mercancías, pero no ahorra más papeleo para las empresas y las personas que viajan a países de la UE. Habrá más controles adicionales en las fronteras, así como declaraciones de aduanas y de seguridad. En definitiva, más burocracia, más trabas y más costes.

La libre circulación de personas, entre los dos lados del canal de la Mancha, terminará y será reemplazada en el Reino Unido por un sistema de inmigración “basado en puntos” tanto para la UE como las personas de otras partes del mundo. Además, cualquier persona del Reino Unido que quiera permanecer en la UE durante más de 90 días, en cualquier periodo de 180 días, necesitará un visado.

A pesar de las promesas de Boris Johnson y de un informe del Comité para la UE de la Cámara de los Lores en el que advirtió de que los beneficios del programa Erasmus serían muy difíciles de sustituir con un programa nacional, lamentablemente el país ha anunciado que ya no participará en dicho programa y lo reemplazará por uno nuevo. Según Johnson, los estudiantes “tendrían la oportunidad no solo de ir a universidades europeas, sino de ir a las mejores universidades del mundo”. Para ello no era necesario salirse de la UE. Nada impedía que los británicos hubiesen establecido un programa por su propia cuenta para desplazarse a otras universidades distintas de la UE.

Tampoco se han cumplido las promesas del Gobierno en el sentido de que el Reino Unido mantendría “exactamente los mismos beneficios” que tenía como miembro de la UE, y que nunca podrían haberse realizado. Sin embargo, el país seguirá estando en peor situación de lo que estaba mientras estuvo en la UE, y todavía hay incertidumbre sobre lo que sucederá con la banca y los servicios que representan el 80% de su economía. En ciertos ámbitos, el Reino Unido siempre ha pretendido mantener una situación especial. Como aquella comunidad de vecinos en la que uno de sus propietarios decide no pagar, pero quiere continuar disfrutando de los servicios.

Hay una frase de Winston Churchill, ex primer ministro británico, que define adecuadamente el sentir actual del Reino Unido: “Deben saber que, si tenemos que elegir entre Europa y los mares abiertos, siempre elegiremos los mares abiertos”.

Vicente Castelló es Profesor de la Universidad Jaume I y miembro del Instituto Interuniversitario de Desarrollo Local