Un punto de giro en el capitalismo

La reforma del sistema económico puede parecer algo utópico,

pero deja de serlo cuando es la sociedad la que lo demanda

En el cine o el teatro se conoce como punto de giro aquel momento en el que nuevos acontecimientos entran en escena y llevan el relato a un nuevo acto. Aun cuando nuestro sistema económico dista de ser una obra dramática, lo cierto es que en los últimos años se han producido varios hitos internacionales que lo están llevando a una nueva dimensión: una nueva forma de capitalismo, con una redefinición de actores y escenarios.

Un hito de especial relevancia es la publicación en 2013 de El capital en el siglo XXI. La obra de Thomas Piketty vende unos dos millones y medio de ejemplares, suscitando el interés de toda la comunidad de economistas y convirtiéndose además en un auténtico best seller. Como resultado, el estudio de la concentración secular de la riqueza y la desigualdad volvieron al centro de la investigación económica, lo mismo que sus implicaciones para el crecimiento económico y la estabilidad política.

Más allá de la aportación académica, la trascendencia de Piketty se manifiesta en que la desigualdad y sus efectos ganan posiciones en las agendas de Gobiernos e instituciones internacionales, como la OCDE o el FMI que, con carácter general, hacen un escrutinio cada vez más fino de los resultados que produce nuestro sistema económico.

La insatisfacción con estos resultados, seguramente potenciada por la crisis de 2008, subyace a la Conferencia sobre Desarrollo Sostenible de septiembre de 2015 de Nueva York, donde los 193 países miembros de las Naciones Unidas alcanzaron un consenso para lanzar la Agenda 2030. Este plan de largo plazo se asienta sobre los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que se orientan principalmente a la mejora de la calidad de vida de las personas, particularmente mediante la erradicación de la pobreza y el hambre, así como a la protección del planeta de la degradación medioambiental.

En relación con este objetivo, apenas dos meses después de la cumbre sobre desarrollo sostenible, se produce otro hito mundial. El Acuerdo de París marca un nuevo rumbo, y una nueva velocidad de crucero, en la lucha contra el cambio climático. Su gran mérito es el casi consenso internacional, dislocado por la retirada estadounidense de la mano de Donald Trump, para limitar el aumento de la temperatura en este siglo a través de medidas de mitigación y adaptación al cambio climático.

El verdadero desafío tanto del Acuerdo de París como de los ODS radica en la implementación. Por un lado, se requiere alinear a todos los actores, más allá de los Estados, que quieran dirigir sus esfuerzos al cumplimiento de los objetivos de desarrollo y clima, como la sociedad civil, las empresas, las instituciones financieras y las autoridades subnacionales. Por otro lado, se necesita activar recursos sistémicos, tanto en el plano financiero como en el económico, es decir, las capacidades productivas y tecnológicas.

Estas capacidades y recursos ya existen. El Acuerdo de París y la Agenda 2030 dejan un marco propicio para ponerlos a trabajar en favor de una sociedad equitativa y una economía que conviva en armonía con el planeta. Este reto no requiere simplemente millones o incluso billones de inversión, normalmente aportados por Gobiernos y entidades filantrópicas para reponer daños o restañar externalidades sino, más bien, un tipo de inversión que produzca a la vez beneficios socioambientales y rendimientos financieros.

Esta es la oportunidad de negocio del cambio climático, la vía para conseguir los ODS y es precisamente la definición de la inversión de impacto. En pocos años ha pasado de ser un concepto desconocido a convertirse en el elemento más vanguardista de los mercados financieros. En efecto, el término comenzó a utilizarse a principios de siglo, pero enseguida comenzaron a lanzarse vehículos de inversión orientados a maximizar el trinomio rendimiento-riesgo-impacto, y desde entonces la progresión ha sido imparable.

Aun cuando las carencias existentes en la medición y cómputo de la inversión de impacto impiden disponer de datos rigurosos y fiables, lo cierto es que el crecimiento durante los últimos años de los activos de impacto ha sido exponencial. Cabe citar a modo de orden de magnitud que la Global Impact Investing Network cifra el tamaño de la inversión de impacto en 2020 en 715.000 millones de dólares, frente a los 114.000 millones de 2017.

El fenómeno irá a más. El análisis financiero de las empresas ya no se enfoca solo en las meras proyecciones de ganancias futuras. Las valoraciones cada vez se apoyan más sobre los riesgos sociales y medioambientales que enfrentan las empresas y, por supuesto, el impacto que su actividad genera. Conscientes de ello, muchas compañías han potenciado su responsabilidad social o incluso han redefinido su misión.

Pero la gran vuelta de tuerca en la materia se produce en 2019, cuando la American Business Roundtable publica su declaración sobre la misión de las empresas, reconociendo que todos los stakeholders son esenciales. Como consecuencia, la buena gestión consiste en generar valor para todos ellos: clientes, trabajadores, proveedores, accionistas y también la sociedad y el medioambiente.

La trascendencia de esta declaración estriba en dos cuestiones. En primer lugar, el nuevo propósito corporativo rompe con el paradigma reinante, que se centra en la creación de valor para el accionista. Esta doctrina, sustentada en el pensamiento de Milton Friedman, ha marcado el norte para la gestión y gobierno empresarial durante el último medio siglo. La segunda cuestión es el apoyo recibido. La declaración de la Round­table fue firmada por 181 de las mayores compañías estadounidenses, que conjuntamente emplean a 15 millones de personas y facturan 7 billones de dólares anuales.

Las tesis de Piketty, la Agenda 2030, el Acuerdo de París, el florecimiento de la inversión de impacto y la redefinición de la misión empresarial son acontecimientos globales casi simultáneos que están dando un nuevo curso al capitalismo, llevándolo a un escenario distinto, donde el antagonismo entre eficiencia y equidad se reequilibra, las externalidades pueden ser internalizadas, el patrón rentabilidad-riesgo como guía de la inversión se combina con el impacto en desarrollo sostenible y, en definitiva, donde la generación de valor para el accionista da paso a conceptos más amplios, como el bienestar del accionista o el valor compartido. El punto de giro del capitalismo puede parecer utópico, pero deja de serlo en el momento en que la sociedad lo demanda.

Rodrigo Madrazo García de Lomana es Director general de Cofides