Urkullu y los demás, ¿guerra autonómica?

País Vasco y Cataluña eluden de forma contumaz las reuniones de presidentes, y cuando acuden, son noticia

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda al lehendakari Iñigo Urkullu (d), a su llegada al Monasterio de Yuso antes de participar en la XXI Conferencia de Presidentes en San Millán de la Cogolla, La Rioja (España), el 31 de julio.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda al lehendakari Iñigo Urkullu (d), a su llegada al Monasterio de Yuso antes de participar en la XXI Conferencia de Presidentes en San Millán de la Cogolla, La Rioja (España), el 31 de julio.

Siempre la misma cantinela. El soniquete estrambótico y ditirámbico. Dos de las tres comunidades históricas contumazmente no asisten a la conferencia de presidentes, y cuando lo hacen, son noticia. Sopor viejo y ruborizado de un estío somnoliento y donde nadie quiere cambiar las cosas en verdad. Bilateralismo falsario, pero que, a la postre, todos o casi todos los Gobiernos han consentido y, al tiempo, en un cínico ejercicio de autocomplacencia mirando hacia otro lado, el de la indiferencia hacia otras regiones.

Como a los desfiles del 12 de octubre y así un largo etcétera, salvo cuando la foto tiene un peso moral y sentimental distinto y hay que acudir a la laica e insulsa ceremonia por las víctimas del Covid a depositar una rosa en una aterciopelada y luctuosa mesa a modo de pebetero. Aún no nos han dicho una cifra creíble, objetiva y real de los fallecidos en lo que constituye una falta de respeto colectiva a la memoria de miles de españoles prodigada en la España democrática, lo que al lado de la rapiña y la corruptela generalizada que hemos escuchado, visualizado y leído, no por inaudita no menos creíble y no por mirar durante décadas hacia otro lado, exigible de responsabilidad. Y hablaban de “regeneración”. La palabra mágica en 2015. Quizás hoy la más escarnecida.

Pero más allá también de esta imagen atropellada y buscada de luto riguroso y donde tanto Urkullu como Torra acudieron al Palacio Real, lo cierto es que ni el uno ni el otro se prodigan ni se rebajan a que sus autonomías, eso es lo que son, sus regiones, eso es lo que son, salgan en la misma foto. Menos en ningún acto institucional de sus regiones a que, a su lado, detrás, ondee o esté la enseña nacional. Aun siendo representantes del Estado en sus comunidades, que es lo que son. Y donde todos los presidentes del Gobierno miraron también hacia otro lado condescendiente y timorato para no enarbolar los ánimos encrespados verbalmente de tan honorables presidentes.

Aquel pérfido café para todos pero desigual con que nos vendieron la Transición y con autonomías de primera y de segunda (¡cómo lo hemos olvidado!) late. Aún hoy prosiguen fuertes diferencias competenciales entre País Vasco, Cataluña y en lo fiscal Navarra con el resto de comunidades autónomas absolutamente injustificables, manifiestamente desigualitarias y grotescamente argumentadas salvo por las necesidades de los Gobiernos de turno que no tenían mayoría absoluta, y en donde los nacionalistas vascos y catalanes en el gobierno supieron jugar sus cartas con socialistas y populares, todos, para los que la igualdad entre ciudadanos y regiones solo era un enunciado mayestático pero vacuo que no impediría gobernar pagando los peajes exigidos. Cesiones de impuestos, policías autonómicas, competencias de tráfico, hacendísticas y un larguísimo etcétera.

Lo triste es que, ojalá nos equivoquemos, asistiremos los próximos meses a un cruce dialéctico de reproches y tensiones (guerra entre las autonomías) por ese reparto millonario pero insuficiente para salir airosos de la crisis económica. Ya dice el presidente del Gobierno (que perdió la ocasión de convertirse en líder durante la pandemia) que él llevará de mano esta cuestión. Y algunas autonomías ya pasan la factura.

Vivimos momentos dramáticos (aunque estos lo son en verdad para los que han perdido a sus familias y sus empleos), tiempos de enorme irritabilidad, confusión y medias verdades, donde cada uno trata de sacar tajada, provecho y oportunidad y hueco. Exactamente lo mismo que han hecho los veintisiete países de la Unión. Cada uno ha peleado por lo suyo, y ha ido con uñas y dientes a tensar la cuerda, pero gracias a que había que fortalecer y consolidar el euro, ha habido acuerdo; de lo contrario, volaría por los aires incluso el constructo europeo, tan artificial como siempre, tan débil como nunca.

Los holandeses han sido puestos como los malos de la película, pero lo que han hecho es prevalerse de sus prerrogativas y privilegios fiscales en la Unión, como también ocurre en España: ojalá el Gobierno de Rajoy hubiera hecho consolidación fiscal y no mirado hacia el infinito de la nada, y hoy quizá España estaría un 20 % menos endeudada para salir de una crisis de órdago y donde los millones que vienen no llegan para nada y menos para los sueños irrealistas del socio del Gobierno.

Pero la noticia ha sido que Urkullu ha ido a La Rioja y hay foto. Pero ¿a cambio de qué y cuánto cuesta esa foto? Y la gran pregunta: ¿ya está hecho el reparto de esos millones, la mitad préstamos a devolver, la mitad subvenciones que no siempre se gastan como se debieran y menos se fiscalizan como se debería realizar?

De algo así han acusado ya al Gobierno algunas comunidades. Pero empezamos a pensar que la segunda oleada ya está aquí y dejémonos de fuegos de artificio. Dígannos la verdad de antes y la de ahora. En cifras, en tasas, en ingresos, en UCI. Dejen de tratarnos perennemente como menores de edad.

Sus señorías, mientras, ya descansan en la hamaca en este sopor de estío donde todos o casi todos han querido olvidar pronto lo peor de esta pandemia. Carpe diem.

Abel Veiga es profesor de Derecho en Icade