Covid-19: esperando la pastoral americana

El mundo ya no cree en la dirección de EEUU, porque afronta la gestión de esta crisis con los mismos deslices que otros países que lo han precedido

Covid-19: esperando la pastoral americana

Como si no tuviéramos poco en España y Europa con la gestión sanitaria, económica y social del Covid-19, no podemos perder de vista que el fenómeno se globaliza. Con ritmos acelerados y los mismos errores. Con una referencia que causa especial temor: el impacto en Estados Unidos. No se trata de una irresponsable búsqueda de referencias fuera de nuestras fronteras. Tampoco de minimizar el tremendo mal que afecta a nuestro país. La relevancia del caso estadounidense se debe a que va a delimitar la marca global que va a dejar esta pandemia. Como lo fue el 11-S. Otro giro a la forma de entender el orden mundial y nuestra relación con los otros, entendidos en sentido amplio.

Es difícil delimitar los sentimientos que Philip Roth quería despertar cuando escribió Pastoral Americana, pero su protagonista es un hombre ejemplar al que, sin embargo, las circunstancias asolan, arrastrado por la música del azar y los errores de otros. Exactamente los dos elementos que todos tenemos en nuestra cabeza: ¿cómo es posible que esto ya haya pasado? y ¿por qué nadie escarmienta en cabeza ajena? Así, como decía Roth, “no obviamos las cosas por que no importen sino también porque importan demasiado y la forma en que cada uno olvida es un enrevesado laberinto que nos distingue como lo hace una huella dactilar.” Estados Unidos espera su pastoral y el mundo ya no cree en su dirección espiritual porque, como otros países que lo han precedido, afronta con los mismos deslices la gestión del coronavirus. Esto es importante, entre otras cosas, porque si todo va como se prevé, cuando los países europeos más afectados estemos encarando la parte decreciente de la curva, la estadounidense estará en plena subida.

Cada caso ha presentado sus peculiaridades para determinar la incidencia en contagios y en mortalidad. Las dejaciones de las últimas semanas no están ayudando a que el caso americano sea uno de los de éxito. La cercanía de las elecciones presidenciales tampoco está ofreciendo un clima de colaboración. Cuesta entender que se haya tardado tanto en llegar a un acuerdo para un histórico paquete de ayudas de dos billones de dólares que considera una excepcionalidad de al menos cuatro meses por circunstancias equiparables a tiempos de guerra. Y no es que desde Wall Street no se haya anticipado la magnitud del problema. Como en Europa, se esperan caídas trimestrales de la actividad que pueden llegar a los dos dígitos. Si cuando Europa esté recuperando el aire a Estados Unidos le falta, el clima financiero y comercial no va a ser muy favorable internacionalmente. Esta crisis, como recuerdan estos días Reinhart y Rogoff en alusión a su famoso libro sobre la Gran Recesión, esta vez sí que es “verdaderamente diferente”. En un mundo tan abierto, el aviso llegó primero a los mercados, pero lo más duro de este virus es la capacidad de saturar y el sistema sanitario estadounidense es tan dual y desigual que produce vértigo pensar en las consecuencias. Puede ser, en términos relativos, uno de los casos más graves que se observen.

Años esperando una recesión que parara el infinito rally de las bolsas y ha sido una pandemia la que la ha precipitado. Hay muchas variables que pueden incidir en que el mundo pueda salir y la economía rebotar cuanto antes. En China, no se plantean levantar el confinamiento en Wuhan hasta, al menos, el 8 de abril. Eso indica que el cierre efectivo debe ser de, al menos tres meses, ya que las medidas adoptadas en China son de las más severas. Echen cálculos para cada país. Uno de los errores más graves sería relejar el confinamiento demasiado pronto. Hemos visto muchas tipologías de estado de alarma y solo las más duras han sido verdaderamente efectivas.

En lo positivo, esta inmensa hendidura podría ser temporal. En lo negativo, su impacto es tan grande que no se puede permitir una doble caída. Como aquel famoso double-dip que llevó a Europa a la segunda recesión y a la crisis de deuda soberna. En paralelismo médico, inducir un coma para poder sobrevivir

¿Lo hará Estados Unidos? No podemos obviar que lo que podrían ser unos de los meses más horribles de nuestras vidas pueden volver a cambiar drásticamente el orden mundial por segunda vez en veinte años. Los líderes serán juzgados por su actuación en tiempo real y afrontan enormes costes de oportunidad. En el futuro no sólo será necesario plantearse reformas como la eliminación de los “mercados húmedos” de tráfico de animales o la reforma de los derechos de patentes. Lo que se va a plantear es una cierta desglobalización que reducirá temporalmente la capacidad de crecer para poder relanzar al planeta por una vía más respetuosa con el medio ambiente y con la salud.

Se habla mucho de que el orden económico-social post-coronavirus será más populista y que lo que suceda en Estados Unidos será una referencia para que así sea. No está tan claro porque se está evidenciando en muchos lugares que el populismo ha debilitado la respuesta y la coordinación internacional. Y que con el populismo no se podrán diseñar mecanismos internacionales para evitar y luchar contra estas crisis en el futuro.

No nos cabe esperar más que se siga aplicando la heterodoxia y que la ciudad que nunca duerme, por una vez, permanezca quieta.

Santiago Carbó/Francisco Rodríguez son Catedrático de Economía de CUNEF y Director de Estudios Financieros de Funcas/ Catedrático de Economía de la Universidad de Granada, investigador de Funcas y colaborador de CUNEF