El coronavirus es una catástrofe natural, no una guerra

La economía de recuperación de desastres proporciona una buena guía metodológica para analizar las medidas que exige esta crisis sistémica

El coronavirus es una catástrofe natural, no una guerra

Para resolver un problema, primero hay que definirlo bien: el impacto provocado en prácticamente todos los países del mundo por la pandemia del coronavirus es muy similar al que produce una catástrofe natural, como un tsunami, un huracán o un terremoto. En los casos de catástrofe natural, se produce un parón radical de la actividad económica y las prioridades se alteran de manera absoluta, con todos los esfuerzos concentrados en salvar vidas. La crisis del coronavirus encaja bien en esta descripción, aunque, evidentemente, con algunas diferencias. Pero el de las catástrofes naturales parece un buen marco conceptual para analizar la presente crisis, sin duda, mucho mejor que el marco de análisis de situaciones de guerra, donde se trata de destruir, no de salvar vidas.

A diferencia de un desastre natural de los, digamos, clásicos, como un tsunami, en la crisis del Covid-19 no ha habido destrucción de infraestructuras y afortunadamente, por tanto, no será necesario reconstruirlas cuando acabe la situación actual. Esta diferencia es relevante, y puede jugar tanto a favor como en contra: tras un desastre natural, los esfuerzos iniciales de reconstrucción se dirigen a reponer las infraestructuras dañadas (suministro de agua y electricidad, comunicaciones, redes de transporte, viviendas…). La necesidad de reconstrucción indica de manera directa y muy evidente el coste de la pérdida material provocada por el desastre. Este coste de reconstrucción de las infraestructuras perdidas no lo vamos a sufrir en la crisis del coronavirus, porque las infraestructuras no se han visto dañadas y siguen plenamente operativas. Esto parecen buenas noticias. Como lo son que, dentro de los límites marcados por criterios sanitarios, tenemos una cierta capacidad de determinar el nivel de parón económico y, por tanto, de modular la magnitud de los daños.

La teoría de la política económica de recuperación tras desastres naturales (descrita, por ejemplo, por Stephanie Chang y Adam Rose) introduce el concepto de la resiliencia económica frente al desastre. Y distingue entre la resiliencia estática y la resiliencia dinámica.

La resiliencia estática hace referencia a la capacidad inmediata de responder al impacto directo de la catástrofe: salvar vidas, rescatar personas en riesgo, proporcionar agua, abrigo y alimento y, en general, ayudar rápidamente a las personas que se han visto directamente afectadas por el tsunami. La crisis del Covid-19 demanda una respuesta decidida de esta naturaleza. Se trata de hacer frente, con contundencia, a la crisis social desencadenada por la pandemia, igual que haríamos ante la crisis social generada por un huracán devastador.

La resiliencia dinámica, por su parte, hace referencia a la velocidad de vuelta a la normalidad, una vez las aguas hayan vuelto a su cauce. Para ello son necesarias medidas de reconstrucción y de aceleración de la recuperación. En un desastre típico (el tsunami) el carácter de estas medidas es muy evidente. En el caso del coronavirus es menos obvio, pero las medidas son igualmente necesarias.

Este marco conceptual de resiliencia estática y dinámica resulta útil para analizar la situación actual y puede proporcionar un soporte metodológico para evaluar de manera ordenada y sistemática qué tipo de medidas y actuaciones, y en qué orden, conviene acometer.

Primero y fundamental, en el terreno de la resiliencia estática, además de atender a los enfermos por el virus, hay que evitar que el resto de la población, confinada pero no físicamente dañada, se vea atrapada en una situación de falta de recursos básicos que acabe poniendo su propia situación personal en posición de riesgo, no por la enfermedad, sino por la falta de ingresos. Ante un tsunami, se enviaría agua, alimentos y ropa. Con el coronavirus, parece que hay que hacer lo equivalente con aquellos que han visto sus ingresos reducidos a cero.

Segundo, en el terreno de la resiliencia dinámica, hay que poner en marcha un programa de reconstrucción para que la economía vuelva a la normalidad lo más rápidamente posible, una vez la crisis sanitaria haya remitido. Por usar una imagen, se trata de conseguir no solo que el tren vuelva a arrancar, sino que se vuelva a poner a toda velocidad en poco tiempo, con medidas keynesianas de demanda agregada. No debería ser muy difícil, porque todo el tejido productivo está intacto, en principio, y probablemente bastará con un empujón inicial, si es lo suficientemente decidido.

Y todo ello con la restricción de que los recursos públicos no son ilimitados y que la capacidad de endeudamiento de algunos Estados está muy cerca de alcanzar el límite de lo razonable. Por otro lado, y puesto que todos los países tienen que acometer su propio programa de recuperación, no se puede esperar que la ayuda externa sea un alivio para la presión sobre las finanzas públicas. A diferencia de lo que sucede en una catástrofe natural localizada en un único lugar, ahora cada país estará utilizando su capacidad de ayuda para atender a sus propias necesidades, porque todos los países tenemos el mismo problema simultáneamente. Si se articulan programas coordinados de actuación pública entre todos los países, será más fácil maximizar el efecto conjunto de los esfuerzos individuales. Y, con un poco de suerte, esta coordinación permitirá reducir la presión sobre unas cuentas públicas aún no recuperadas del impacto de la última crisis.

Puesto que el diseño y la ejecución de los programas públicos lleva tiempo, parece que los Gobiernos europeos aciertan al promover ya actuaciones ambiciosas, para que estén disponibles sin retraso cuando sea el momento. Porque conviene medir bien los ritmos: del mismo modo que de nada sirve intentar reconstruir una carretera si las aguas aún no volvieron a su cauce, sería una pérdida inútil de recursos intentar reactivar la demanda cuando la población sigue confinada en sus casas.

En resumen, la economía de la recuperación de desastres naturales proporciona una buena guía metodológica para analizar las medidas necesarias en la presente crisis sistémica. Y esas medidas son de dos clases: estáticas, para sacar de la situación de riesgo a las personas afectadas –el momento en el que estamos ahora– y dinámicas, para acelerar la recuperación y conseguir que la vuelta a la normalidad sea rápida, previsiblemente, dentro de unas pocas semanas. Como sucede con frecuencia, más fácil de decir que de hacer.

Una última reflexión, implícita en lo anterior: esta crisis no es igual que la de 2008 o la de 1929, por ir más atrás. En esas crisis, el mal funcionamiento del sistema financiero arrastró al conjunto de la economía. No es el caso ahora: nos enfrentamos a un desastre natural provocado por un virus. Habrá que controlar al virus y aplicar las recetas ya probadas para afrontar catástrofes naturales.

José Massa es economista del Estado y profesor de Finanzas en Cunef