El juego de la goma y la trampa de ultraderecha de Vox

El partido de Santiago Abascal lleva los argumentos a sitios tan extremos

que va a dificultar que el PP busque el centro. Se ha visto con el PIN parental

El juego de la goma y la trampa de ultraderecha de Vox

La irrupción del pensamiento de Vox en el debate público es tan democrática como dañina. Este colectivo, que antes pasaba desapercibido porque estaba diluido dentro del PP, está teniendo la habilidad de hacer perder el tiempo al conjunto del país con cuestiones que dábamos ya superadas, puesto que son derechos fundamentales. Lo primero que hay que aprender es a respetar al diferente.

En las últimas semanas he visto a amigos extremadamente preparados dudando sobre la conveniencia o no de implantar el PIN parental, que dice Vox, o la censura educativa, como lo denomina el PSOE. Su duda tiene mucho que ver con que el PP se ha sumado con más devoción aún a este tema, con afirmaciones grotescas del tipo de “no quiero que Irene y Pablo eduquen a mis hijos”. Cierto que la ministra de Educación, Isabel Celaá, no estuvo muy brillante con aquello de que los hijos no son propiedad de sus padres. Es obvio lo que quiere decir, pero está jugando con gente que se reboza en el barrillo.

La realidad es que, como dijo el consejero del PP en la Comunidad de Madrid, en España no hay ningún problema de “adoctrinamiento” en ningún sentido en la educación pública; de haberlo, sería en algunos colegios privados. Por tanto, Vox está tratando de hacerse hueco, como siempre, con propuestas tan grotescas como innecesarias.

El PIN es un síntoma, el problema está en que la estrategia de Vox va a dificultar sobremanera cualquier pacto en cualquier tema, porque sus planteamientos producen un estiramiento de la goma que agranda las diferencias. Imaginemos que la semana que viene se abre el debate para buscar un pacto de Estado en la educación. ¿Podría el PP alcanzar un acuerdo con el PSOE? Perfectamente, ya estuvo a punto de hacerlo en mayo de 2010, cuando el ministro del ramo era Ángel Gabilondo.

Un pacto así ahora sería totalmente imposible. Al ampliar tanto el abanico de argumentaciones, Vox ha creado una trampa enorme que lleva el debate a mundos inexistentes, que contamina todo, especialmente a un PP en reconstrucción.

Habrá quien diga que esto mismo pasa por la izquierda con las posiciones más extremas, pero la realidad del momento pone de manifiesto que ese riesgo, que ha sido real en otros momentos cercanos, ahora no existe.

Para empezar, el PP ha vivido décadas sin nadie a su derecha, ya que todas las opciones estaban cobijadas dentro de la gran gaviota azul. Sin embargo, en la izquierda, el PSOE siempre ha tenido a alguien más allá, bien sea el Partido Comunista y sus diferentes facciones, bien sea Izquierda Unida o ahora Podemos.

Además, la gran diferencia hoy es que Podemos está dentro del Gobierno, de manera que ellos no pueden ensanchar el debate de la negociación, ya que ese debate se produce antes en el seno de la coalición y tiene que salir a la luz ya resuelto, como una única propuesta, como así ha pasado con el salario mínimo interprofesional y parece que va a suceder con la reforma laboral, que son los primeros temas que están afrontando.

Por tanto, es evidente que la goma no se estira de igual manera a izquierdas y derechas, no, y esto produce un desequilibrio, que desdibuja el centro y hace más espeso el debate público.

Vox no pasaría de anécdota, que es donde está a punto de ubicarse Ciudadanos, si no fuera por esa capacidad de contaminar al PP. Quién se iba a imaginar a Pablo Casado, aquel vicesecretario moderado de Mariano Rajoy, empleando el lenguaje que utiliza con sus contrincantes. Va a dejar sin hueco al ingeniero García Egea, ese poli malo aspirante a Guerra. Hasta José María Aznar, que antes jugaba a Góngora y ahora quiere pintar España como la etapa negra de Goya, se ha subido a la parra. “La debilidad del Gobierno apesta”. ¿Apesta? Si siguen así, les pasará como a Vox, que Twitter les tiene que cerrar la cuenta.

Los máximos dirigentes de Vox admiten haber estado a sueldo, literalmente en nómina, del Consejo Nacional de la Resistencia de Irán (CNRI) y no pasa nada, puesto que fue “brevemente”. Lo que dice Iván Espinosa de los Monteros, quien afirma que los que le pagaban eran persas, elude decir iraníes. Persa suena bien, suena a Mesopotamia, casi al origen de nuestra civilización. No saben qué hacer para alejarse de los que también ayudaban a Podemos. En fin, hay que tener cuajo.

España era uno de los pocos países que podía presumir de no tener ultraderecha, como Portugal. Sin embargo, desde las elecciones de Andalucía a las generales del 10N han pegado un salto de tal dimensión que tienen totalmente descolocados a PP y Ciudadanos, y ese es nuestro gran drama.

Está muy próxima la convocatoria de las elecciones en Cataluña y los nervios de estos dos partidos han alcanzado tal dimensión que están barajando seriamente presentarse en una única lista. Las urnas del 10N situaron a Ciudadanos como octava fuerza política en Cataluña, con 216.373 votos; por detrás de Vox, que sacó 27.000 votos más, y 70.000 menos que el PP, que fue el quinto más votado. Este resultado de Ciudadanos parece increíble cuando dos años antes en las autonómicas de Cataluña habían sido la fuerza más votada, con 1,1 millones de papeletas, que era el 25% de los sufragios.

La dilución de Ciudadanos es increíble, y tiene al PP amedrentado y al PSC-PSOE y a Vox encantados, esperando con el cesto a recoger sus papeletas.

Nadie tiene la bola de cristal, ni siquiera el vicepresidente sin cartera de Sánchez, pero lo que cada día es más claro es que Ciudadanos ha tomado el camino de UPyD y que si sus ruinas sirven para hacer más alta la torre de Vox, en lugar de para recuperar al PP, será una desgracia para todos.

Aurelio Medel es doctor en Ciencias de la Información y profesor de la Universidad Complutense