El mayor desafío del mercado laboral español

El 55% de los parados no sabe usar un procesador de textos y solo un 26% maneja una hoja de cálculo

El mayor desafío del mercado laboral español

Atrevimiento. Quizás sea la primera reacción que sienta el lector al leer el titular. En un mercado con todavía 3,2 millones de desempleados (de estos, un millón lleva más de dos años buscando empleo), con una tasa de temporalidad del 26% y con una parcialidad involuntaria superior al 52%, cualquier necesidad que se desvíe de las antedichas puede parecer peccata minuta. Pero lo cierto es que, si la situación actual es mala, lo que puede venir aún puede ser peor.

El último informe del INE sobre las TIC en los hogares españoles desnuda una realidad soterrada que debería estar en el primer plano de la acción política: más de la mitad de la ciudadanía española no supera el nivel básico de habilidades digitales y uno de cada tres españoles no acredita ni una sola competencia informática. En cifras: 11 millones de conciudadanos no saben usar un ordenador y otros 12 no pueden realizar tareas digitales básicas.

Cuando se trasladan estos datos al mercado de trabajo, la emergencia se acentúa aún más: el 55% de los desempleados no sabe usar un procesador de texto y solo un 26% confirma que puede trabajar con una hoja de cálculo. Tener un empleo mejora estas cifras, pero siguen manteniéndose en niveles insostenibles: un 30% no sabe mover o copiar un archivo en un ordenador; casi un 20% no sabe enviar un correo electrónico.

¿Se está haciendo algo para paliar este gravísimo déficit? Muy poco para el grado de desactualización que se detecta. El INE, de nuevo, nos desnuda la realidad: solo un 24% de los españoles ha realizado actividades de aprendizaje en el último año; porcentajes que se reducen hasta un 20% en el caso de trabajadores por cuenta propia y a un 18% en el caso de los desempleados. Para un 70% de los trabajadores, el tiempo dedicado a la formación es el mismo que en años anteriores. Para más inri, está formación está sufragada en una gran parte por las propias personas trabajadoras (un 25% de la misma). De hecho, el número de empresas que forma en TIC a sus plantillas ha descendido el último año, hasta un 22,40% (o sea, un 77,6% nunca forma a sus empleados en competencias TIC). Y solo estamos mencionando la parte laboral y social; la educativa tampoco es ejemplo de modernidad: España está en la mitad de Europa que no tiene aún implementadas pruebas nacionales para evaluar las competencias digitales de los estudiantes de primaria y secundaria.

El futuro del empleo pasa, irremisiblemente, por la acreditación de competencias digitales, en conjunción con otras, las mal denominadas habilidades blandas, como pueden ser la creatividad, el liderazgo, la comunicación, las humanidades o la inteligencia emocional. No se trata de una moda, ni siquiera una tendencia: es un hecho que causa unanimidad en todos los estamentos internacionales. El empleo del futuro tendrá una componente digital imprescindible que estará acompañada de capacidades humanas hasta ahora no exigidas.

Esta revolución de las competencias que demandará el empleo del futuro obligará a ingentes esfuerzos de recapacitación. El Foro Económico Mundial afirma que, dentro de solo dos años, más de la mitad de las personas trabajadoras necesitará recualificarse. Un proceso que llevará, además, tiempo: un 35% necesitará seis meses de formación; un 10% más de un año. En paralelo, los conocimientos adquiridos son cada vez más efímeros. IBM atestigua que una habilidad adquirida hoy perderá la mitad de su valor en cinco años. Ambas realidades llevan hacia un único camino: la necesidad de formarse y recualificarse a lo largo de toda la vida laboral. El celebérrimo longlife learning.

Tenemos ante nosotros dos situaciones no solo claramente incompatibles, sino definitivamente inasumibles: un mercado laboral con graves deficiencias en términos de capacitación digital y una cada vez mayor necesidad de recualificación para poder seguir siendo competitivos. No estamos preparados para un futuro que nos exigirá prepararnos aún más. Un gap de desadaptación cada día mayor y cada día más difícil de cerrar.

Y mientras ambas situaciones convergen sin solución de continuidad, el proceso de automatización del empleo prosigue implacable, con todos los riesgos que ello conlleva. Sin embargo, la formación continua sigue emergiendo con el antídoto contra el peligro de perder empleo neto por el camino: los dos análisis, el de Cedefop y el de Accenture aventuran que con planes adecuados de reciclaje los porcentajes de riesgo de automatización descienden a la mitad. Parece lógico: con una formación acorde a las necesidades del mercado, el riesgo de perder el empleo se reduce drásticamente.

Y mientras todo esto ocurre, nuestros legisladores concurren impávidos a esta suerte de tormenta perfecta. Si ha habido medidas para intentar paliar esta situación, es evidente que no funcionan: las cifras se repiten año tras año; las carencias son las mismas desde hace muchos años. Todavía más de 2.000 millones de euros, teóricamente destinados a políticas activas de empleo desde 2017, siguen en un cajón durmiendo el sueño de los justos.

En resumen, un cóctel de elementos que esbozan un futuro muy poco prometedor. Un porvenir laboral sobre el que, si no se actúa con presteza y urgencia, los peores presagios se confirmarán. En una situación como la descrita, y ante la gravedad de sus repercusiones, ¿a que la propuesta de UGT de crear un derecho a la formación profesional con una reserva de horas no solo no es descabellada sino que se torna en ideal?

José Varela es Responsable de digitalización en el trabajo de UGT