Manuel Borja-Villel: “Hay quien piensa que los museos son como McDonald’s”

El director del Museo Reina Sofía reivindica estas instituciones como un lugar para la reflexión

Museo Reina Sofía

Ha dedicado gran parte de su vida profesional al arte contemporáneo. Fue director de la Fundació Antoni Tàpies de Barcelona desde su inauguración, en junio de 1990, hasta que en 1998 fue nombrado director del Museu d’Art Contemporani de Barcelona (Macba), donde estuvo diez años al mando. Desde 2008, Manuel Borja-Villel (1957, Burriana, Valencia) es el director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, una posición desde la que defiende la importancia de las colecciones de arte como servicio público y de las instituciones culturales como centros para la reflexión.

¿Vive un buen momento la institución?

Yo creo que sí; la cultura, como la sociedad, vive una época de crisis, pero eso no es algo pasajero, sino una condición permanente del sistema económico en el cual nos hayamos. Las instituciones no están al margen. Los museos, como la cultura, están redefiniéndose. No ha habido una época en la que la cultura haya sido más popular que ahora, pero también está el peligro de que esto de­semboque en la absorción de la cultura por las industrias culturales, que son una cosa diferente, donde lo principal es el beneficio económico. Es una situación paradójica: es un momento de gran popularidad de la cultura pero, al mismo tiempo, falta contexto y no hay sentido de la historia.

¿Por qué precisamente ahora?

Desde el siglo XV prácticamente todo se mide por razón contable, por lo que valen las cosas, por el dinero. Ha habido otros momentos, por ejemplo en los siglos XIX y XX, donde nuestras relaciones económicas giraban en torno a la fábrica, a la producción. Alrededor de los años sesenta empezó a haber un campo abierto para conseguir recursos en el ocio. Y hoy en día sabemos que todo lo que tiene que ver con las industrias de la comunicación, del entretenimiento y la cultura son motores fundamentales de la economía. Por tanto, es lógico que, dada esta centralidad, incluso los museos, como parte de esta cultura, estén en esa posición.

¿Prima más el valor económico que el cultural?

Ese es el principal problema, aunque con matices. No estoy en contra de que haya un retorno económico; de hecho, como gestor, parte de mi trabajo es conseguir también dinero. Pero existe una diferencia entre una institución como servicio público, donde lo importante es el servicio público, la gente, los artistas, el largo plazo, no el rendimiento económico. La cultura es como un ecosistema, ahora vivimos en una sociedad extractiva, donde nadie piensa en el futuro, en la que siempre se intenta sacar la máxima cantidad de dinero lo más rápidamente posible. Sucede a todos los niveles, pero en cultura, a menudo, se invierte en grandes instituciones, en bienales, en eventos que pueden dar un retorno inmediato, pero no se tienen en cuenta como un ecosistema, no se contempla esta cultura más de base porque no tiene un rendimiento mediático y, por tanto, económico evidente. Todo hemos sufrido con la crisis, pero las instituciones pequeñas mucho más. La comparación con la sanidad está clarísima: el papel de los hospitales es cuidar de la gente, no solo de las enfermedades que son rentables.

Da la sensación de que la cultura es un sector que siempre está en crisis.

Son dos tipos de crisis: una, la del capitalismo, que funciona siempre en crisis, pero la cultura sigue otro tipo de crisis. Se trata de un conflicto que yo creo que hay que fomentar, especialmente en esta sociedad que está demasiado marcada por la ingeniería del consenso, donde parece que la diferencia radical nos pone nerviosos. Bueno, es que la cultura, por definición, crea problemas, cuestiona el statu quo... Para mí, en democracia, que a lo mejor el problema es que la nuestra no está tan sana como nos gustaría creer, los museos y las universidades deberían ser lugares para hacernos replantear el mundo y ponerlo en crisis siempre. Hay que favorecer instituciones donde se puedan debatir estas ideas; los museos deberían estar continuamente en crisis, ser lugares donde la sociedad sea capaz de debatir, no solo las utopías, sino también los miedos, lo más oscuro del ser humano. Eso, por desgracia, no siempre se da.

El Reina Sofía cuenta con másteres con varias universidades públicas, ¿es importante la relación entre museo y universidad?

Los museos no han existido siempre y, por tanto, es posible que en algún momento los museos tal y como los conocemos no existan. De cara al futuro, yo creo que va a haber dos pilares fundamentales: uno es el archivo y otro el centro de estudios, crear estas unidades de conocimiento a diferentes niveles. También tenemos un grado con la Universitat Oberta de Catalunya. Este último nos interesó muchísimo porque la mayoría de las escuelas de Bellas Artes tienen una educación relativamente tradicional, pero nos interesaba mucho hacer una carrera no presencial porque nos obligaba a plantear estas nuevas formas de ser artista. Hay algunos que son activistas, otros casi más antropólogos, o pedagogos, algunos que no saben cómo pintar o esculpir...

El Reina cuenta con librería, cafetería y restaurantes, ¿engloban los museos cada vez más conceptos?

La idea del museo como un lugar meramente dedicado a los especialistas ha cambiado, ahora son como ciudades. Literalmente, se puede venir todos los días y hay algo diferente. Me sorprende que una parte importante de la gente viene al Reina sin saber exactamente a qué porque saben que siempre ocurre algo. Eso es importante porque indica que hay una pluralidad. Ahora la mayoría del arte tiene un componente político y da la impresión de que muchas veces la programación va muy dirigida, pero en realidad no es para nada así.

En las fiestas de Lavapiés se cedió un espacio para realizar un homenaje a la mujer trabajadora. ¿El papel de los museos trasciende el de contenedor de obras?

Hay dos posiciones sobre esto en el mundo global: una es la de encerrarse, el clásico museo nacional encerrado en su propia identidad, y otra, la de la franquicia, que es pensar que el museo es como un McDonald’s, locales que vas abriendo y donde todo se presenta como si fuera lo mismo, que es otra manera de estar cerrados. Entre una cosa y otra, el Reina se planteó el museo situado. Estamos aquí, en un barrio muy concreto, que es el de Lavapiés, así que hemos hecho toda una serie de acciones para relacionarnos con el entorno. Cuando empezamos aquí, había gente, sobre todo personas inmigrantes, que tenían miedo a entrar porque pensaban que les íbamos a pedir algo. Hemos trabajado con diferentes colectivos del área, hacemos un cine de verano, y cuando nos piden cosas, como en este caso cuando nos pidieron un espacio para dar el pregón, obviamente lo cedimos.

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