Los retos digitales de la nueva Comisión Europea

La agenda europea incluye apuestas de fiscalidad y educación, pero descuida el empleo

Los retos digitales de la nueva Comisión Europea

La transformación digital toma protagonismo en la nueva Comisión Europea. Si el anterior ejecutivo había normalizado la pasividad y la apatía hacia este imparable proceso, la nueva presidencia comandada por Ursula von der Leyen, al menos en un primer momento, la ha rescatado al primer plano de la acción política de la Unión. Coincide la democristiana alemana con las intenciones del presidente español en funciones, Pedro Sánchez, que también ha señalado a la digitalización como uno sus ejes prioritarios (en caso de poder formar Gobierno). Parece que la tendencia política europea vira para, al fin, afrontar esta realidad social, laboral y económica.

En Mi agenda para Europa, Von der Leyen ha situado el progreso tecnológico entre sus principales prioridades políticas. De hecho, su documento de intenciones cuando era candidata comenzaba con un motivador “Europa debe liderar la transición hacia un planeta sano y un nuevo mundo digital”. Esta esperanzadora declaración de intenciones se amplía y refuerza al incluir un apartado denominado “Una Europa adaptada a la era digital”, otorgándole a este capítulo el estatus de ambición política, que en jerga comunitaria se traduciría como compromisos políticos.

Las temáticas que incluye este capítulo podrían desgranarse en tres grandes bloques: fiscalidad, alfabetización y empleo digital.

Fiscalidad. La nueva presidenta es concluyente a la hora de posicionarse sobre una tasa digital: considera que los actuales sistemas de fiscalidad no están adaptados a la nueva realidad digital, que no existe equidad tributaria entre las empresas del ecosistema digital y las tradicionales y, en consecuencia, propone una reforma urgente, dándole un plazo muy concreto: si la OCDE no alcanza un acuerdo a finales de 2020 para implantar una tasa digital, la Unión tomará la iniciativa de forma unilateral. Una advertencia en toda regla que no debería pasar desapercibida para aquellos que siguen defendiendo el actual modelo, tan injusto como inaceptable.

Alfabetización. Sorprende, para bien, el espacio y la contundencia dedicada a esta línea de acción. La ahora presidenta reserva un capítulo entero a la “Capacitación de las personas a través de la educación y el desarrollo de competencia”, llegando a afirmar que “la alfabetización digital ha de ser una competencia básica para todos” y que su prioridad será “conseguir que Europa acelere la capacitación en las competencias digitales, tanto entre los jóvenes como entre los adultos, mediante la actualización del Plan de Acción de Educación Digital”.

Hará bien en actualizar y reforzar el citado plan, que en la práctica ha resultado poco eficaz, excesivamente burocrático y alejado de las necesidades reales de la sociedad y los centros educativos. Será importante que la reformulación de este plan conlleve compromisos mesurables para la totalidad de los Estados Miembros. Los datos demuestran que los avances en alfabetización digital se quedan siempre al albur de las políticas locales, lo que, en el caso de España, nos sitúa al final de la Unión en términos de inclusión digital y competencias de la ciudadanía, consolidando una brecha digital excesivamente amplia para la cuarta potencia de la UE.

Empleo. Sin duda, el capítulo menos desarrollado y con menor grado de compromiso, lo que genera una notable decepción. Así, la presidenta despacha este asunto describiendo una obviedad (“la transformación digital introduce cambios rápidos que afectan a nuestros mercados laborales”) para luego articular una vaga obligación: “estudiaré la forma de mejorar las condiciones laborales de los trabajadores”.

Resulta escandalosamente llamativa esta tibieza, comparándolos con los apartados de fiscalidad y alfabetización. La ausencia de propuestas claras para el futuro del empleo denota un desconocimiento, o su defecto, una falta de valentía, perjudicial para los trabajadores europeos.

En los últimos meses se han publicado dos estudios que describen a la perfección la necesidad de acometer medidas de urgencia para paliar los efectos negativos de la transformación digital sobre el empleo. El primero de ellos, publicado por el Centro Europeo para el Desarrollo de la Formación Profesional (CEDEFOP), una agencia europea que asesora de forma directa a la mismísima Comisión Europea, augura que un 14% de los empleos actuales se enfrentan a un alto riesgo de automatización, al sustituirse sus actividades rutinarias por algoritmos de aprendizaje automático.

Este porcentaje supone que casi 3 millones de empleos en España están en riesgo de desaparecer en un corto periodo de tiempo. El segundo, suscrito por dos de las Comisarias salientes (Economía Digital y Empleo) y elaborado por el grupo de expertos sobre el impacto de la transformación digital en los mercados de trabajo, da por hecho que una transformación digital sin control y contrapesos sociales aumentará la desigualdad e impulsará un empeoramiento generalizado de las condiciones laborales; asumiendo, además, que este proceso está, ya en el presente, generando desigualdad, dislocando el mercado de trabajo o depreciando las competencias profesionales de los trabajadores. Ante dos evidencias tan sobresalientes, amparadas por organismos dependientes de la propia Comisión, no caben mensajes generalistas y vacíos de compromiso. El empleo y el trabajo siguen siendo aspectos vitales para cualquier ciudadano europeo.

La nueva Comisión debe asumir la realidad y enfrentarse a ella con todo el poder ejecutivo que ostenta. Se trata de un reto que no admite la inacción. Ponerse de perfil en un tema tan capital reforzará los movimientos populistas, extremistas y nacionalistas, minando el ya devaluado proyecto de Unión Europea.

 José Varela es Responsable de Digitalización en el Trabajo de UGT

 

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