La guerra de los datos ha empezado (y podemos ganarla)

Urge una estrategia para evitar que los abusos perpetúen la desconfianza hacia el ‘big data’

La guerra de los datos ha empezado (y podemos ganarla)

El documental de Netflix El Gran Hackeo (The Great Hack es su título original) ha expuesto cómo algunas compañías y Gobiernos explotan nuestros datos. Alarma ver cómo la información de los usuarios puede utilizarse para crear e identificar perfiles y cambiar la opinión de aquellos más propensos a ser influenciados. Mediante publicidad segmentada en redes sociales, se ha podido alcanzar a dichos usuarios con noticias muy sesgadas e incluso falsa propaganda para dirigir su pensamiento y, consecuentemente, su voto.

Los que han visto el documental conocerán a Brittany Kaiser, un personaje clave en el trabajo que realizó Cambridge Analytica para las elecciones estadounidenses y el Brexit en 2016. En El Gran Hackeo, Kaiser hace una analogía entre la información de los usuarios y un bumerán: “das tus datos, son analizados y vuelven a ti en forma de información personalizada para cambiar tu comportamiento”.

En un contexto de referéndum o elecciones, tal y como se trata en el documental, el gran poder que pueden ejercer empresas y Gobiernos pone en duda la autonomía real de cada persona, y plantea que, quizá, los pilares de la democracia no son tan sólidos como pensamos o pudiéramos desear.

Pese a que el uso de los datos no ha sido el más ético en muchos casos por parte de grandes compañías, es importante evitar que dichos casos concretos de abuso no perpetúen el miedo y la desconfianza al big data, pues nos impediría aprovechar su auténtico valor. Es responsabilidad conjunta de los profesionales del sector y de los propios usuarios identificar y denunciar a las organizaciones que hagan un mal uso de los datos y exigir una explotación adecuada y ética de la información.

“La guerra de los datos ha comenzado”, dice Brittany Kaiser en el documental. Creo que podemos ganar la batalla si seguimos estos tres pasos:

1. Crear un nuevo contrato social digital. Aunque tenemos el RGPD, puesto en marcha por la Unión Europea, y el Contract for the Web Project de Tim Berners-Lee (lanzado a finales de 2018 para definir el rol que deben tener los Gobiernos, las compañías y los usuarios en el uso de internet y los datos), tenemos que ir más allá. Necesitamos un marco regulatorio que abarque las garantías ineludibles para asegurar la protección y confianza de los usuarios a nivel global.

2. Alfabetizar en datos. Al igual que la democracia necesita unos votantes formados y conscientes, la economía del big data precisa también de ciudadanos capaces de leer, comprender, cuestionar y comunicarse con datos. Según un informe de la escuela de negocios Wharton y Qlik, un 44 % de los jóvenes españoles se abruman ante las narrativas que incluyen datos: esto les dificulta el tomar decisiones fundamentadas y críticas sobre política o cualquier otro asunto que afecte a nuestra vida en sociedad. Solo un 3,2 % de nuestros jóvenes dice confiar en su capacidad para trabajar con datos, lo que manifiesta que debemos poner especial énfasis en mejorar esta situación si, además, queremos que el tejido empresarial nacional sea competitivo.

3. Más transparencia y colaboración: poner los datos necesarios al servicio de todos que los requieran, de manera abierta, robusta y gobernada. Es decir, de manera controlada. En la era smart (smartphones, smart cities, etc.), se nos olvida muchas veces que nadie es más inteligente que la suma de todos los miembros de su empresa o sociedad. En la colaboración está la clave para exprimir todo el potencial del big data.

Estos tres propósitos no son castillos en el aire. Actualmente, la base de nuestra sociedad digital se asienta en la creación de valor a partir del intercambio abierto de datos. Cuando miramos atrás, a los orígenes de la World Wide Web, Berners-Lee concibió y desarrolló internet para satisfacer la demanda de intercambio automatizado de información entre profesionales de instituciones y universidades de todo el mundo.

Hoy, sabemos que el valor de este intercambio se puede extender a todos los ámbitos. Tiene el potencial de impactar positivamente en nuestros negocios, en la sociedad en general y en nuestras vidas personales. Por lo tanto, merece la pena preguntarnos cómo podemos construir nuevas maneras para asegurarnos de que el intercambio de datos es positivo, ético y controlado.

Dicho esto, todavía estamos en una fase relativamente temprana de producción, recopilación y análisis de datos: el auge del IoT y unas ciudades cada vez más conectadas crearán volúmenes de información sin precedentes. Una desconfianza sana basada en el escepticismo y el espíritu crítico nos ayudará, llegado el momento, a avanzar hacia una sociedad mejor.

Para no frenar la innovación, está claro que debemos desafiar la desconfianza ciega que rodea al big data y comprometernos con un enfoque razonable y ético.

Esta es la única manera de garantizar que ciudadanos, empleados y consumidores podamos seguir beneficiándonos de una sociedad basada en el intercambio de información, sin comprometer nuestro derecho a la propiedad de los datos, a nuestra autonomía y a una democracia sana.

Rafael Quintana es Director regional de Qlik en España y Portugal

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