Las ciudades del futuro serán inteligentes o no serán

La modernización de los espacios se revela como un mercado estratégico y transversal

Zona de la Ciudad Amurallada, en la ciudad india de Jaipur.
Zona de la Ciudad Amurallada, en la ciudad india de Jaipur. EFE

Dar es Salaam es una ciudad en Tanzania de casi cinco millones de habitantes que ha tenido un desarrollo espectacular en los últimos años, fruto del crecimiento económico y de la emigración rural a la capital. Este polo de atracción económico (que los expertos denominan Agglomeration economies) se refleja en la construcción de nuevas infraestructuras, como el BRT (Bus Rapid Transit, autobús de tránsito rápido) que conecta barrios periféricos con el centro económico de la ciudad.

Jaipur es una ciudad del noreste de India, capital del estado de Rajastán, con una población de tres millones de habitantes y con un alto valor patrimonial. Es lo que se conoce como una heritage city (ciudad patrimonio), un lugar al que acuden cientos de miles de visitantes y turistas nacionales e internacionales atraídos por los magníficos templos, fortalezas y demás maravillas de épocas pasadas, entre las que se encuentra el palacio de Jaipur o los bazares que inundan la ciudad amurallada.

Jiangbei es un nuevo distrito que se está diseñando y empezando a construir en la ciudad de Nanjing (China), con una extensión de 788 km2, concebido como una ecociudad sostenible y dotada de las más modernas infraestructuras interconectadas.

Valdespartera es un ecobarrio situado en el suroeste de Zaragoza, con una población estimada de 25.000 personas y una infraestructura inteligente que monitoriza los consumos y resuelve cualquier incidencia (por ejemplo, en la red de riego) en el menor tiempo posible. La orientación y arquitectura bioclimática de las viviendas contribuye a la optimización de los consumos energéticos y al bienestar de los residentes.

¿Qué tienen en común estas ciudades y barrios, tan distantes unas de otras, y tan diferentes en su morfología urbana? Muy sencillo, todas ellas quieren convertirse en ciudades inteligentes. Mucho se ha hablado y debatido sobre el concepto desde su aparición en los primeros años del siglo XXI. Por ello, abundan las definiciones, que varían desde la puramente tecnológica, centrada en las TIC como elemento articulador, hasta otras más centradas en la sostenibilidad urbana y en el ciudadano.

Hablamos de un mercado que, según la consultora Frost & Sullivan supondrá 1.500 millones de dólares para el año 2020, con una clase media que significará un 42% de la población mundial, y por tanto con poder adquisitivo para consumir tecnología adaptada a sus preferencias. Un mercado en el que habrá 35 megaciudades de más de ocho millones de habitantes (la mayoría en economías en desarrollo o emergentes), ya que el crecimiento exponencial de la población urbana vendrá en su mayor parte causado por la emigración desde el campo a la ciudad de países asiáticos y, en especial, China e India.

Un mercado que ya está generando nuevos modelos de negocio, y en el que se imponen ya nuevas tendencias ligadas a la movilidad (car­sharing, carpooling, park­sharing y logística de la última milla), a las nuevas formas de pago por uso, a la optimización del consumo energético adaptado a la domótica, y a la ubicuidad y conectividad como factores que están transformando por completo el uso de la tecnología y su aplicación a las ciudades.

Pero detrás de estas cifras aparecen los problemas reales a los que las ciudades deben hacer frente, y para los cuales la tecnología puede contribuir, aunque no sea la solución a todo. Ya en 1961, la gran socióloga norteamericana Jane Jacobs señalaba algunos de estos problemas en su trabajo The Death and Life of Great American Cities. Uno de ellos era, y sigue siendo, la fragilidad, diversidad y complejidad de los ecosistemas urbanos, que deben analizarse y enfocarse desde una perspectiva transversal y poniendo al ciudadano en el centro de la ecuación, asumiendo que las soluciones simples no funcionan.

Ciudades que deben mantener su identidad, o reencontrarse con ella en caso de haberla perdido. Esto es más complicado en el caso de los nuevas ciudades, surgidas de la nada, y cuyo caso más extremo es el de las ciudades fantasma en China.

Quizá por todo ello, en los últimos años, el concepto ha evolucionado hacia una visión centrada en el ciudadano, como consumidor y como prescriptor de soluciones tecnológicas, y ello es así porque la infraestructura tecnológica nunca puede ser un fin en sí misma, sino un medio para optimizar el funcionamiento de nuestras ciudades y, por tanto, la calidad de vida en las mismas.

La lucha contra los efectos del cambio climático, las nuevas agendas urbanas y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) han contribuido a este nuevo enfoque de la ciudad inteligente, que se ha convertido en mayoritario y que, en cualquier caso, sitúa al ciudadano como agente activo de la ciudad sostenible, como no podría ser de otra manera. Podemos hablar entonces de un viraje, de una fusión entre la tecnología y la sostenibilidad, etiquetada como tendencia y expresada como Smart is the New Green.

Un mercado, en definitiva, estratégico, por cuanto se extiende a muchos sectores y disciplinas, que engloba a toda la cadena de valor, desde integradores de soluciones tecnológicas, empresas proveedoras de servicios y apps, empresas que proporcionan y operan la infraestructura, hasta las propias autoridades municipales, empresas de servicios locales y ciudadanos como receptores y beneficiarios.

Un mercado en el que las ciudades y las empresas españolas son punteras en su transición y evolución hacia la ciudad inteligente, y esta es la mejor tarjeta de presentación para competir en la economía global.

Luis Frauca es director de tecnología e innovación de Eptisa

 

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